De desahucios y otras ruinas cotidianas

La cantidad enorme de dinero que cuesta ser pobre (César Vallejo)

   De formación romance con el prefijo des- (del latín dis-) y que indica inversión de una acción (como en “deshumanizar”, que para el caso, viene que ni pintado), y el verbo en desuso (ahí tienen otro) -por arcaico y difícil de pronunciar- afuciar, formado, a su vez, con el prefijo a- (del latín ad-) y el verbo latino fiduciare (con la “f” ya aspirada) y con el significado de “dar una confianza, avalar o garantizar”, desahuciar es, por tanto, quitar toda confianza (la hucia o huzia, que ya encontramos en Covarrubias), como a los enfermos terminales sin posibilidad de recuperación, o la que se retira a un inquilino después de no valer ni la fianza, produciéndose así el comúnmente llamado desahucio, que tantos quebraderos de cabeza y otros órganos está dando a gobierno, bancos y personas jurídicas varias, todos ellos con techo, aunque no todos con la misma con-fianza, vaya por Dios.

   Comparten, pues, todos estos palabros la raíz latina del verbo fidere (tener o inspirar confianza), como en confiar, fiar (lo que se hacía en los bares mañana), fidelidad (a una marca de whiskey, por ejemplo), fiel o fidedigno (digno de fe), e, incluso, federal, federación o confederado (como el ejército de la Unión) pero que, en el caso de los desahucios, hay que añadirle ese molesto prefijo que lo quita todo, hasta la fe y la esperanza que una vez tuvo. La voz “desahucio” es fea hasta decir basta: suena a insulto, y al paso que vamos con más de 400.000 familias pendientes de sentencia o ya con ella a cuestas, en lugar de “estar desahuciado” se empleará el verbo “ser” que define y también sentencia: “ser (un) desahuciado”, probablemente con la terminación en “ao”, que es más chulesca; y todo ello dicho con el mayor de los respetos hacia quienes sufren tan lamentable pérdida.

   Ahondado un pelín más en los diferentes significados que este término ha tenido y aún conserva en los diccionarios (desde el de Autoridades a la edición más actual que yo mismo utilizo de 2001), resulta que desahucio también indica el despido o desalojo del ganado. Entresacado de la ley mesteña, esta dispectio otorgaba a los dueños de las dehesas, a los ganaderos y sus mayorales, potestad para desahuciar y despedir (de ahí la acotación que acompaña a la definición, Gregum è pascuis dimissio, dispectio, “el acto de despedir el ganado, o desahuciarle”) a las manadas que pastaban en sus dominios o aparcerías para utilizarlos en provecho propio. Por tanto, esta figura jurídica se remonta a La Mesta y, en cualquiera de los casos, hace referencia siempre a la propiedad de uno, el amo, que utiliza durante un tiempo otro que no lo es, y que una vez terminado el plazo permite al primero echar al segundo, desahuciarle, rompiendo así toda vinculación entre arrendador y arrendatario. El concepto de propiedad privada es históricamente muy tenaz, y no viene al caso hablar de Derecho Romano y otras menudencias jurídicas, pero lo cierto es que sobre la base de este concepto oscila la amenaza o la certeza de un desahucio.

   Según he podido averiguar, desahuciar procede de otro verbo latino, este de carácter militar y jurídico (como no podía ser de otra forma), deicio, con el significado de “desalojar” y “expulsar, arrojar, lanzar o desposeer de una propiedad”. Y, en medicina, con el sustantivo alvus, “evacuar el vientre”. En cualquier caso, conserva o remite a campos semánticos que tienen que ver con algo que fue y ya no es, o algo que se tuvo y no se retuvo.

   Sea cual sea su origen o el que elijamos, el desahucio implica la pérdida de la confianza inicial y que dio pie al contrato de arrendamiento o compra o uso y disfrute de la cosa arrendada (¡caray con la jerga!) y la pérdida, asimismo, de toda esperanza de que vuelva en los mismos términos. Así que, sin confianza y sin esperanza, el desahuciado se las ve y se las desea para seguir adelante en un entorno hostil de aúpa, con una crisis económica del siete por delante y otra del ocho por detrás. Porque una cosa es que te quedes sin casa por no pagar lo que vale (lo que vale más los intereses y gastos varios), y otra que te quedes, además, sin trabajo y sin posibilidad de acceder a los derechos sobre los que se sustentan las garantías de un Estado, por lo demás, insuficiente. Normal, entonces, que si te echan a la calle es allí donde grites, patalees y hagas de tus necesidades virtud.

   Resumiendo, que es gerundio, un desahucio, te venga de donde te venga, es de una contundencia y rotundidad muy cercana al destierro o al entierro, según se mire, y crea en torno de sí una perplejidad rayana en la desesperación.

   De esta realidad cotidiana para muchas personas en España, podemos, simplemente, concluir que es más ruindad que ruina, siendo ambas, y en algunos casos, usura más que uso o usufructo de una propiedad a la que le han salido alas en forma de cuotas, intereses y embargos (palabra curiosa de la que trataré en otra entrada). Pero de una cosa podemos estar seguros y es que el tal desahucio, siendo como es posibilidad jurídica y, casi siempre, adversa al pobre que no vive para sustos, también podría servirnos, tratándose de confianza dada y perdida, para desalojar, expulsar, echar o despedir a quienes abusan de continuo de ella. Lograríamos, así, convertir el desahucio en una ventaja democrática y una victoria de los humildes, que apenas son enaltecidos cuanto más bajo caen como las torres descolladas. Pues si estos no pueden pagar sus hipotecas o sus varias deudas, cada vez más desmedidas o desmesuradas, y han de abandonar toda esperanza (la huzia del principio), ¿por qué no ha de ocurrirles lo mismo a esos aprovechados e infructuosos que, con tantas oportunidades como recursos, prometen y presagian (prodigios de nuestra época), y no devuelven lo que les fue dado en confianza (la misma huzia de antes)?

No nos vendría mal, a estas alturas de guión, hacernos preguntas más adecuadas a la situación que vivimos, aunque la respuesta no sea del agrado de los que suelen hacerlas y darlas. Porque, como nos dejó escrito el trastornado Dylan Thomas, “… grande es la mano que domina al hombre / tan solo por haber garabateado un nombre”.

 

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3 respuestas a De desahucios y otras ruinas cotidianas

  1. Colimbo Delago Charlie dijo:

    Me parece muy notable que las palabras para definir al enfermo sin esperanza y al desalojado de su casa, sean la misma. Acaso uno y otro necesiten parecido milagro.

  2. El pajaro que da cuerda al mundo dijo:

    El siervo de la gleba tenía que trabajar allí toda su vida, estaba ligado a la tierra. Tenía el derecho a la tierra, y el señor no lo podía echar. No era, por lo tanto, un hombre libre en toda la fuerza del término, pero, a pesar de no ser un hombre libre, tenía más derechos que un desahuciado de hoy. NO ES NECESARIO AÑADIR MÁS PALABRAS.

  3. óscar dijo:

    Po, De-de y Fortuna sufren tres desahucios esperados/anunciados. El borbón (por favor, ilustre corrector, respete la minúscula, que la monarquía puede pasar a menorquía) debe bautizar a sus posesiones con mayor juicio, para así evitar sospechas, escraches y enredos de letrados. La urdangarina ha elegido, eso sí, buenos tiempos para oler trena, rodeada de banqueros, alcaldes, toreros, folclóricas… y dos osos panda. El ruedo ibérico.

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