¡No tengo nada que ponerme!

Llevaba media hora frente a las puertas de mi armario. Revisaba una tras otra las camisas, las camisetas, los jerseys, los vaqueros, los pantalones de pinzas, los vestidos, las faldas, las mini faldas, los shorts, los leggins…Abría y cerraba los cajones una y otra vez, como si ese movimiento me fuera a enseñar el look perfecto.  Media hora después llegué a la misma-y única-conclusión: ¡No tengo nada que ponerme! ¡Horror!

Tras probarme siete conjuntos y convertir mi  habitación en una montaña de ropa apilada, acabé vistiéndome con lo de siempre: un vaquero, una camiseta y la chupa de cuero. ¡Más horror! Inmersa en mi conflicto ropil me había olvidado del tiempo y llegaba media hora tarde. No me hubiera importado de no ser porque (¡por fin!) tenía un cita.

Era en el Cocinillas, un restaurante chiquito y acogedor, con un ambiente entre familiar y romántico, perfecto para cuando tu acompañante no es ni lo uno, ni lo otro. Me paré dos segundos antes de abrir la puerta del sitio. Estaba nerviosa. Conocía a Matías (seudónimo con el que he bautizado a mi acompañante) del Congreso. Habíamos coincidido en múltiples ocasiones por los pasillos, compartiendo hastiadas tardes de debate parlamentario y horarios imposibles. Matías era jefe de gabinete de un ministro (ahora en funciones, no él, sino el ministro). Me había tirado los trastos más de una vez, pero había algo en él que nunca me acababa de convencer. Ahora, sin embargo, tenía una razón de peso: tres meses sin citas.

Tras los saludos de rigor, vino ese momento absurdo que tienen las cenas con una pareja a la que apenas conoces: ¿Qué pedir? Un sonriente camarero nos miraba con eterna paciencia mientras pensaba, “¿por qué me tienen que tocar a mí todos los plastas?”. Diez minutos después y tras interrogarle por todos los platos e ingredientes de la carta, nos decidimos por una ensalada compartida y un cuscús de verduras de segundo.

Después de una larga e incómoda pausa, me lancé a la piscina, con una gran y elaborada pregunta.

-¿Cómo está tu ministro en funciones?

-Bueno, ya sabes, estas cosas siempre son difíciles-contestó.

(Y que lo digas, pensé. Como no ponga un poco más de su parte esta cena va a ser más larga que mi lista de la compra)

-Sí, imagino. Bueno y, ¿qué tal todo?, no sé, cuéntame algo de ti. Por ejemplo, qué tipo de música te gusta, dije con mi mejor sonrisa.

-Casi de todo, la verdad. Aunque últimamente sólo escucho a los Cantajuegos.

(¡Boooomba! ¿Los Cantajuegos? Pero, ¿con qué clase de tío estoy cenando? Sólo había dos opciones y las dos eran muy malas: o era un friki o un padre)

-Esto me ha llevado a un grave conflicto de personalidad. Ya no sé si soy una taza, una tetera, un plato hondo o un cucharón, contestó irónicamente.

(Nota: Para todos aquellos que no estén habituados al grupo Cantajuegos y su particular universo, su hit es “soy una taza”)

Mi cara debía ser un poema. Él esperaba que yo le hiciera la pregunta clave, pero yo no quería. Me negaba a saberlo. Miré al camarero con desesperación, pensé que si hablábamos de la comida, no lo haríamos de sus hijos. Tratando de ser telepática dije en bajito: traiga el cuscús, traiga el cuscús…)

-Tengo dos hijos, uno de cinco y otra de tres. Están en Málaga con su madre, mi ex mujer, me soltó, mientras me enseñaba orgulloso las fotos de sus retoños en la cartera.

A partir de aquí la cena fue de mal en peor. Ni el Cocinillas, ni el cuscús, ni los tres meses sin citas. Sólo quería salir de allí. Sé que era egoísta y que, siendo realista, a los treintaytantos es difícil que no haya un ex, un divorcio o un hijo. Pero no estaba dispuesta a meterme de lleno en el mundo de los Cantajuegos. (Yo tengo muy claro que soy una tetera).

Hora y media después, más relajada, despedí a Matías en la puerta del restaurante. Él me invitó a tomar una copa, pero a esas alturas de la velada, quedaba bastante claro en qué punto estaba cada uno. Él buscaba una pareja y una futura madre para sus hijos. Yo no sé muy bien lo que buscaba pero tenía claro que dos hijos no. (Y menos con ese pésimo gusto musical)

Nos miramos con ternura y nos dimos un abrazo y un largo beso. Besaba bien, pero no quería líos.

Sigo sin tener nada que ponerme pero siempre nos quedarán los pasillos del Congreso y un cuscús a fuego lento.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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2 respuestas a ¡No tengo nada que ponerme!

  1. D. dijo:

    Es mejor un hombre con hijos que sabe cuidarlos, que un hombre que no se sabe cuidar asi mismo.
    Gracias Cecilia, me ayudas a reflexionar.

  2. G. Addict dijo:

    cantajuegos + mencionar a ex = no más citas

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