¿Minusválida sentimental?

Dos semanas y sin noticias de Gurb, como diría Eduardo Mendoza. Para alguien que se gana la vida con la información era bastante frustrante que la única noticia que me interesaba, no llegara nunca. Cansada de esperar, acepté la invitación de César, el del piso de Malasaña. Quedamos para ir a Piccolo Diavolo, un modesto y fantástico restaurante italiano al lado de mi casa.

La velada fue tranquila, muy agradable. El tipo era perfecto. Atento, simpático, guapo, buena persona. Perfecto… excepto por un pequeño detalle: no me gustaba. Lo intenté durante las dos horas de cena. Mientras me contaba su vida y los cotilleos de su director, como el color de sus tirantes, yo le examinaba. Todo en él me gustaba, pero él no. Conclusión que me atormentaba aún más. ¿Por qué no? ¡Para uno bueno que se me presenta! De tantos golpes al corazón, ¿Me estaría volviendo una minusválida sentimental? Esfuérzate, Lía, esfuérzate. Abría y cerraba los ojos, los apretaba con fuerza, como quien pide un deseo, para que así al abrirlos, la realidad fuera distinta y me gustara.

-¿Te pasa algo en los ojos, te duele la tripa?, me preguntó César.

(Al parecer mi gesto, que yo creía delicado, debía ser el de un guerrero de sumo haciendo fuerza.)

-“No, no, son ejercicios oculares para la vista cansada, me los recomendó el otro día una amiga”, inventé. La vergüenza agudiza el ingenio.

Al acabar la cena, me acompañó hasta el portal y me besó. No retiré la cara. Quería confirmar lo que ya sabía: que el hombre perfecto no me gustaba. L

Ese beso fue como lo del viejo pantalón de juventud que guardas en el fondo del armario. Sabes que no te volverá a caber, pero da igual, lo conservas y de vez en cuando te lo pruebas, por si sucediera un milagro. El milagro no llegó…para mí, porque él estaba desatado. Había despertado un monstruo o más bien un pulpo. Con lo tranquilo que parecía el muchacho durante la cena. En menos de dos segundos tenía sus manos por todo mi cuerpo y yo no daba abasto para pararlo. De una manera muy educada y dulce, le dije:

-¡Joder, ya está bien!

-Perdona, me respondió, mientas se ponía rojo como caperucita y yo me sentía el lobo.

-No perdóname tú a mí. Es que no estoy preparada, lo siento, me recompuse.

-Será mejor que me vaya, ya hablamos mañana, se despidió César.

-Sí, hasta mañana.

Ya en casa, acompañada por mi remordimiento de conciencia, recibí un mensaje de disculpa de César. “Perdona, pensé que te gustaba. No volverá a ocurrir”.

No contesté. No tenía claro si realmente quería que César me dejara en paz. Quizá él fuera la rehabilitación que necesitaba para poder volver a sentirme 100% válida.

Mientras lo pensaba, saqué mis viejos vaqueros del armario. Aquellos jeans eran como Jairo. Quizá algún día me cupieran, quizá algún día me diera igual si me cabían o no, pero de momento, no me podía desprender de ellos.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a ¿Minusválida sentimental?

  1. pagafantas dijo:

    Animo cesar, es el papel q nos toca

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current day month ye@r *