Propósitos de Año Nuevo

Llegó la hora de la verdad. Empieza el año tras el parón navideño y la cruda realidad se impone. He engordado tres kilos, no me ha tocado la lotería, el trabajo sigue igual que lo dejé-por algún motivo que desconozco los papeles siguen en la mesa, en el mismo sitio y sin resolver- y en Madrid hace frío. Con este escenario lo único que quiero es taparme con las sábanas, la manta y no salir de la cama hasta que el mundo, al menos el mío, cambie. Lamentablemente, eso no parece que vaya a ocurrir en los próximos minutos, por mucho que abra y cierre los ojos, ni siquiera en las próximas horas. No sé porqué lo llaman cuesta de enero, cuando en realidad se trata del Himalaya y encima los Reyes no me han traído la ropa adecuada para escalarlo.

Con este gran espíritu de superación y pensando en positivo, me encaminé hacia la primera vuelta al cole de este 2013. A mis treintaytantos ya no me consolaban ni el reencuentro con los compañeros, ni los nuevos cuadernos, ni la ropa que podía estrenar. Pero por inercia, me dispuse a escribir la lista de propósitos para el 2013. No haber cumplido ni uno solo de los planes que me había propuesto el año anterior, o el anterior, o el anterior al anterior, no me quitó ni un ápice de ilusión para escribir la de este año. Así que en el tren, de camino al trabajo, me puse a ello. Casi sin pensar, me salió el siguiente decálogo:

  1. Adelgazar
  2. Apuntarme a un gimnasio.
  3. Ahorrar
  4. Cambiar de trabajo
  5. Dejar de fumar
  6. Echarme novio
  7. Estar más con mi familia
  8. Hacer un gran viaje
  9. Acostarme con Brad Pitt
  10. Los Jimmy Choo

Bien, repasemos la lista. Probablemente, más de la mitad de los deseos de esta lista sean comunes a la mayoría de la población. Lo que quiere decir que la mayoría de la población -yo incluida- se autoengaña. ¿Cuántos de nosotros pagamos matrículas en los gimnasios para luego no volver a pisar sus estupendas instalaciones en todo el año? Pero, ¿y la ilusión que nos hace equiparnos, comprarnos las zapatillas de pronador, supinador, o en mi caso, las que nos hagan juego con el chándal, y tenerlas guardadas en el armario?

En realidad, yo tengo pensado apuntarme a un gimnasio no para adelgazar -yo, a mis michelines les tengo cariño porque llevan conmigo más tiempo que algunos de mis amigos- sino por las oportunidades sociales que se presentan. Y esto me lleva al número seis de mi lista de propósitos de nuevo año: echarme novio. En realidad, estaba saliendo con Arturo pero llevaba tantos años incluyendo este propósito en mi lista que si no lo incluía, me faltaba algo. Bromas aparte, lo cierto es que lo escribí sin más. Y al repasar el decálogo me di cuenta de dos cosas: la primera, de que tenía novio y la segunda, y más peligrosa: ¡se me había olvidado! ¿El simple hecho de olvidarlo no era una señal de alarma, un warning -desde que me saqué el carné de conducir siempre había querido utilizar esta palabra- que me alertaba de que aquello no iba bien?

En realidad, no había visto a Arturo demasiado en estas últimas semanas y casi lo agradecía. Con la excusa de las celebraciones familiares, había espaciado nuestros encuentros sin que él se mosqueara más de lo habitual. Necesitaba respirar y pensar un poco hacia dónde estábamos yendo (aunque en realidad, ninguno de los dos nos habíamos movido de Madrid). Pero todo había ido muy deprisa. En apenas unos meses habían pasado por mi vida más hombres que el metro en hora punta y apenas había tenido tiempo para asimilarlo.

A estos pensamientos se añadía el número nueve de mi lista, el sueño de cualquier mujer, incluso el de cualquier hombre aunque ellos no lo reconozcan: acostarme con Brad Pitt. Pero esto no lo tuve muy en cuenta, porque probablemente, de todos los propósitos para el 2013 es el único que la mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a cumplir (si se presentara la ocasión).

Pensaba todas estas en cosas, cuando reparé en que, frente a mi asiento, había un matrimonio mayor. De unos ochenta años. Iban cogidos de la mano y miraban por la sucia y desgastada ventanilla del tren. Durante todo el trayecto permanecieron en silencio y sólo cruzaban, de vez en cuando, miradas cómplices. Me acordé entonces de unos versos de Jaime Gil de Biedma que estaban escritos en la pared del metro de la estación de Ciudad Universitaria: “Qué la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes yo vine a llevarme la vida por delante (…)” Siempre me parecieron algo desagradables, como un aviso chungo. Sin embargo, hoy empezaba a comprenderlos, pero en positivo. Era como el carpe diem de Horacio y del Club de los Poetas Muertos. Y por primera vez en muchos años, añadí un nuevo propósito a mi lista:

  1. Dejarme llevar, dejarme vivir.

Y por mucho que se empeñara el mal tiempo, la vuelta al cole, los madrugones, mi jefe, el acné de mi rostro, mis michelines o la crisis, estaba dispuesta a empezar hoy.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a Propósitos de Año Nuevo

  1. Esther dijo:

    Me sumo

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