El Brexit y la realidad europea

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Y ahora, ¿qué? Es difícil decirlo. La propia Unión Europea, en el Tratado de Lisboa, introdujo un nuevo artículo, el 50, que prevé los trámites para que un socio abandone el barco. Pero 40 años de vida en común son difíciles de borrar en los dos que teóricamente durará el desenganche británico tras el triunfo del Brexit en el referéndum. El mercado único europeo crea unos hábitos en las empresas que son muy difíciles de borrar. La ausencia de fronteras para vender es demasiado golosa como para volver a levantar barreras a estas alturas. Pero así lo han querido el 52% de los votantes.

Es de prever que algunas de esas empresas, sobre todo en e caso de las financieras, estén dándole vueltas en estos momentos a irse del Reino Unido e instalar su sede central en territorio comunitario para asegurarse que van a poder seguir vendiendo sin fronteras en Europa. Es posible que algunos territorios como Escocia e Irlanda del Norte quieran abandonar el Reino Unido y pedir su adhesión a la Unión Europea como países independientes. David Cameron, el primer ministro británico, habrá batido un récord histórico difícil de repetir: se inventó un referéndum para evitar una ruptura interna de su partido y habrá logrado romper Europa y hasta el sacrosanto Reino Unido de la Gran Bretaña.

De momento, como decía hace pocos días en un seminario en Santander el presidente de la patronal bancaria, José María Roldán, el triunfo del Brexit es, sin duda, una mala noticia, pero no una catástrofe. Habrá turbulencias económicas, pero si el Banco Central Europeo y las autoridades comunitarias son capaces de laminar el efecto negativo de la sorpresa, Europa puede salir reforzada porque los ciudadanos pueden percibir que sus instituciones funcionan incluso en momentos de crisis extrema como este. Este es uno de los puntos fundamentales del “y ahora, ¿qué?”.

Aún recuerdo la cara de malas pulgas que ponían los vigilantes de los aeropuertos británicos cuando Europa les obligó a hacer dos tipos de controles distintos para los ciudadanos comunitarios y para el resto. Pero ya se habían acostumbrado, aunque para algunos británicos el imperio, su imperio, siga vivo en sus mentes. Como dice la vieja canción popular, pues “adiós con el corazón”. A nadie se le puede obligar a permanecer en un club contra su voluntad, pero mucho me temo que a la larga lo van a lamentar.

 

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