Islam se escribe sin hache

«La crueldad se aprende. No se nace con ella. Por más que un hombre pueda crecer con inclinaciones, pueda haber tenido una familia que le haya dejado en herencia rencor y violencia, la crueldad se enseña, la crueldad se aprende. La crueldad es algo que pasa de maestro a discípulo. El impulso no basta, el impulso debe ser encauzado y adiestrado».

Estas son palabras escritas por Roberto Saviano en su novela CeroCeroCero para describir, refiriéndose a los narcotraficantes, el estado en que viven ciertos criminales y la forma en que se relacionan con el mundo que les rodea. Más atrás en la novela, el escritor italiano, amenazado y perseguido por la Mafia siciliana, indagando sobre la materia oscura que envuelve las sinrazones de determinados grupos llenos de odio miserable y mediocre e infantil justificación, afirma que «la cobardía es una opción, el miedo un estado» y un poco más adelante, concluye: «Los hombres alardean de coraje, pero no saben hacer otra cosa que obedecer, arrastrarse, ir tirando».

La marea de noticias y artículos -concienzudos unos, otros, palabrería inconsecuente, y algún que otro vídeo colgado en las redes sociales desde el anonimato con una provocativa amenaza a las huestes fanáticas capaces de matar para ocultar su invalidez -, está llegando a su fin en una resaca emética de dolor e impotencia, rabia y fantasía de justiciero, vacío y precipicio a un lado y a otro, solemnidad casera y otra vez el miedo. Elementos consustanciales a la guerra íntima que habita en todos nosotros y que avivamos desde la inopia.

Las religiones monoteístas (y sé que me meto en un berenjenal, palabra de origen árabe, por cierto, y que alude a lo áspero y espinoso de esta planta) gozan de una excelente salud parroquial y adolecen de un mínimo de sentido del humor que las hace especialmente antipáticas y, por ello mismo, nido y germen de actitudes y decisiones contrarias a lo mismo que predican. Es esta contradicción, intrínseca a los sistemas inflexibles en que no existe el buen hábito de la disensión, la que seduce (“atrae hacia sí”) a imbéciles y almas en pena, incapaces de mirar a otro lado que no sea la ofensa y al ofensor, y cuya única salida a su odio es la violencia de recreo y patio.

Todo lo que sé, lo aprendí mirando por aquí...

Todo lo que sé, lo aprendí mirando por aquí…

Las viñetas descaradas e irreverentes de Charlie Hebdo, convertidas en excusa infame de estos cachorros regañados como perros sin correa, son tan laboriosas y divertidas que merecen observadores lúcidos y acostumbrados a reconocer su propia estupidez con cierta indulgencia y ese extraño sentido del humor que nos hace reír ante el drama cotidiano de la incertidumbre y la certeza de que volverá a repetirse. No merecen estas viñetas el escándalo y la indignación de lectores lloricas y sin carácter que para vivir su jornada necesitan morder los hilos que los sostienen a la vida. Tampoco esos censores iluminados, ya sea desde el califato del imán, el emir y el petrodólar, o el vicariato del papa, el ministro y la banca que hablan a pachas con sus dioses verdaderos y únicos con el fin único y verdadero de transmitir principios que se traducen en feligresías rodilleras y acomplejadas. Dios ha de tener sentido del humor, porque de no tenerlo, estaríamos todos en un estanque de fuego cociéndonos de ingratitud. De hecho, según me han contado, se está partiendo el ojete con que todo lo mira, de dolor y de risa, a ratos perplejo, a ratos malhumorado, pero nunca consentidor y vengativo.

Se acude al humor, que se escribe con hache, como honestidad y humildad, con la sana intención de revelar lo oculto tras la seriedad y la jeremiada, como instrumento inteligente y regalo de ese Dios de los mil nombres en boca de tantos idiotas que no saben hablar otra lengua que la sin hueso. Con el odio y el resentimiento feroz, y el ardor guerrero con turbante o casco, hay que hacer lo mismo que con el champú: aplicar un rato sobre el cuero cabelludo, dejar unos minutos para que actúe, y luego aclarar con agua abundante para que no queden restos.

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Que el humor, además de hilarante, sea cortés o educado, que no agreda ni insulte, es propósito exclusivo de flemáticos de salón y de club con reserva de admisión. Pero los calcetines blancos y pantuflas son, en ocasiones, necesarios para presentarse irreverentes ante una realidad que ha dejado millones de muertos, heridas como trincheras en el alma, y el sabor agridulce de la fortuna, tan puta y casquivana como la esquina desde la que reparte.

Otra característica de estas religiones del “todo o nada” es su machismo retrógrado e impenitente (y, si me apuran, un pelín bujarrón), ciego ante las posibilidades que la femineidad ofrece ante una realidad sobrecargada de falos como enormes índices apuntando al otro, mi semejante, y dejando en corito las ridículas vergüenzas con que se piensa y actúa. Porque, ¿qué otra cosa sino hombría de mercadillo y parte trasera es esa de levantarse cada mañana con una misma idea fija, como los tiros, armarse de un valor de pandereta y chichinabo, y quitar la vida por un quítame allá esas pajas en forma de inanimadas caricaturas sobre la sinrazón y su pleitesía?

Según definición del incomprendido maestro del humor absurdo, Jardiel Poncela, la dictadura es un sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio, así se comportan estas ideologías religiosas, prohibiendo lo que es necesario, y obligando a lo superfluo, disfrazándolo todo de metafísica y ontología del ser.

Visto lo visto, me van a permitir que sugiera una solución para estos chavales dóciles y con la personalidad de una vena de yonqui: mandarlos a todos a cualquier Hermano mayor de las televisiones patrias o extranjeras para que les den una receta sobre autoestima y coraje y, de paso, nos echamos unas risas.

Atentamente, y sin ánimo de ofender,

Con Dios.

VALE

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3 respuestas a Islam se escribe sin hache

  1. óscar dijo:

    El homo sapiens adulto ya abusaba de los más jóvenes de los suyos cuando estos todavía se encontraban en periodo de crecimiento: los seres ya hechos procreaban para así tener huestes en la próxima guerra por los alimentos y las tierras, hacía falta fuerza física. No lo pensaron o calcularon: el cuerpo lo exige. Todos los seres necesitan comer, beber, cagar, mear y dormir, no por elección propia: las necesidades son así. Lo mejor para tener contentos a los tuyos es crear un enemigo que sea culpable de todos los males. Las mujeres ya entonces eran una necesidad puesta por la naturaleza si se quería multiplicar la especie. Como nadie quiere desaparecer se inventaron contra el miedo unas religiones y un más allá. Pasan los milenios y seguimos en lo mismo… no busquéis explicación: la naturaleza no sabe qué es un homo sapiens.

  2. cpascualarribas dijo:

    Desde mi humilde silla, enfrente del ordenador, veo todo lejano de tan cercano, e incoherente de tan absurdo, y por más que me esfuerzo (acción energética del cuerpo y del espíritu para conseguir algo) no logro comprender nada, pareciera que cuatro iluminados manejaran los hilos del mundo y se entrenaran para la llegada de la Gran Apocalipsis que reducirá la población mundial, logrando el pensamiento único.

  3. Mariano dijo:

    Lo que sí estaría bien, podría ser un Gran Hermano Yihadista; como primera prueba para conseguir la inmunidad, un concurso para ver quién fabrica un buen petardo y se lo mete en el aniceto al compañero, y así saber quién aguanta mejor el explotío sin que se le salten las lágrimas.
    Audiencia en este país de cultos, a buen seguro que tendría.

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