La llamada del sol

Hacía un día espléndido. Un sábado maravilloso. La radiante luz de un sol de otoño entraba por la ventana. Después de nueve horas de sueño reparador, me debatía entre limpiar los cristales de casa o pasar la mañana en un museo y comer fuera. La voz de mi madre azotaba mi conciencia: limpia los cristales, limpia los cristales.

Pero mi voz interior tenía un sistema doble sorround, así que elegí salir a la calle. A pesar de que en los cristales de mi casa alguien había escrito por fuera un: ¡lávalo guarro! Aún no me explico cómo. Vivo en un ático. ¿Habría sido mi madre?

Me encantan estos sábados de otoño, con esa luz que te devuelve las ganas de vivir y te reconcilia con la vida. Decidí ir de visita al Museo del Traje. Es uno de esos sitios que aún no ha sido tomado por las hordas de turistas. Un edificio urbano y moderno y, sin embargo, acogedor. Estaba prácticamente sola, algún que otro despistado más, disfrutando del silencio, de la oscuridad, de los tejidos, de las maneras de comprender la vida y la moda de otros tiempos, cuando los vi. Allí estaban, cogidos de la mano, riéndose con complicidad. Mi “Ex” y su mujer. Mis piernas empezaron a  temblar, mi gesto mudó y en mi cabeza la frase de Rick en Casablanca: “de todos los museos del mundo aparece en el mío”.

Ante una situación tan dramática, una mujer tiene dos opciones. La primera y más inteligente, salir corriendo del museo y no volver. La segunda, más madura, acercarte (al estilo Pantoja y Cachuli: dientes, dientes que es lo que les jode) y desearles lo mejor.   Por supuesto, una mujer de treintaytantos, sólida, segura de sí misma y valiente como yo, optó por la primera.

Pero antes de huir, quise mirarles una última vez: parecían muy felices, ella le acariciaba el pelo y él le ceñía, con sus manos, la cintura. Por muchos años que hayan pasado, un “Ex” siempre duele. Es como una mal corte de pelo. Crees que lo has superado, hasta que te vuelves a encontrar con esa realidad de frente. Eres feliz, tu vida te gusta, pero es inevitable pensar qué hubiera sido de ese “nosotros” que empezabais a construir.

Quería huir, pero también quería saber de qué hablaban, qué se decían…Así que decidí que, ya que ellos no me habían visto, no pasaba nada si les espiaba un poquito. Sería como en una de James Bond. ¡Lástima no haberme puesto la gabardina de Burberry que me compré por Internet!

Les seguí a través de las salas, acechándoles en cada rincón, cuando se probaban las chinelas, frente al escaparate del traje regional y la sala de la Belle Époque. Cuando ya me creía a salvo, él, como si alguien le hubiera susurrado al oído, se giró y me vio. Justo delante de la pasarela de Elio Berhanyer. Me sentí como en los dibujos, cuando los personajes quieren correr y las piernas no les responden.

Transcurridos unos eternos segundos, mi boca dibujó una sonrisa. Él la correspondió.

Le cogió de la mano y ambos avanzaron hacia mí.

-Hola, Lía, cuánto tiempo, dijo el “Ex”, mientras me daba dos besos.

-Sí, hola, acerté a responder yo.

-Te presento a Claudia. Ella es Lía.

-Hola, dije, mientras ella me daba dos besos envenenados.

-Me han hablado mucho  de ti, Lía. Por fin nos conocemos.

(Siento no poder decir lo mismo. Respecto a ambas frases, pensé)

-Sí. Bueno, ¿qué tal va todo?, le pregunté al “Ex”.

-Bien, viajando mucho. Nos hemos casado.

-Sí, algo oí. Enhorabuena. Es bonito el museo, ¿verdad?

-Sí, sí, genial. Respondieron los dos en estéreo.

Quería salir de allí. Estaba en clara desventaja y el corazón me dolía. Como odio que mi madre tenga razón: ¡me tenía que haber quedado en casa limpiando los cristales! Después de un incómodo silencio, me despedí.

-Bueno, en fin, que os vaya bien. Claudia, me ha alegrado saludarte.

-Igualmente. Te llamo y nos vemos algún día, dijo el “Ex”.

Le sonreí, mientras pensaba: como me llames te hago vudú. ¡Con lo que me costó olvidarte!

Dados de la mano, desaparecieron como sombras de un mal sueño entre las salas del museo.

Salí de allí, casi corriendo. En las escaleras del museo me senté. Respiré hondo y divisé la cafetería. Esto se merecía una copa de vino y un cigarrillo. Había dejado de fumar hace tres años, el mismo tiempo que había tardado en olvidarle. O al menos eso creía yo.

Minutos más tarde, sentada en la terraza del museo, el corazón seguía latiéndome deprisa, pero poco a poco, deceleraba su ritmo. El ex me había revuelto. Me había llevado a un pasado que con mucho esfuerzo había conseguido enterrar. Mientras saboreaba el vino a sorbitos y daba pequeñas caladas al cigarrillo, un rayo de sol me acariciaba, me abrazaba, me recordaba que aún estaba viva. Pensé que no se puede huir del pasado. Tarde o temprano siempre vuelve. A veces en forma de “Ex” en un museo. Siempre estaría ahí. Quizá no fuera todo lo bueno que hubiera debido, pero había que superarlo. Sobre todo, porque el futuro estaba al otro lado de la calle. Y el sol me decía que yo tenía que cruzarla.

Apagué el cigarrillo, apuré el vino y pague la cuenta.

Diez minutos después, de camino a casa bajo la luz del otoño, recibí un mensaje en el móvil. Era de mi “Ex”. “Me ha gustado mucho verte. Estás muy guapa”.

Lía: 1. Ex: 0.

Acerca de Cecilia G.

Todos los lunes, una nueva historia.
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4 respuestas a La llamada del sol

  1. Ana J dijo:

    Probablemente, al cruzar la calle, y acariciada por el SOL del otoño, te encontraste con tu amiga Ainhoa y os tomasteis una cañita, te llamó tu madre para acompañarte a comprar el vestido que querías ponerte para recoger el premio que te habían dado por aquel artículo, sacaste las entradas para ir a un concierto del Festival del Jazz de Madrid con un grupo de buenos amigos… (a mí me parece un plan bastante más divertido que dejar que “Ex” te “espose” a su cintura…)

  2. Ananda dijo:

    Está claro que el pasado forma parte de nuestras vidas pero lo realmente importante es que se aprende mucho y sobre todo de los errores cometidos, es bueno el haber tenido experiencias negativas y haber sufrido para darnos cuenta de que todo se supera, somos más fuertes y valientes de lo que nos pensábamos y aunque en determinados momentos de la vida todo se ve muy negro con el tiempo una se da cuenta de que no era para tanto, hay que valorar más el presente seguro que es mucho mejor que lo que teníamos. Hay un refrán que dice: No des vueltas al pasado, pues no lo puedes cambiar, que no te agobie el futuro, pues no sabes si llegará, disfruta del presente, no lo dejes escapar, porque cuando se vaya, jamás volverá.

  3. SU dijo:

    Cuanto más pienses y te ocupes del pasado, menos vivirás el presente.
    Vivir el presente es caminar por el futuro.
    Besos Lía :-)

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