Carta de larga duración de un parado

«Mi nombre poco importa, soy más un número a ojos de buen cubero. Voy y vengo entre cifras, unas veces al principio, otras en el medio, y casi siempre, al final para redondear. Formo parte de una larga hilera que tuerce esquinas; manso e incapaz, miro al suelo de todos los días y me aprendo de memoria los ritmos de la indiferencia y el olvido. Cuando entro a la sala, el funcionario no me ve, está absorto en su rutina de hombre al servicio de la pantalla donde aparecen mi nombre, mi número, edad y el tiempo que llevo entre las costuras del desempleo. No más de cinco minutos tarda el hombre, entre carraspeos y disculpas, en despacharme. No es culpa suya tratar con el desaliento. Me levanto y no me distingo. Soy otro que ya pasó, yo mismo varias veces, sin apenas voz para un cortés y apagado “hasta la próxima”. Ni siquiera es triste ni angustioso. Solo es un movimiento perpetuo sin pasión y sin energía. Soy un parado de larga duración.

Desandar lo andado es un ejercicio de liviandad que no me genera dudas ni miedo: simplemente, me sé el camino y cada obstáculo, su sombra y proyección. Nada me detiene, vuelvo a casa donde me espera una jornada abrumadora de napoleónicas estrategias para vencer el hastío. “¡Cinco años te contemplan, oh, dichoso tú entre los ociosos!”. Los rostros de las gentes con sus prisas y rumbos como semáforos en ámbar; su frenética marcha me aturde y acompleja; no me miran, me atraviesan; les miro, y se desvanecen. Y sigo.

Conozco un atajo, una trocha del diablo, que me acostumbra sin voluntad a un taburete rajado que gira y gira y desde el cual gira el mundo. Dos coñacs. Ni uno más. Quizá otro. Esta vez solo (esto pasa por eliminar tildes). El calor penetra por entre las junturas y abismos y los sutura un instante. Soy testigo consumido y sin voz de los vaivenes de la corruptela política; comparto sin pasión mis dudas sobre la prima de riesgo, la balanza de pagos y los presupuestos; asisto al nacimiento de un chaval con ínfulas y álbumes sin prestigio; reconozco en el ébola una amenaza real que pronto se convierte en chapuza en manos de los excusados de siempre; me tiembla apenas una canilla con el 9-N y me sueno un moco rebelde e independiente; me debato entre los pablemos y una pepera de la que me atraen sus onduladas tres eses, a veces también me extingo a la izquierda pero sin agallas; breve repaso al fútbol que me acalla las venganzas y rencores inútiles; y el tiempo. Siempre el tiempo, que huye para perseguirme a Samarcanda, mi hogar a ratos.  “Apúntamelo, como siempre, Tomás. Ya sabes que siempre cumplo”. Un “Tranquilo, ya me lo pagarás. ¡Si fueras otro!”, me devuelve a mi realidad de bolsillo.

Ahora no ando, deambulo, que es lo mismo pero sin ganas. Una paloma coja y sin buche se hace a la muerte que llega ruidosa y negra como picaza. Sopla viento de algún punto, pero no se me da bien situarme, que es lo mismo que colocarse, pero sin nómina o sin viaje, según se vaya o se venga. La hojarasca se tiende exhausta sobre el alcorque y un ciclista trajeado y sin casco me desborda, que es lo mismo que adelantar, pero con rebufo. Estoy cansado. No es que me falte el aire, es que me sobra. Los coñacs se me regurgitan, que es como vomitar, pero sin escándalo. Falsa alarma. Me acomodo en un banco sin nadie pero que fue de dos iniciales borrosas. Me lío un cigarrillo que me sabe ya encendido a fragua. Tengo los ojos sobre un suelo sin pisadas y empiezo a ver quimeras en un charco que se mueven como niños despojados de alegría. Alguien al teléfono lo pisa y los niños se van a otro charco, frente a otro banco con otro fumador cansado que, cosa curiosa, también regurgita. “¡Qué día más largo, caramba!”, me digo por no entrar en pendencias.

El zaguán (¡mira que me gustan las palabras con zeta!), entrada de antigua caballeriza, es un largo corredor hacia un patio donde crecen, y no sabemos cómo o porqué, mimosas escuchimizadas. Hay algo en ellas que me recuerda a mí mismo cuando era más joven y a la tenaz voluntad de crecer a pesar de la tierra deshabituada e ingrata. Al pasar a su lado, les hago una disimulada reverencia con los ojos reconociendo en su savia peleona, mi propia sangre. Luego vuelvo al ombligo, al que suplico, como si tuviera poderes, que no me cruce con ningún vecino de carne y hueso y su retahíla de preguntas inoportunas y mis respuestas a trompicones, cortas y ambiguas como los zambos (¡otra con zeta!). En la casa no hay nadie. Mi mujer debe estar en uno de los muchos cursos que el Inem le sugiere que haga con posibilidad de bolsa de trabajo, que es como un marsupio del Ministerio del Trabajo adonde llegan los afortunados mamones. Los documentales de la 2 son vitales en mi sobremesa, porque si las mañanas se me hacen eternas, las tardes son abrumadoras fauces que se abren, deslenguadas y fétidas, para engullir lo poco que me queda de ganas.

Ya en el sofá, también largo, de tres piezas, me recuerdo que no debo quejarme, que ese derecho a la pataleta cósmica dejó de tener sentido al no tener el mismo sentido el derecho al trabajo que cuando trabajaba. Es cuestión de estar, de ser y de tener. Y así vales. Me pregunto si he hecho todo cuanto estaba en mis manos hacendosas por volver a entrar en la rueda de todos los días, esa que llaman de fortuna los menesterosos y ausentes, o si, por el contrario, un hombre de mis años y destrezas debería hacerse valer más y mejor. Un hombre de verdad. Y aquí dejo el discurso interior, porque la verdad, esa verdad, es una mosca zumbona en forma de voces familiares y amistosas. Es entonces cuando me refugio en las mentiras cotidianas: hoy cocino estofado con ligero sabor picante, barro el piso, y paso el polvo sobre mis libros y las decenas de marcos con fotos con que mi esposa va obstaculizando la entrada y salida naturales de mis lecturas cada vez más espaciadas; hago ejercicio con la derrota ya en el abdomen. Miro el puñetero reloj impertérrito y burlón. Y acude a mí esa metálica desesperación que invade la confianza y la autoestima; soy un guiñapo en manos de mi conciencia minuciosa y escrutadora.

Me calmo la rabia y retengo la lágrima para otro momento, otro lugar, otras las circunstancias. La inquietud es un arma de doble filo, que lo mismo hiere que paraliza, y el miedo se instala como convidado de piedra para no decir nada, no ayudar en nada, permanece desapercibido e ignorado hasta que uno comprueba que lleva entre nosotros tanto tiempo que le hemos tomado por familiar incómodo al que hemos cebado y refugiado por compromiso. El miedo,  que es la madeja con que está hecha la incertidumbre humana: Qué será de nosotros mañana. Qué será de nosotros nunca. Luego, la humillación, la vergüenza y la culpa como grandes remedios caseros ante la avalancha de sentimientos y emociones que quedan en suspenso, sin gobernalle y al socaire. Las matemáticas no vienen al auxilio, pues confirman que todo esto que ya va para largo, ha de multiplicarse por 365 y por 5, en una escalada exponencial de tortura tan antigua como salir de la cueva para ponerle nombre a las cosas.

Laxo como cuerda de tender o como palabra inacabada, me arrellano ante el televisor para ver el desfile de caminantes sin vida, que pueden ser los de The Walking Dead o los de debates de noche, con sus inmaculadas sonrisas de soslayo a todas partes, mordiendo la realidad con el hambre que da estar ya muerto o de conservar a toda costa lo que se tiene. Y me digo, mareado por la contundencia de esta carta de larga duración, “mañana saldré a la calle con un cartel donde diga ME OFREZCO COMO TERTULIANO CON PROBADA EXPERIENCIA EN PAROS DE LARGA DURACIÓN. SÉ DE LO QUE HABLO. Y HABLO DE LO QUE SÉ. TRABAJADOR, AUNQUE NO LO PAREZCA, Y MUY DIESTRO EN CALLAR LOS ABUSOS DE ARRIBA, LOS DE ABAJO Y TAMBIÉN LOS QUE VIENEN DE LADO. SUMISO Y BARATO”.

Sonrío para adentro, no porque sea gracioso lo dicho sino porque me lo creo a pies juntillas. Y me duermo con los párpados agitados ante la perspectiva de mañana».

VALE

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8 respuestas a Carta de larga duración de un parado

  1. Julio Luengo dijo:

    Agradezco a todos vuestras muestras de cariño, y las aprecio en lo que valen, pero me gustaría recordaros que toda la crónica está entrecomillada, con las comillas propias del monólogo interior o el discurso de un personaje. Con ello he intentado expresar o ser la voz de otros que han pasado o están pasando por las mismas circunstancias en que el paro de larga duración se desarrolla y los mismos sentimientos que genera. No es una carta de auxilio, ni tampoco un cuaderno de quejas, es, simple y llanamente, un humilde esfuerzo por hacer presente a quienes nunca están presentes.
    Un saludo a todos y cuidaos

    • Marisa dijo:

      Tú, ellos, nosotros… Todos los que hemos sido pacientes del alma, y que quizás lo seremos de nuevo, en la misma travesía, en distintas almas. Claro que es por todos. El silencio no puede ser el grito.

  2. Marisa dijo:

    Yo sé que un día sabrá verte quien sepa bien mirar. Como te sabemos los demás, desde el centro hacia dentro. Como Dios te ve.

  3. Compañera de vida de un parado de larga duración. dijo:

    Olé, tú!. Ese es el camino. Resiste, la tempestad pasará y el anticiclón te encontrará ahí, mucho más armado que antes. Ánimo, campeón!

  4. Poco importa mi nombre y apellido dijo:

    Pues yo pienso que es un engaño lo del paro. O lo de estar parado. Es un puro engaño mental y social. Depende de uno estar activo, aunque todo a tu lado te empuje al precipicio de sentirte un don nadie. Mentira. No es un don nadie quien tiene el don de la vida. Es nadie quien no vive la vida con un don. Quien se atreve a mirar por encima del hombro al hombre.
    Parado de larga duración, déjame que te diga que tú sí que vales. Y vales no porque lo diga un puesto de trabajo con salario remunerado y que ahora se te deniega. Lo vales porque tu dignidad así lo dice, y porque luchas cada mañana contra tus demonios. Y los vences desde la humildad, y desde la entrega de tus talentos para que otros que están descarriados y con mucha menos esperanza que tú, se suban al tren de la vida. Esa vida que no depende de fichar a las 8 a.m. Es vida que es vida para los que se saben amados gratuitamente por Alguien que es más importante que algunos que se dedican a tratar de volvernos máquinas, enfermos, robots. No, querido parado de larga duración. Tú no estás parado, tú estás vivito y coleando. Estás sirviendo a Dios y a tu prójimo. Y quien eso hace, simplemente reina. Bendito seas ahora y siempre.

  5. Iñigo Javaloyes dijo:

    “Me imperturbe, standing at ease in Nature,
    [...]
    Finding my occupation, poverty, notoriety, foibles, crimes, less
    important than I thought…”

  6. Mario Gragera. dijo:

    Sin comentarios…

  7. cpascualarribas dijo:

    Mañana que debió ser hoy, hoy que debió ser ayer, ayer que debió ser anteayer…, para que pueda existir un mañana; y nunca, nunca, que no debió darse NUNCA esta terrible situación por la que atraviesan millones de parados válidos y fuertes como robles, reducidos a guiñapos y con ese maldito dolor en el alma, con la autoestima robada de golpe por los que tienen y poseen todo menos alma.

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