La insoportable levedad de la jornada laboral

Las encuetas valen lo que valen y las caseras no suelen servir de mucho. Pero hay una cuyos resultados posiblemente sorprenderían a propios y extraños. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a trabajar 60 horas a la semana durante tres meses, o lo que es lo mismo -y es duro-, 10 horas diarias de lunes a sábado en un trimestre, si en los siguientes tres meses trabajásemos cuatro horas diarias de lunes a viernes o cinco horas de lunes a jueves y seguimos cobrando lo mismo?

Eso, en román paladino, se llama flexibilidad de horarios, cosa que conocen muy bien profesionales como los camareros o los policías, e incluso -y no es por nombrarme- los periodistas. Básicamente consiste en intentar casar las horas de trabajo de los empleados y las necesidades reales de las empresas. ¿Es posible eso ahora? En España no. En Europa tampoco. Y los ingleses, a los que les gustan mucho las terrazas y, por tanto, los camareros que les sirven fuara de hora, llevan luchando años para que la Unión Europea cambie la normativa sobre horas semanales de trabajo y eleve hasta 65 el tope semanal.Pero, ¿es sólo por su afición a la silla, la caññita y los calamares a la romana?

¿Desean los británicos que todos los europeos trabajemos once horas de lunes a sábado? Decididamente, ¡no! Y es que no lo quieren ni para ellos. ¿Qué se pretende pues con la directiva que ahora está en discusión para aumentar el límite legal de horas semanales de trabajo? Pues sencillamente que las labores que ahora realizan millones de empresas en Europa distan mucho de lo que ocurría hace treinta, cincuenta o cien años. En estos tiempos se lleva la flexibilidad. Todos queremos poder ir al banco por la tarde y los empleados de banca quieren trabajar sólo por las mañanas, al menos en lo de estar frente al público.

Puestas así las cosas, igual no es tan malo que deje de ser ilegal que alguien trabaje 60 horas una semana y 20 otra, con lo que se cumpliría lo de las 40 actuales, y que lo de las horas extraordinarias comenzara a ser realmente extraordinario, porque a lo mejor se conseguían dos cosas a la vez: que se pudiera vivir sin hacer horas extras y que las empresas pudieran ajustar los horarios en función de las necesidades. Las terrazas de verano se ponen en verano, las aceitunas se recogen en invierno, los jardineros hacen el agosto en primavera y los auditores hacen el suyo entre octubre y febrero.

Obligar a los europeos a trabajar 60 horas a la semana no es de recibo. Ha habido muchas décadas de luchas sindicales y discusiones para cerrar ese debate, que ya está cerrado. Pero sí es posible contar las horas de otra forma. Por ejemplo, por años. Así, 40 horas por semana dan, más o menos, unas 2.000 horas anuales. Y, ¿porqué extraña razón no podemos ponernos de acuerdo en cada empresa cómo se reparten sin poner en peligro la seguridad ni el descanso necesario de los trabajadores? Una buena encuesta… ¿O no?


El Contraanálisis

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