De la importancia de llamarse crisis

Querido Ernesto:

Aquello que con tanta dificultad y talante, y tirando de sinónimos, algunos evitaban llamarlo crisis, y otros, la veían en el tímido temblor de una hoja de acacia o en la mirada acuosa del borracho de barra y esquina, es, en verdad, una excelente oportunidad para hablar sin tapujos de lo que cada cierto tiempo ocurre sin que podamos evitarlo y que forma parte de la inseguridad ontológica del hombre, un tipo que en sí mismo es la viva imagen del problema, pero también de su solución.

El sentido originario de crisis es juicio; sentido, por otra parte, romano, pues los griegos, muy suyos con esto de decir lo que se piensa pensando lo que se dice, le daban a esta palabra, krisis, el muy notorio significado de “elección” o, en el peor de los casos, “decisión final sobre un proceso”. Hacían derivar este término del verbo krinein, “separar, juzgar, decidir”, con lo que formaron un árbol semántico de ramificaciones exuberantes y frondosas copas: crítico, criterio, criticón. Tanto es así que crisis ha viajado hasta nuestros días con un equipaje digno de emperadores y una cohorte de fámulos y ganimedes tan solícitos como relumbrones. Lo mismo nos sirve para señalar el “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para bien o para peor” o la “mutación clave en el desarrollo de determinados procesos, históricos, sociales, personales y espirituales”. No contentos con tan variadas posibilidades, el siempre actual diccionario patrio le atribuye, además, valor de “carestía o escasez” en los medios o en los fines, y ya rozando la economía lingüística, “situación complicada que necesita de examen minucioso”, y quién sabe si de autopsia. Incluye, asimismo, una particular crisis ministerial con objeto de aclararnos a los bien pensantes y bien hablados ciudadanos de a pie todos los lunes al sol que puede darse la circunstancia de que “uno o varios individuos de un determinado ministerio presenten la dimisión de sus cargos hasta que se nombren sus sustitutos”. Como suele decir el vulgo, “no caerá esa breva”, y esta acepción bien puede pasar por fantasma en estos tiempos en que para dimitir hace falta el consenso de una conciencia limpia, una inteligencia humilde y las manos irreprochables.

La Wikipedia, en su afán de abarcar lo insondable, nos remite a la abundante ciencia de las categorías, no dejando títere con cabeza, o, en este caso que nos ocupa, crisis sin disciplina. Así podemos hablar de crisis de subsistencia, de demanda (a saber qué es eso), de suministros, de las puntocom, de vocaciones religiosas, diplomáticas e, incluso, de paradigma. No obstante lo dicho, toda crisis resuelve una situación, pero para entrar en otra nueva y con nuevos problemas que los trae de suyo. Es, por tanto, una fase peligrosa en que lo mismo se derrumba el suelo a tus pies que se abre una brecha en el horizonte por donde mirar el abismo. No sé ustedes, pero al parecer de muchos que fueron, la vida, por definición, está siempre en crisis, y forjada de puntos críticos, y ya se mire al pasado histórico para hurgar en heridas y traumas antiguos (magistrae vitae), o en este presente ambiguo que desorienta, del que se desconfía o se desespera, nos las vemos y nos las deseamos para ir saliendo del paso, como quien dice, pues no otra cosa puede hacer el hombre, en estado permanente de crisis, que intentar resolverla con todos los medios a su alcance. Paradoja filosófica por excelencia: el hombre se afana, corre y se desgañita para dejar de afanarse, correr y desgañitarse y así ad nauseam. Las crisis (ahora ya sí en merecido plural) ponderan nuestros esfuerzos de invención y creatividad, al tiempo que lo hacen con nuestras jeremiadas y rendiciones; ensalzan la inteligencia e imaginación y nuestra natural semejanza y cercanía con el fruto prohibido del conocimiento, así como ponen en entredicho y, más de una vez, en cuarentena, la dignidad y esplendor de los pequeños y efímeros dioses de alberca y  fanfarria.

Me van a permitir una digresión médico-filosófica, al hilo de una lectura muy recomendable del maestro Leonardo Polo, Quién es el hombre. Un espíritu en el tiempo (Ediciones Rialp, Madrid, 2007). Dada la condición de enfermo crítico del hombre y su natural tendencia a salvarse de dicha enfermedad, nos topamos con el conocido trilema hiatrogénico (basado en un “acto médico dañino” por el que el paciente no lo recupera ni el mismo Rafael) que parte de tres presupuestos o alternativas: la primera parte del problema nos dice que el enfermo no pone nada de su parte, puesto que queda demostrada su ineficacia para encontrar la solución, y ha de recurrir a la notable pericia de la ciencia médica, del tratamiento y del médico. Galeno y sus muchachos al servicio del doliente. La segunda parte nos habla de la accidentalidad o externalidad del concurso médico, puesto que quien ha de sanar es el enfermo. Se correspondería, según Polo, con la escuela de Hipócrates, el del juramento y la serpiente enroscada, cuya intervención se limita al consejo o la advertencia y, en cualquier caso, la observancia de los ciclos de la enfermedad. Y la tercera y última parte del problema nos lanza una de esas aseveraciones que nos dejan con la boca abierta de par en par como las ventanas al final de primavera: “entre estar enfermo y estar sano es mejor estar sano”. Pero como no sabemos qué es la salud, porque nadie ha habido sano, estamos hablando de solución utópica o deseable en un futuro más o menos posible. Es la postura del psicoanálisis que procura hacer desaparecer lo que provoca la enfermedad. Sería algo así como un guión de Woody Allen.

De la primera parte descrita podemos sacar una conclusión política nefasta: los totalitarismos, ya que solo el médico, es decir, el Estado, puede poner remedio a tanto dolor. Lo malo del totalitarismo es que, como la propia enfermedad, se niega a desaparecer, con lo que tendremos, posiblemente, dos tipos de problema, como el que bebe para olvidar.

De la segunda se desprende un tufillo a liberalismo; y digo tufillo a sabiendas de que suena a peyorativo, pero qué quieren que les diga, en este liberalismo, unos se curan y otros no, y la convivencia entre sanos y enfermos se hace insoportable, ya que, en ocasiones, los que se curan lo hacen a costa del que sigue retorciéndose en sus miasmas y hedores. La ley de la selva, nos recuerda Polo, que nos lleva irremediablemente al determinismo social donde unos se apropian del éxito y su idea, y los otros viven, malviven, de las migajas que dejan después del banquete los patricios y sus retóricas.

Y la tercera opción postula que todas las sociedades han estado enfermas y que, por tanto, su curación solo se da en el futuro: la corriente utópica de nuestros sueños y necesidades a medio satisfacer. Dice Polo con sabiduría sencilla: “Si no sabemos qué es estar sano, tampoco sabemos cómo llegar a estarlo”. Es una esperanza tan hueca como querer salir de la crisis de hoy a base de marianos y rubalcabas.

No hay remedio, concluye Polo (y créanme que el libro al que les emplazo es mucho más que este axioma de abuela a la que el puchero se le pudre), a la vista de que ciertas enfermedades sociales no tienen curación, como la crisis. Apenas nos queda el recurso de la supervivencia, cuya aspiración más elevada es la de cumplir con el día de hoy como mejor se pueda. Un mediano pasar, un tímido aventurarse al sol que más calienta, una resignación al débil borde de la apariencia.

Pero no, y mil veces no. La importancia de llamarse crisis radica, precisamente, en que el hombre es un “ser sintético” y, por tanto, no hay problema que no pueda solucionarse. “El hombre es el resultado de sí mismo” y, en palabras de Hegel (ese oscuro filósofo que ha dado de comer a tantos otros), “la existencia del hombre es el despliegue de todas sus potencialidades”, y no un despliegue inconexo, sino convergente en el que todo se va reuniendo hasta hallar la solución. Un problema adyacente a la crisis es dejar que nuestras potencialidades se anquilosen en el sofá ante el mediocre espectáculo de una realidad falsa y gritona, y poner en manos de unos pocos, altivos y de eminencias pasajeras, todo ese potencial, invertido, vaya por Dios, en salvaciones parciales, doctrinas confusas y amenazadoras, utilitarismo rancio y pragmatismo intelectual del mejor postor, huida al estoicismo o al peor de los pesimismos, y, cómo no, y que no falten, la profusión de consolaciones de mercadillo y guías de descarriados.

Querido y desconsolado Ernesto: parafraseando al siempre intuitivo Nietzsche “la vida está hecha de escaleras y columnas, también de rellanos, que se suben y bajan una y otra vez”. Y, como en los dibujos imposibles del maestro holandés Escher, aunque parezcan intransitables, están llenos de caminos, siendo uno solo, y es tarea irrenunciable del hombre recorrerlos todos hasta llegar a la verdad, que es el valor supremo de toda libertad en acción. Sea, pues, considerada la crisis no como un acontecimiento fatal, sino como lo que es: una tarea y una oportunidad.

VALE

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3 respuestas a De la importancia de llamarse crisis

  1. Horacio el joven dijo:

    Se olvida, entre tantas definiciones de crisis, de la que dio el propio Polo: “Crisis significa que ciertos postulados se han agotado y que ciertos modos de enfocar la vida ya no responden a nuevas cuestiones”. Ocurre con el mundo de las ideas -filosóficas y científicas- y con el de la acción -revolución o conformismo-. Como esas dos cosas, ahora mismo, son sobre todo de índole económico (desgraciadamente) la salida es más difícil. El amo que establece una relación de servidumbre con el explotado es algo tan etéreo como la especulación, los mercados, etc… Una entelequia, en definitiva -o, con la terminología clásica de Polo, una aporía-, es extraordinariamente perversa.
    Excelente artículo, maestro. Le felicito por su análisis, tan certero.

  2. Ava Condesa Descalza dijo:

    ¡¡¡¡Excelente!!!!, y totalmente de acuerdo con la tercera: “Como no sabemos qué es la salud, porque nadie ha habido sano, estamos hablando de una solución utópica o deseable en un futuro”, yo añadiría los distintos grados de enfermedad, y por hablar de grados conocidos, hablo de grados Celsius. Mientras que a los que despojan al Estado por medios ilícitos de lo que por derecho le pertene, no pasan de sus helados e impertérritos 35º, los que luchan por existir con todas las condiciones de su ser y su naturaleza (subsistir), llegan a superar los 40º ¡Están que arden! Y, si la miseria, la desgracia y el sufrimiento de los segundos (dispuestos a descender 4º) no conmueven a los primeros para elevar un solo grado de su malsana existencia,
    efectivamente no sabrán nunca lo que es salud, y la salida de la crisis será una utopía, nunca alcanzaremos los deseados 36º para todos.

  3. óscar dijo:

    Profesor Luengo, ¡qué digo profesor: maestro! Mecenas literario/filosófico para desertores del arado y antiguos cargos públicos. Elige vuecencia, como siempre (¿cómo iba a ser si no?), una palabra ad hoc.
    Reflexionaban los supervagabundos desde una TUMBONA (propongo este muelle vocablo en crónicas de palabras anunciadas veraniegas) para ilustrar la portada de su vinilo “Crisis, ¿qué crisis?”. Qué antigua y qué actual.
    Lo dejó claro Bob Esponja: “todo cambia, nada es”.

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