El alma de la hipoteca

La historia de este vocablo se remonta al siglo I antes de Cristo, y desde entonces hasta nuestra fecha, tal parece ser el destino del hombre: la hipoteca. Pues no teniendo suficiente hoy para obtener un bien y gozarlo, qué otra cosa más inteligente que poner en prenda lo que ya se tiene y ofrecerlo a quien tiene ya demasiado. Esta lógica capitalista, retorcida y sagaz como rabo de Asmodeo, hace que lo que en principio parecía un vergel, lo que uno tiene, ya sea casa, ahorros o la misma alma, se convierta por arte de ensalmo en algo insignificante y mediocre en comparación con lo que puede tener, otra casa, más dineros y un alma, quizá, rejuvenecida por la fuente de la eterna discordia. Hemos pasado de tener ya algo a pequeña escala de Jacob a la posibilidad de tener más de lo mismo a escala de Nemrod. Ahora se entienden mejor las palabras viejas de todas las madres: “niño, para de una vez que estas más guapo”.

La economía es una ciencia diabólica que se nutre de la pretensión, la volubilidad e inconsistencia de nuestros propios afanes y el natural inconformismo, por no hablar de franca avaricia o acaso sea solo gana de mejorar estando bien o, simplemente, que el hombre no sabe estarse quieto. Lo digo con el corazón en un puño, a 130 pulsaciones por minuto y sin interés… por qué, díganme ustedes, en qué cabeza cabe hipotecar hasta la colección de sellos del abuelo por conseguir algo que puede no te pertenezca jamás. Por cierto, la colección de sellos la tiene el banco, el mayor coleccionista de hipotecas.

Siendo de origen romano, es palabra griega, y tratándose de hipotecas, qué mejor que un préstamo lingüístico. El Imperio, que tenía de todo, no sabía cómo llamar a este acto de garantizar un préstamo sin prenda que valga, como sí lo tenía para pignoración (pignus-pignoris, con el significado de “prenda” o “garantía”) o empeño (dejar un bien como señal a cambio de otro mayor o con carácter de inminencia). Los griegos, que ya no tenían de casi nada, al menos en propiedad exclusiva, se dedicaron a prestárselo al mundo como bienes en excelencia a cambio de que las generaciones venideras les nombráramos hasta en la sopa (término, por lo demás, germano). Así, los helenos, de armas tomar, amén de otras sutilezas, tenían para el acto de poner un bien como garantía que sigue temporalmente en manos del deudor, pero que si éste no devuelve lo adeudado según previo acuerdo, deberá pasar a manos del acreedor, una palabra compuesta que designaba, precisamente, a la hipoteca. Con el prefijo hypo- (“debajo de”) y el sustantivo theke (“caja, bolsa, depósito, colección de cosas depositadas”), los griegos utilizaban un recurso oral para comunicar la idea y concepto de “cimiento o fundamento”, es decir, “lo que está colocado debajo” en letra pequeña, que diríamos hoy, con la boca muy grande y los ojos como platos. Luego, con esos cambios propios de la historia en su devenir, hipoteca serviría para definir la prenda sin prenda que sustenta y apoya y fundamenta la garantía de préstamo. Esta “presunta” prenda no era otra cosa que la promesa de responder con ello ante un eventual impago, cosa, por lo pronto, menos eventual de lo que a primera vista parece, si por eventual entendemos anecdótico, casual e, incluso, raro. No es extraño que las entidades bancarias de todo signo y condición, pasando por otros nombres menos formales y protocolarios, se prenden de tales promesas con la garantía, cada vez más usual, de quedarse con la prenda.

Palabras formadas con esta raíz griega son hipócrita (actor teatral que, por lo bajini, critica cuanto se mueve, y que finge y exagera con gestos apasionados las bondades de sus tratos y comercios, y que se corresponde más con la figura de quien acepta la hipoteca) e hipocondríaco (región del abdomen por debajo de las costillas, que tienen cartílago, es decir, khondrion; y de ahí, los enfermos imaginarios que tienden a tocarse esa parte del cuerpo cuando se figuran sus padecimientos y avemarías, y que se corresponde, al menos a largo plazo, ya que estamos con hipotecas, con la imagen que quedará del solicitante de la susodicha). No debemos confundir esta raíz etimológica con la del prefijo hippo-, que significa “caballo” y que contiene palabras como hipocampo  o hipopótamo, y creo que ya tenemos suficiente para saber qué se esconde debajo de tanta promesa y crédito (palabras, curiosamente, que solo tienen sentido en una dimensión de fe y esperanza). La hipoteca, por tanto, nos aporta ese sello nutricio y genuino del espíritu humano que lo quiere todo ya, aunque le cueste toda la vida de después. En ese sentido, y solo en ese sentido, podemos o empezamos a entender que el obsequio de la vida eterna, por ejemplo, se haga esperar el resto de la vida material: lo que se hipoteca es el alma que, para bien o para mal, queda como en suspenso a la espera del juicio final. La prenda pignorada, de resultas del trato con la propia vida, en su desgaste y deterioro auténticos, no es otra cosa, y vaya con la mentada, que el alma fragmentada de pequeñas hipotecas. Más nos valdría pensarnos dos veces lo que queremos y necesitamos, o deseamos y anhelamos, teniendo ya lo único con lo que, a fin de cuentas, contamos y vale la pena.

En desuso ya, por la poca gracia que tiene, queda la exclamación irónica de ¡buena o brava hipoteca! con que se pretendía indicar a la persona o cosa despreciable y poco digna de confianza; y si aún tenemos dudas de qué hacer con lo que ya poseemos, el verbo del que emana el sustantivo, hipotecar, tiene en su segunda acepción, en la versión del DRAE de 2001, la característica peculiar semántica de “poner en peligro una cosa con alguna acción”.  No dice cuál, pero todos a estas alturas de los tipos de interés, el TAE, el precio y la tasación del bien hipotecado, sabemos de qué acción se trata. Vade retro hypotheca o, en latín de cartel y aviso, Cave hypothecam, o, ya que andamos con los humos subidos, Habemus hypothecam. Cada cual elija la que mejor le convenga y no olvide que, haga lo que haga, o hiciere o lo que hiciere, solo tenemos este día por delante para hipotecar el de mañana. Con Dios y VALE.

 

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2 respuestas a El alma de la hipoteca

  1. el pajaro que da cuerda al mundo dijo:

    El principio de Arquímedes es un principio físico que afirma que: “Un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja”. Esta fuerza recibe el nombre de EMPUJE hidrostático.

    ¿Por qué no se cumple este principio?
    Porque si te sumerges en una HIPOTECA total o parcialmente el volumen desalojado va con un % añadido más una prenda o garantía, lo que requiere una fuerza de SUPEREMPUJE fisicamente imposible. Esta fuerza recibe el nombre de HUNDIMIENTO hidrostático, también llamada DESALOJO.

  2. óscar dijo:

    Largo plazo: el apotegma católico “sufre hoy y serás feliz mañana” no se lo traga nadie desde hace mucho tiempo. Ahora lo presenta el sacro imperio bancario con su vocabulario de latinajos economicistas, e hijas de hermanas con peligro, mucho peligro. Señor Luengo/Largo, me despido con una paráfrasis de lo que escribió Caín sobre su adorada actriz Gloria Grahame: “Sic transit hipoteca mundi”. Me despido, que me estoy prolongando cual plazo fijo.

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