El viaje a Ítaca

Diez de la noche. Suena el timbre de casa. No es el butanero.

Es mi amiga Violeta. La miro a los ojos. Está llorando.

La miro a las manos. No trae vino. Mal empezamos.

Conozco a Violeta desde la facultad. Ya por entonces salía con Darío, un tipo soso, insulso, anodino, fofo, pero que la trataba como a una reina. Y, sólo por eso, las demás ya la envidiábamos. Bueno por eso y por los extras: era lista, guapísima y tenía dinero. A mí ya sólo me cabe esperar que Dios me compense de alguna manera (con una mansión, Brad Pitt o el que sea) en la próxima vida.

Con los años, Darío se convirtió en su marido y la típica historia de amor siguió su curso: niños, tranquilidad, vida hogareña. Desde fuera, la vida de Violeta parecía perfecta. Pero, en realidad, era como una olla a presión, que acababa de estallar.

Violeta había dado un portazo. Se fue a por tabaco y apareció en mi casa.

Después de acabar con los viñedos de media España, (adiós pequeña gran bodega. ¡snif!), Violeta me dio los siguientes argumentos para dejar a Darío:

-Que ya no le veía con los mismos ojos.

(Eso era normal, llevaba lentillas)

-Que Darío se había convertido en un padre maravilloso y perfecto, pero no sentía la pasión de antaño.

(Pues normal, ¿lo había visto bien? Quizá no tenía las gafas bien graduadas…)

-Que no la escuchaba,

(Normal también, había que reconocer que Violeta hablaba mucho, ¡hasta yo había desconectado hacía un rato!)

-Que ya nunca se divertían, ni se reían, que no había aniversarios, ni noches especiales, ni mariposas en el estómago.

Ajajá. Habíamos dado con el epicentro del problema.

Las famosas mariposas. ¿Alguien las ha visto? Dejé a Violeta que se desahogara, es más, dejé a Violeta que se bebiera todo mi vino.

¿Qué es lo que falla en las relaciones a largo plazo?, ¿La pasión huye ante los calcetines de lana, la celulitis, la tripita y la dejadez?, ¿Está reñida con el estrés de tener un hijo?, ¿Desde cuándo las parejas dejan de ser mujeres y hombres individualmente?, ¿Dejamos de sentir cosquillas porque sabemos que tenemos al otro de una manera ilusoriamente segura?

Después de algunas horas, pensando en casa -sí, lo sé, es raro, pero de vez en cuando no viene mal-, llegué a la conclusión de que era un problema de expectativas. Violeta esperaba que Darío siguiera siendo el hombre perfecto. Error de concepto número uno, hombre y perfecto, no existen. Dejando este pequeño detalle a un lado, el fondo del problema es que su concepto de percepción no era el mismo que cuando estábamos en la facultad. Sus necesidades habían cambiado con los años y Darío o bien las desconocía, o sabía ignorarlas muy bien.

Pero esto me llevó al error de concepto número dos: entonces, ¿No debemos esperar nada de las relaciones?, ¿Sólo debemos dejarnos llevar?, ¿Y a dónde?, Y ¿cómo?, ¿en coche o en autobús?, porque yo me mareo.

Esperar o no esperar esa es la cuestión. La verdad es que estaba muy preocupada por Violeta. Una resaca como esa no se quita en dos días. Y encima con el problemón de Darío.

Esa noche había quedado con María, una gran ocasión para sacar a Violeta de casa y que se viniera a bailar el Madrid Style. A María la robó el corazón un gin tonic con cardomomo. Y a Violeta, el primero que pasó. ¿Cómo es posible que te roben el móvil y haya programas para recuperarlo y no haya nada para evitar que te roben el corazón?, nos preguntó después de tres gin tonics. Empecé a pensar que Violeta tenía un problema, sí, pero con el alcohol. Madre mía.

La noche continuó su curso. No sabía que pasaría mañana y quizá era mejor no esperar nada. Como decía Cavafis, sólo confiar en que el camino fuera largo:

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.”

 

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a El viaje a Ítaca

  1. María dijo:

    Las relaciones y el tiempo…

    Gracias Lía por esas historias que me hacen sonreir y pensar cada vez que abro el blog.

    Besos!

    • Cecilia G. dijo:

      Hola María!!
      Muchas Gracias por el comentario, el tiempo puede ser el mejor aliado o el peor enemigo. Pero depende siempre de nosotras!!
      Un abrazo!
      Lía

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