La metafísica del error

A ti hipócrita lector, mi semejante, mi cuñado…  

el primero en mostrarme la senda de la brevedad

Aliviados los primeros escozores de la marcial indignación por los trece errores de las propiedades fantasmas, y recuperado su hierático trono el señor Montoro, y tras la dimisión con crédito y prebenda de la hacendosa Beatriz Viana, se me hacen los dedos huéspedes y la boca agua ante la perspectiva sofista de que el error, al no ser, no puede existir.

Según Zenón de Elea solamente podemos hablar del ser, porque del no ser no se puede hacer ningún enunciado. El gran Parménides, y luego otros, defendieron la idea del ser como la única existente y, por tanto, la única en verdad, y, entre paradoja va y paradoja viene, armaron y desarmaron un buen guirigay en que unos apostaban por el cambio y el todo fluye (como el PSOE del 82) y otros por el todo permanece (a la manera de los que se aferran a un cargo o a la vida según Julio Iglesias). Pero como la historia de la filosofía es, en estirada realidad, la historia de las refutaciones, y rara vez definitivas, y, además, anuncian ideas más afinadas, lo cierto es que Aristóteles y sus muchachos concibieron el error (visión particular) como parte esencial del conocimiento y el juicio (visión general). La verdad quedaría así prendida de la coincidencia entre el juicio y la cosa juzgada, y el error sería la discrepancia entre ambos. Luego vinieron los escolásticos y el sumo teólogo santo Tomás de Aquino y lanzaron una piedra al agua de cuyas ondas expansivas aún hoy nos maravillamos: el error puede ser entendido únicamente cuando hemos puesto en claro las diferentes formas en que puede darse la verdad, y dado que verdad y Dios van de la mano, todo lo que no parta de esta certidumbre conduce a la decepción y la desilusión, formas invisibles de la humana ignorancia.

Los pensadores medievales, por el contrario, cortaron por lo sano, y en lugar de procurarse el abrigo y amparo de la verdad, buscaron con ahínco y denuedo la eliminación del error. A la cabeza de tan gordiano nudo, el racionalista Descartes que recibió inspiración cartesiana para formular su moderno método de análisis: una verdad apodíctica, una verdad al alcance de todo espíritu pensante, independiente de toda tradición o autoridad, verdad clara e innata, una verdad que emerge en las procelosas aguas de la duda. Según este método del genio maligno, “el error no es una pura negación, o sea, no es la simple privación o carencia de una perfección que no me compete, sino la falta de un conocimiento que de algún modo yo debería poseer”. Más claro imposible, mi querido señor Montoro, el error nace necesariamente cuando se hace intervenir la voluntad en el proceso o acto de juzgar. Error y pecado son -y sigue hablando Descartes-, cuando menos, primos y cercanos, de primera generación como quien dice y, si me apuran, con un largo historial de azulada endogamia.

Y si bien pueden no gustarles estas corrientes metafísicas sobre el error, no se preocupen, tengo más y no son mías. Otra solución o vía sostiene que no hay una verdad, sino verdades, y el error sobrevendría como realidad inacabada. Solo el hombre, hecho de inteligencia y voluntad (ay, y de memoria) comete errores. Queda, pues, demostrado que el principio metafísico del error es la libertad; libertad que, a su vez, es el principio metafísico de la eliminación de dicho error (o trece) y la obtención de la verdad.

Elija la que más le convenga, señor ministro, pero yo que usted miraría un poco más por la verdad que se esconde (siendo infanta) y un poco menos por el error ajeno, cuando es tan próximo.

P.D.: Curiosamente, y hablando de errores, se coló uno intencionado en la crónica anterior por ver si el lector avezado y único lo descubría. Me da que sí. Saludos y VALE

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3 respuestas a La metafísica del error

  1. Esto… mientras más se mueva, ¡más peste va a echar!
    ¡Excelente artículo!
    Renovar Carnet de Manipulador de Alimentos

  2. Colimbo Delago Charlie dijo:

    Aquí hay mucho más que paja, míster Faulkner. Me lo quedo.

  3. óscar dijo:

    Sobreabundas con error erre que erre. Aciertas. El miniministro que citas yerra igual que su acólito ministerial cuando decidió inventar un vocablo (“denises” como plural de DNI). He escrito miniministro porque eso es lo que queda cuando se trocea un ministro/cargo en tres. No lo descartes.

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