El caballero de la mesa redonda

Algo más recuperada del efecto Christian Grey que la última vez que vi a Arturo, me dirigí hacia el restaurante. Lo encontré sentado en una mesa redonda, al final del comedor. Tacones tan altos como dolorosos, vestido con un solo tirante para mostrar el bronceado y cabello, cabello despeinado porque no me había dado tiempo a ir a la peluquería. Nadie es perfecto.

-Hola, tenía ganas de verte, se levantó y me dijo mientras me besaba.

-Hola, me limité a afirmar.

Con la semana de trabajo que había tenido, el debate organizado por mis incontroladas neuronas sobre cómo deben ser las relaciones después de la trilogía “Cincuenta sombras de Grey” y la imagen del casio blanco en su casa, ya no sabía si quería verle o salir corriendo.

Ante mi silencio, Arturo, al que a partir de ahora llamaría Willy Fog, cambió de estrategia. Me contó su increíble semana: de México a Nueva York, pasando por Bruselas. A este chico parece que aún no le han presentado al tal jet lag.

Entre el primer y el segundo plato, trató de impresionarme con sus relaciones y sus negocios. Yo le respondía con un sonoro silencio y mi preciosa sonrisa para evitar su propuesta de la semana anterior. No es que no me atreviera a salir con Arturo es que después de tantos años de fracasadas relaciones había aprendido una sabia lección.

Decir sí a un tío, es conseguir que su huida sea más rápida que una salida de Fernando Alonso. Así pues, ¿qué tenía de malo quedarnos como estábamos?

Con la llegada del postre de chocolate, la pregunta fue inevitable.

-¿No quieres probarlo, está delicioso?

-No, gracias, estoy llena.

Mentí. Me hubiera comido el coulant de chocolate de un bocado pero llevaba semanas con la dieta del “no comas nada de lo que está bueno y adelgazarás”, y a duras penas había logrado meterme en este estupendo vestido. A falta de hombres, parece que estos kilos sí que querían quedarse conmigo para siempre.

Con una tonta excusa me fui hacia el lavabo. La cena estaba a punto de acabar y Arturo no había hecho ninguna referencia a su pregunta de la semana anterior. Esa actitud me confundía. Por un lado, quería evitar su pregunta. Pero, por otro, quizá se había arrepentido de su propuesta. Había cambiado de opinión porque conoció a alguien en México, Nueva York o Bruselas, o se había enamorado de una guapa azafata en el avión, mientras buscaba a jet lag. Volví del baño con menos alivio del que entré. Él seguía hablando de su trabajo, mientras yo le analizaba con extrañeza.

Hasta que, de repente, dijo:

-Lía, ¿te puedo hacer una pregunta?

Ahí estaba, el momento más esperado de la semana, de la noche, de la última hora. Y me entró pánico. Tenía dos opciones, salir corriendo o enfrentarme a la situación como una mujer madura y segura de mí misma. Por supuesto, elegí la primera. Pero la puerta estaba demasiado lejos para salir corriendo.

-Claro, le dijeron mis temblorosos labios.

-¿Por qué siempre llevas tanto tacón?, ¿Sabes que más de cinco centímetros dañan tu columna? Y no te creas que no me gusta, sólo que no los necesitas.

¡Boomba!. ¿Estaba tratando de desconcertarme?, ¿me estaba vacilando?, ¿era una cámara oculta? Y, sobre todo, ¿no sabe lo que significan para una mujer sus tacones?

Me crecí.

-Mi querido Arturo, los tacones son a una mujer lo que a un hombre sus clips de playmobil o su scalextric. Es lo que nos conecta con la tierra. Lo que nos hace sentir poderosas cuando tenemos al mundo en contra. Lo que nos eleva de nuestra difícil realidad. La música que resuena en nuestra cabeza cuando todas las voces son furiosas. Mi querido Arturo, los tacones han hecho más por la liberación de la mujer que siglos de lucha feminista.

-Entiendo, “no sin mis tacones”.

-Exacto.

-Verás, el problema es que cuando vengas conmigo a las fiestas, a los viajes o a las cenas no vas a aguantar con unos tacones tan altos.

Touché. Di algo, Lía, di algo…

-¿Me pasas el agua?…

(Tras un trago de agua de cinco minutos –casi me ahogo)

-¿Y por qué crees que voy a ir contigo?

-¿Y por qué no?

Dble touché: con tirabuzón, triple axel y caída en picado al fondo de la piscina. Tenía mil y una razones para decirle que no a Arturo, pero en ese momento parece que mis neuronas estaban ejerciendo su derecho a huelga (sin pacto de servicios mínimos). Así que opté por la frase que mi madre siempre me ha repetido desde pequeña -y no es la de “pórtate bien”-, -Si no ésta otra: “Si no vas a decir nada que mejore el silencio, cállate”.

-Pidamos la cuenta, afirmó.

Esa noche me acosté en mi mismo apartamento, en mi misma cama, con mi mismo pijama, pero al parecer, con un nuevo… ¿novio?

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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6 respuestas a El caballero de la mesa redonda

  1. Tamara dijo:

    Lía!! Arturo parece diferente… el amor es caerse y volverse a levantar, el amor es dejarse llevar, darlo todo, el amor no entiende del cuando, donde y porqué… sólo tienes que darle una oportunidad (sí.. otra… ) no le des tantas vueltas y disfruta de Arturo que no hace más que pensar en ti y en hacer planes contigo, CARPE DIEM Lía… :) Disfruta del ahora que del futuro ya te preocuparás… un beso desde Zaragoza
    Estaba como loca porque llegara el lunes y leer tu nueva entrada!

  2. KOKO dijo:

    lia, llevas una mochila cargada de demasiados miedos,lees textos nada recomendables, (dios, en pleno siglo XXI seguimos picando con ese hombre perfecto que luego en algun rinco oscuro acaba tirandose al jardinero, seguro)
    los tacones no te agarran a ninguna tierra, simplemente son el espejismo que nos muestra lo que soñariamos ser y cuando nos bajamos de ellos lo que somos, te encuentras a un tipo que lejos de exigirtelos te acepta como eres! ese hombre interesa! es real, no es ningun capullo!
    Baja la guardia querida lia,
    Vistete de Ginebra y ve con Arturo a Camelot!

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Koko!
      Tienes toda la razón, estoy muy asustada y quizá demasiado a la defensiva. Claro que con mi trayectoria… Lo de los tacones son como una droga, no puedo dejarlos.
      Y me encanta lo de Ginebra!
      Gracias por tu ayuda! Muak
      Lía

  3. Patri dijo:

    Lía!! No olvides eso de que “quien no arriesga no gana”, que a veces nuestros miedos son demasiado puñeteros… Por qué no intentarlo? A lo mejor resulta ser esa persona que buscabas…jiji :) Un besazo!!
    PD: tacones, tan sufridos y perfectos…para lucir hay que sufrir no?jajaja

    • Cecilia G. dijo:

      Hola Patri!!!
      Creo que mi estado mental hoy hace honor a mi nombre. Ufff!!!
      Muchas gracias por los ánimos!! 8)
      Abrazo
      Lía

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