A prueba de errores

De hombres es errar, y del diablo es perseverar

Por aquello de la actualidad (tan legítima como efímera, un ya no soy y no quepo), el error, al que tantas veces apelaba nuestro ministro de Economía, ha hecho su agosto con las bromas y de veras del vulgo y los medios. Hasta 13 errores en tiempo récord que, según esta especie de relojero suizo con voz en falsete y devenido en trujamán de dineros públicos y privados, han cometido los hábiles inspectores de la Hacienda somos todos.

Que errar es humano, lo sabe desde primaria la muchachada traviesa y engolfada, pero lo que no sabrá tan seguro es que, en palabras del médico italiano Augusto Murri, “la más eficaz profilaxis del error es la crítica” (leer entrada anterior). Considerada como “la dote más fundamental del espíritu”, la crítica puede corregir las nocivas inclinaciones de la mente humana y su perversa manipulación de las intenciones y de los fines.

No obstante, conviene que sepamos a qué nos referimos cuando excusamos o lamentamos el error, y tratándose de trece, cifra por lo demás incómoda, es inevitable preguntarse si realmente lo que el señor Montoro quiso decir es incompetencia o negligencia o torpeza, olvido o interés, descuido o vaya usted a saber de tanto que hay.

Partamos de la más simple de las acepciones que el Diccionario nos da sobre el vocablo error: “concepto equivocado o juicio falso” (por ejemplo, la idea que en su día se tuvo y se defendió con uñas y dientes, y sangre de muchos, de que si flota era bruja). La segunda se concentra más en la acción, calificándola de “desacertada y equivocada” (por aquí van los tiros de Montoro… pero no se me infle tan pronto señor ministro). Por otra parte, no añade mucho a la primera, puesto que es lógico pensar que quien tiene un concepto equivocado o juicio falso sobre algo (el que creía como axioma que la bruja lo era en tanto flotaba; la que no, simplemente, se hundía y expiraba en gracia), acabe actuando de una forma equivocada o desacertada (es decir, elija a cualquiera de entre el montón de aspecto sospechoso y lo meta a empellones en un barril para demostrar la inapelable verdad de que “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja”… la bruja). Lo de “cosa hecha erradamente” no es que sea el paradigma de la imaginación ni nos sirve de mucho para el caso que nos ocupa, pero sí que hay o se conserva una definición de error que puede que nos ayude a esclarecer el misterioso caso de los trece errores (en latín ya se referían al caballo de Troya como latet error y el significado de trampa oculta). Dicha definición, ya antigua y en Autoridades y Covarrubias, habla de “culpa, defecto, falta y, a veces, engaño en el obrar”. No se me alarme, señor Montoro, que todo tiene su explicación, aunque sea errática.

Del latín error-oris, los romanos utilizaban este concepto con la idea más concreta de “desviación, extravío o vagabundeo”; de ahí, lo de errabundo (como el Melmoth del inglés Maturin), errático (como el aire del elegante y marino Pessoa), errátil (¡quién pudiera serlo!), errante (como el holandés y su leyenda) o aberrante (que se aparta de la norma o uso). Y, ya que estamos sobre material escrito, también se nos da la posibilidad de la errata, aunque me temo que estos lapsus linguae o calami no son los apropiados (errados o erróneos, por ello) para aclarar el enigma de la infanta y las trece (impropias) propiedades.

Dejamos a un lado la siempre locuaz por extensa jerga de los abogados que nos habla de error procesal o de justicia sobre vicios del consentimiento y equivocaciones de buena fe, aunque sí fijaremos la atención en la última de las acepciones que nos da la semántica física y matemática: “diferencia entre el valor calculado y el real”. No hace falta que les diga, señor ministro y fieles sabuesos de la renta, que si no se calcula bien, se marra el tiro y se incurre en yerro (“Descuido, error o inadvertencia cometidos por persona discreta o perita y que por consiguiente suele ser de más trascendencia, en especial si de ellos se sigue algún daño o provecho para otra persona, como en las cuentas y cálculos”). Es el yerro del entendido o sapientis error y es tanto lo que se espera de ellos que la decepción y la desconfianza sobrevienen a la menor falta.

Sin embargo, y para que conste, es de ley, aunque sea cortesana, perdonar los yerros, siempre que el errado no se mantenga en sus trece (¡era de cajón, señor ministro!), y el error o yerro se deshagan o enmienden. Pues quien persevera en el error es un necio, pero quien lo explica o justifica  suele ser ministro. VALE

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Una respuesta a A prueba de errores

  1. óscar dijo:

    Perror

    Con este palabro del ¿lenguaje? informático me torturaba mi computadora desde hacía varios días. Invoqué la sabiduría del chamán/entendido en ordenadores de mi barrio y me recetó el clásico embrujo: apaga/enciende mientras pulsas Alt/Ctrl/Alt Gr /Supr/Fn una noche de luna llena y todo volverá a su ser. No se arregló. Empezó a pitar, continuó echando humo y explotó. Mi vecino se llama Luisde. Errónico.

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