Políticamente incorrecto

¿Qué hay entre el bien y el mal? Quiero decir, además de la “y” y el artículo “el”. En mi caso, lo que se situaba entre ambas cosas era una decisión, la que llevaba posponiendo semanas y algún día, más pronto que tarde, tendría que tomar.

A un lado de mi cerebro tenía a un ángel, que me decía: “Deja de hacer el tonto y haz lo que te conviene, quédate con Héctor es una apuesta segura y una buena persona”. Y al otro, tenía un diablo vestido de Prada, que me recordaba lo que solo Jairo me hacía sentir. ¿Por qué será que siempre nos atraen los imposibles, los canallas, los que no nos convienen?

Noté que la situación me sobrepasaba cuando me vi ordenando mi armario, una y otra vez, como si me hubieran dado cuerda. Esta obsesión por el orden que nunca heredé de mi madre, no era muy común, y sólo se manifestaba en épocas de gran ansiedad, que no de gran suciedad, para mi desgracia. En una de mis múltiples reestructuraciones de armario, me topé con una vieja camiseta que tenía este eslogan impreso: “Las mujeres buenas van al cielo, las malas a todos partes”. Lo primero que pensé fue: ¡Qué mona! y ¡si aún me vale! Lo segundo que vino a mi cabeza fue que aquel eslogan estaba en lo cierto. Extraoficialmente era una chica mala, podía ir a todas partes, pero ¿realmente era eso lo que quería? Tener el don de la ubicuidad no es algo con lo que una sueñe de pequeña. Y además ir a todas partes es muy cansado, con lo bien que se está tumbada en el sofá. Lo comprobé aquella misma tarde.

Por un lado, tenía un mensaje de Héctor para ir al cine a meter mano … a las palomitas, no seáis mal pensados. Por otro, uno de Jairo, acababa de llegar de viaje, y según él, “necesitaba verme ya”. Eran las siete, si me organizaba bien, podía quedar con Jairo y después, ir al cine con Héctor. Pensé que una doble cita tan seguida me ayudaría a saber qué es lo que realmente quería.

Me dí prisa, tanta que a las seis y media estaba en casa de Jairo. El reencuentro fue muy bueno, emotivo, apasionado y rápido. Soy bastante puntual y cuando vi que eran las diez y seguía en casa de Jairo prácticamente salí corriendo ante su atónita mirada. No sabía muy bien lo que estaba haciendo, casi no me reconocía pero estaba decidida a poner en práctica este experimento y quería llegar hasta el final. Como me diría mi madre, hija, que pena que no hayas tenido esa decisión para otras cosas en la vida.

Llegué al cine casi sin aliento y algo despeinada. Héctor, que no era idiota, se mosqueó pero gestionó su silencio. Es curioso cómo a veces evitamos preguntar aquello que no deseamos saber.

La peli estuvo bien, al final el asesino era el mayordomo, y me reí mucho en la cena posterior en La Mucca. Realmente estaba muy a gusto con  Héctor, era un tipo atractivo, atento, culto, buena persona, me sentía atraída por él. ¿Qué demonios me pasaba?  Me acompañó al portal de mi casa, con la clara intención de subir, pero le dije que no, con una excusa infalible: me duele la cabeza. Un clásico.

Ya en casa, mientras me preparaba un cola-cao calentito, bueno, vale, mientras me tomaba otra copa de vino, pensé que el experimento había sido agotador y, sobre todo, que no me había servido para tomar, de momento, ninguna  decisión.

Lo único que me quedó claro es que nadie me volvería a tomar el pelo nunca más: ser una chica mala e ir a todas partes, es agotador.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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