Santa María

Llegaba el verano. Esta vez, el termómetro decía que iba en serio. Mis amigas empezaban a hacer planes, algunas tenían las maletas hechas, otras incluso habían cogido ya un avión. Yo, sin embargo, era más de improvisar, de última hora, de esperar al viaje y el planazo increíble de último momento que nunca llegaba. Necesitaba oxigenarme, pero a la vez no quería hacer planes por si Jairo o Héctor, o los dos, me ofrecían algo interesante. Enfrentarme a la verdad era patético. ¿Desde cuándo dejaba de hacer planes por si algún tío me ofrecía algo mejor? (Clive Owen no cuenta). No sé en qué estaba pensando, casi no me reconocía. Sin duda ayudaba los kilos que había cogido en las últimas semanas.

En medio de este marasmo, y no me refiero a mi pelo, mi amiga María decidió unirnos a todas y salir a celebrar que el verano por fin había llegado. Se marchaba tres semanas al Caribe, con John, su último descubrimiento, al parecer, un gran, gran descubrimiento. Vuelvo al tema. Noche sólo de chicas. Sin horarios y sin ataduras. María lo había planeado todo. Lo único que teníamos que llevar era nuestro mejor humor. Yo no sé dónde lo había metido, traté de encontrarle toda la tarde por casa, bajo el colchón, dentro de los armarios, en la nevera vacía con mi medio limón, pero nada. Estaba a punto de hacer la llamada del millón y anunciar que no asistiría a la noche de fiesta, pero María, Santa María, que me conoce muy bien, se plantó en mi casa tres horas antes con medio vestidor.

-Esta noche me quedo a dormir contigo, si es que dormimos algo.

-María es que no sé si voy a ir.

-Lo sé por eso estoy aquí, para asegurarme de que vas, me dijo dándome un azote en el culo.

Se había traído dos botellas de vino y un vestidazo minifaldero que jamás en la vida me hubiera puesto. Pero la vida se ve bastante distinta con dos copas de vino y sobre todo con una amiga como María que no paró hasta que me probé uno de los diez vestidos que había traído consigo. Enfundada en aquel modelo parecía otra persona, más bien un alimento, concretamente un chorizo embutido, pero  no sé cómo María me convenció, con su apabullante seguridad, que necesitaba aquella noche, que me merecía ser feliz, y que pasara lo que pasara ella siempre estaría conmigo. ¿Quién necesita a un hombre cuando se tiene a una amiga así?

Un par de horas más tarde allí estábamos las  cuatro fantásticas y un chorizo embutido: igual de divertidas que a los quince y dispuestas a darlo todo porque como dice el anuncio de una conocida marca de cosméticos: nosotras lo valemos.

Empezamos por tomarnos unos chupitos de tequila en un bar de Bilbao, para recordar buenos tiempos. Después nos fuimos a cenar a Mezklum, en uno de sus maravillosos sofás, descalzas. Nos quedamos con los camareros, con medio local y si se descuidan, nos quedamos a pasar la noche allí. Finalmente acabamos bailando en un local de la zona. Y lo dimos todos. El cuerpo de baile de Jenifer López a nuestro lado, unos aficionados. No sé cómo nos hicimos amigos de un grupo de Sevilla, muy simpáticos. Se habían venido pa´Madrid, como la canción, sin remordimientos.

Eran algo jovencillos, veintipocos,  e iban a por todas. Lo bueno de los jóvenes es que vienen sin prejuicios, consideran que tienes mucho que enseñarles y te tratan como una diosa. Gracias a Dios, porque la otra opción es que traten como una madre.  Algo tendrán los jóvenes cuando Madonna, Demi Moore y Jenifer López salen con ellos. Además, ¿qué hacía yo obsesionándome con Jairo? teniendo en cuenta que el novio de Madonna tiene 22 y el de Jenifer López 26, igual mi pareja ideal aún no había nacido o había venido desde Sevilla directamente a encontrarse conmigo.

Lo pasamos muy muy bien, pero a la hora de la verdad, ni vestidazo, ni María, ni Sevilla. La edad tiene esas cosas, que por muy poderosa que te sientas, o precisamente por eso, no te ves. Sin embargo, nunca podremos pagar a ese grupo de Sevilla la noche tan divertida que nos hizo pasar y sobre todo, las cremas, horas de compras, de peluquería y sesiones de terapia que nos ahorró. Pon un jovencito en tu vida, aunque sea tres horas y verás los resultados.

Gracias a esta noche he recuperado parte de mi autoestima, me he dado cuenta de todas las posibilidades que tenemos, aunque a veces nos empeñemos en aferrarnos al pasado y he adelgazado un kilo, por las horas de baile. Pero, sobre todo, me he dado cuenta de la suerte que tengo por tener a María, Santa María.

 

¡Dedicados a todas las Santas María del mundo!

 

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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