El arroz, el petróleo y cómo pagar la hipoteca

Que suba el arroz, el pan o la leche nunca ha tenido que ver mucho con la subida de los pisos. Y que el petróleo esté por las nubes siempre ha sido sinónimo de tener que rascarse más el bolsillo para llenar el depósito del coche. Pero eso era antes. Ahora, cuando si en los bares cobraran las cañas o los cafés en pesetas les daría vergüenza decir en alto el precio, el euro tiene también efectos colaterales sobre el coste de las casas.

El Banco Central Europeo (BCE) y más concretamente su actual presidente, el francés Jean Claude Trichet, ha hecho cuestión de honor de lo que, según él, es el principal papel de tan alta institución: mantener a raya la inflación. Dadas las actuales circunstancias, ¿merece de verdad la pena amenazar con subir otra vez los tipos de interés? Con un Euribor (que técnicamente es el interés al que se prestan el dinero los bancos entre ellos mismos) y que esta semana está ya en récord histórico, la simple advertencia de que en julio podría subir del 4% al 4,25% el tipo oficial del BCE va a suponer, así, de golpe, que los bancos se suban entre sí el tipo de interés en una proporción similar, más o menos de dos décimas más en las próximas semanas, poniendo los pelos como escarpias a quienes están pagando una hipoteca, porque el Euribor puede pasar entonces del 5,3% a finales de mes.

Pero vayamos por partes. Trichet tiene razón cuando se acongoja ante las grandes cifras de la zona del euro. Con un crecimiento ciertamente raquítico, la inflación media de los países que compartimos moneda ha tomado con claridad la senda que conduce al 4%. Este fenómeno, al que los técnicos denominan con el palabro “estanflación”, o lo    que es lo mismo, crecimiento estancado con ata inflación, tiene efectivamente efectos perversos, porque nos hace a todos un poco más pobres.

Efectivamente, si la economía crece poco no se crea empleo. Con más parados hay menos consumo y los proveedores de bienes y servicios ganan menos o pierden dinero, con lo que aumentan los despidos. Una pescadilla que se muerde la cola. Pero, además, si a eso se le suma la inflación, el efecto es aún más perverso, porque la clase media, que es la que tira de forma constante de la economía, de repente pierde poder adquisitivo a marchas forzadas al notar en su parcela doméstica cómo la cesta de la compra se encarece por momentos. Con más parados y trabajadores más pobres el desastre parece estar servido.

Eso es lo que debe de pensar Trichet cuando se enfrenta al control de la inflación como lo haría un monje al catecismo: como una cuestión de fe. Pero las cosas no son tan drásticas. Es verdad que cuando los precios suben mucho porque la demanda de productos sube más rápido que la oferta y los vendedores aprovechan la ocasión; o cuando los salarios se disparan y los fabricantes tienen que repercutir el coste en sus precios finales, una forma tradicional de parar la espiral es subir los tipos de interés, porque el común de los mortales pide entonces menos créditos y deja de comprar tantas cosas como antes, con lo que la situación tiende a normalizarse.

En esta ocasión, sin embargo, y por mucho que se empeñe el Banco Central Europeo, la inflación está subiendo porque se ha disparado el precio del crudo y han subido de forma alarmante algunos productos alimentarios básicos. ¿Se arregla eso subiendo los tipos de interés? No parece que mucho, puesto que la subida de precios es importada. ¿Servirá para algo poner más caro el dinero? Sí. Eso sí que está claro. Para subir las hipotecas, para frenar aún más el consumo, para contribuir a crecimientos de la economía menores de los actuales y finalmente para que la pescadilla no sólo se muerda la cola, sino que  acabe por comerse medio cuerpo por la fuerza del mordisco.


El Contraanálisis

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