El escrache en mosaico

Quot servit tot hostes (“Tantos siervos, tantos enemigos”. Séneca)
 

            Si nos atenemos a la definición, procedente del lunfardo argentino, el escrache, como tal, es la acción directa y consecuente de “romper, destruir y aplastar” y en menor medida, por su exclusivo ámbito artístico, de “fotografiar a una persona”. Hasta ahí lo que podemos entresacar de este palabro tan feo y pertinaz y cuyas ramificaciones lingüísticas nos llevan, incluso, hasta la lengua lemosina de la occitana y trovadora Cataluña, con el significado de “pelar, descascarillar”, y, ya puestos, en locución verbal, “proferir oprobios, reprochar con malos modos”. Tirando del hilo, escrachar también se propone como destreza para “escupir, hacer burla o escarnio”, sin olvidarnos de la más medieval, sobre variaciones francesas, de “estar cabreado o enrabietado”. No obstante lo dicho, los anglosajones, tan suyos en materia de imperialismo lingüístico, reclaman su señorío sobre el verbo to scratch con el significado de “rasgar, rasguñar o rayar” (muy usado entre estafadores y reñidores), con lo que nos queda un variopinto mosaico semántico. La tesela más actual de este mosaico es la que nos viene de la jerga callejera y activista: “protesta pacífica de un grupo de ciudadanos cabreados,  cuyas denuncias suelen exponerse ante los domicilios o lugares de trabajo de los que consideran responsables de su cabreo y de la situación insostenible del país. Añádase a la indignación provocada por el abuso de los que hacen política y números, la que ellos asimismo provocan en los mismos que la motivaron”. Toda una señora pescadilla que se muerde la cola y otros atributos.

Tan polémico significado hunde sus raíces en otros movimientos históricos y creo que sería suficiente con estos datos para hacernos una idea bastante precisa de por qué este término está haciendo su agosto todo el año en los medios de comunicación que, precisos como son y tan serviciales, lo han puesto de moda y en rondalla convirtiendo algo tan pampero en castellano de andar por casa y calles. Ya el vocablo tiene resonancias y reverberos a mala leche y fargallón con un punto de puñetero y picaresca: “Te voy a aventar y a escrachar la jeta, tonto a las tres”. Pero la historia nos cuenta algo más de esta criatura social  arraigada y nutrida en la entraña misma de la desproporción y la injusticia.

Después de la II Guerra Mundial, y ya vencidos y arrinconados los alemanes, algunos nazis escaparon con sus tesoros y prestigios y secretos a otras tierras o en la propia con vidas y fachadas falsas, poniendo a buen recaudo y en polvorosa sus excesos y desmanes. Sin embargo, activistas incansables como los germanos Beate Auguste Klarsfeld y su marido, Serge Klarsfeld, entre otros muchos, lograron cercarles y poner una luz sobre los historiales casi inmaculados de estos genocidas impunes. Empezaron así una técnica de “acoso y derribo” a estos tipejos con gas en la sangre y denunciaron a las claras su pasado asesino y destructor. Las campañas de desprestigio consistían en reunir a un grupo de personas con pancartas y letreros en los domicilios o en los trayectos cotidianos de estos criminales y donde exponían el motivo de su denuncia. Andando el tiempo, que casi siempre hace justicia, estos intimidatorios escraches a la europea cruzaron el charco atlántico y aposentaron sus sacros y enrojecidos culos en el sur de América Latina. En concreto, en la Argentina y el Uruguay, haciéndose un hueco en la siempre especial idiosincrasia  de estos países hermanos y dándole a los escraches una más pintoresca y escandalosa personalidad. Así, tras los años más duros de la dictadura militar argentina, con miles de desaparecidos y ausentes, un grupo de ciudadanos empezó a escrachar cerca de las ostentosas residencias de exaltos cargos del régimen acusándoles de los abusos perpetrados durante su ejercicio. Luego, con la desigual fortuna que traen estos intentos de verdad al aire, el escrache se desarrolló en un clima más ordenado y democrático poniendo de manifiesto la desigualdad socioeconómica y la corrupción de la clase dirigente, responsable, cuando menos, de la degradación constante de la sólida idea del bien común sobre la que se sustenta el estado del bienestar y las sociedades equilibradas.

En ambos casos, más allá de consideraciones morales y políticas que se desprenden de los güelfos y gibelinos de toda la vida, el escrache es una manifestación pacífica subida de tono que pretende poner en jaque o en solfa la desconsideración, indiferencia o franco cachondeo de la clase política, acostumbrada como está desde hace ya demasiado a vivir del rigor de un sistema que les protege y ampara y, sobre todo, les perpetúa. Es un fenómeno social, incómodo y caótico, presuroso y antipático, nacido de la disensión y el inconformismo, pero capaz de crear el suficiente debate como para preguntarnos por qué, entre tanto incapaz e inútil como los hay arriba viviendo del cuento y la rueda de prensa falaz y gratuita, los de abajo, viviendo de lo que nos ponen o nos dejan, seguimos haciendo lo mismo con los mismos resultados. [El arrebato me viene de las nuevas cifras de la EPA y el escandaloso por trágico 27% de la población activa desempleada... ¡Qué país puede sostenerse con estos datos más los que se esconden, se ignoran o se desvirtúan!]

Haya perdido o no buena parte de su raíz ideológica, estas denuncias a pie de calle en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos, de corrupción o de incompetencia, mediante sentadas, cánticos o pintadas, frente al domicilio particular o en lugares públicos, representan, en gran medida, la impotencia y la derrota de la soberanía popular, harta de que su voz solo pueda oírse a través del cristal de una urna, y que una vez oída y contada apenas sirva para prolongar la agonía. De ahí, urna funeraria donde reposan los restos de tantos que fueron, son y serán. La vida es un fue, un será y un es cansado, con permiso de Quevedo, a quien recurro, he recurrido y recurriré por ser maestro de difuntos.

No son muchos, la verdad. Apenas una bandada de gurriatos concentrados y sonajas, en pequeño escracho, en los dominios de urracas y grajos y demás córvidos verborreicos y tragantones. Desordenados y en corrala, parecen románticos tísicos pidiendo una celda en el pabellón de reposo, con la soflama subiéndoseles al rostro cada vez que irrumpe la sordera o la sordina, o el rotundo silencio que rebota en los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados.

La simpatía que siento desde mi cómoda tribuna por todos estos movimientos de estertor combativo tiene mucho que ver con la antipatía que me despiertan, desde siempre, la condescendencia de los virtuosos con parlamento y la mezquindad de los pitagóricos que celebran la salida del sol con pentagramas y ábacos. Es lo que en sociología se conoce con el concepto de capital simbólico, y que se refiere al consenso social en determinado campo, haciendo que de entre los muchos y variados fenómenos cotidianos (literarios, pictóricos o, puramente, ciudadanos) unos sean considerados naturales y dignos de valor y otros no. Este concepto que ya manejara Ortega und Gasset y su discípulo predilecto, Julián Marías, y más tarde aclarado y ampliado por el estructuralista francés Pierre Bourdieu, convierte en valiosa e imprescindible una serie televisiva como Game of Thrones e inadvertida y elitista a The Wire, o, entrando en la materia que nos ocupa, hace que las declaraciones de un grupo de intelectuales mullidos y alfombrados prevalezcan sobre otras de un grupo más reducido y soliviantado. Así, sobre estos escraches malhadados y la denuncia sobre los desahucios que los acompaña, surgen las plataformas de afectados (ya hablaremos en la próxima entrada de todo lo que trae consigo un desahucio) con un discurso previsible, y que, en términos de capital simbólico, es poco menos que una china en el zapato; y, del otro lado, brotan las voces de los demócratas de toda la vida de Dios, incluso antes del Diluvio, con su bien cortado discurso a la medida de las circunstancias y bolsillos que, en términos del mismo capital antes descrito, es moneda de cambio (al cambio actual, se supone) para la argumentación sociopolítica. Díganme qué futuro puede tener cualquier movimiento social con traje de anarquista y antisistema, incendiario de media mecha y un punto salvaje, sea cual fuere su reivindicación, en esta bien armada y de corte inglés democracia, que dicta sentencias y condenas con mano ancha cuando se le inoportuna con bagatelas como las más de 400.000 familias que no tienen donde caerse muertos. Lo dicho, capital simbólico que les succiona hasta absorberlos y dejarlos en corito, mientras los tertulianos y demás gerifaltes a sueldo cobran por apelar a la educación y a la cortesía cívica.

Parece mentira que a los ciudadanos nos quede el derecho de pataleta como único y último recurso, casi bastión, para defender nuestro escrachado día a día, que apenas contemos con más armas que la pancarta, el silbato, la lágrima a mares, Teresa, los crecepelos mágicos y la esbornia (otra voz lunfarda) a la vuelta de la esquina, donde lo venden tinto y a duro. A los otros, a los otros (¡vaya por Dios, ya estamos divididos otra vez!) les queda lo mismo pero pagándoselo ellos mismos con el sudor y espalda de cada día, con casa, nómina y un Gran Hermano que vela por todos nosotros hasta el día de nuestra muerte. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a El escrache en mosaico

  1. Colimbo Delago Charlie dijo:

    Leer a Luengo es leer a Faulkner pero mejor porque lo leemos en versión original, y porque el vernáculo vehicular de su prosa no es African-American de traductor casposo, sino un castellano viejo y castizo, que cuando no se entiende es porque recompensa, como el inglés del maestro de Misisipí, con su admirable capacidad de desborde.

  2. óscar dijo:

    SUEÑO (SOÑADO)

    Una noche bebí por encima de mis posibilidades. Una noche de aquella época en la que fuimos europeos ricos por orden ministerial.
    Amanecí quince años después. Una resaca (declarada patrimonio de la humanidad) me atacó en forma de grafito antisistema (decoración artística para edificios gubernamentales recomendada por la UE) que adornaba el escaparate de una tienda de trapos de marca (Harapos homologados. Made in cuarto o quinto mundo).
    Quince años después de amanecer ingerí Rexacolí sin receta médica (en grageas de 40 nanogramos, cantidad diaria aclamada por los traficantes) y ahora vivo sin escándalo, dentro de lo tan real.
    Y basta ya de paréntesis.

  3. Concha Pascual Arribas dijo:

    De acuerdo con eso de que lo que pretenden los escracher es denunciar la falta de turbación de los saqueadores de esta nuestra España, lo que consiguen es NADA DE NADA, mucho ruido y pocas nueces.

    Gracias por ilustrarnos sobre tanta historia escracher, de la que al menos una servidora no tenía ni idea.

    Suerte… y al toro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current day month ye@r *