En estado de corrupción

… y mi carne descansa serena.

Porque no me entregarás a la muerte,

Ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

[Salmo 15. El Señor es el lote de mi heredad]

Corrupción: (Del latín corruptio-onis; formado a partir del verbo corrumpere ‘corromper, compuesto por el prefijo co ‘en común, conjuntamente’ y rumpere ‘romper’. Con lo que nos quedaría una definición al uso bastante lapidaria y contundente: dícese de la habilidad para juntarse de algunos (unos pocos bastan, si bien suelen ser muchos) con objeto de romper con las prácticas deseables).

Veamos lo que el DRAE, así como otros diccionarios, nos dicen:

1. f. Acción y efecto de corromper.

2. f. Alteración o vicio en un libro o escrito.

3. f. Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de costumbres, de voces.

4. f. Derecho. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

Dejando a un lado el hecho anecdótico de que antiguamente se referían a ella, la corrupción, con el término diarrea, que tan ingratos recuerdos nos trae de la flojera de vientre o soltura de andorga, voy a concentrarme en la última de las acepciones que el diccionario de la RAE da a este vicio en las costumbres del que Cicerón en sus Catilinarias (O tempora, o mores!) condena por pérfido y nefando, y que por no servir, no sirve ni como insulto.

Lo mires por donde lo mires, lo corrupto no escapa a las ideas de vicio consumado o abuso o alteración de algo o alguien para provecho propio o ajeno. Algo que se corrompe, ya no se puede salvar: está infectado y contaminado, roto por fuera y por dentro. Hay que dejar que se pudra y muera, y ponerlo en una sabia y prudente cuarentena para que no contagie al resto, como la manzana podrida del cesto (perdón por el ripio ingenuo e imprevisto). Y, sin embargo, la historia, la de antaño, y la de hogaño, nos confirman que el quídam, antes de ser corrupto, fue corruptible, y luego de serlo, se hace corruptor, dejando tras de sí una estela de putrefacción y corruptela que abarca personas e instituciones, leyes y tradiciones, pueblos y comunidades y deja la sensación de que no solo se corrompe el cuerpo, luego de haber servido, sino el alma toda del servicio al cual se encomendó. “Dañado, perverso y torcido” son los adjetivos que califican a la acción de corromperse, y de hacerlo sin remedio. Es tal el grado de infección cuando se la deja hacer (a la corrupción, se entiende) que apenas nos queda el paisaje desolado y devastado, medio en ruinas y vencido de la carroña al pie de un muladar. ¿Y qué es la carroña sino carne putrefacta y en estado de corrupción? Que se lo digan a los buitres, y que cada cual asigne a quien quiera la cualidad de carroña o de buitre, que la una se desgarra, y el otro se ceba en los deshechos.

La caterva de ladrones, podridos de dineros y regalías, que conforman la cleptocracia (término aún no aceptado por la Academia, por cierto, pero denle tiempo) se ha quedado a vivir en la ciudad, aun siendo forajidos (fuera del ejido y de la ley), y la gobierna con la poderosa y apestosa mano de la corrupción que alcanza, incluso, al o lo incorruptible. Herencia de la carne, la indulgencia o la indiferencia, el olvido o ese dejar pasar tan nuestro, de tan ruedo ibérico, son semillas esperpénticas de corrupción que germinan y contaminan, como el diente de león, al pasto donde reposan y deben hacerlo los sinceros (del latín sincerus, es decir, lo que no tiene cera, como la miel más pura), y son de suyo, intactos, naturales, y sin corromper. ¡Qué no decir del candidato, el indicado para un cargo o dignidad, y no el que se rasga sus blancas vestiduras sin tacha y se esconde bajo la ingenuidad de la excepción y acusa con el índice lo que bien tendrían que hacer los otros nueve de la mano! No es mayor el puñado que el puño, ni el abrazo que el brazo o, ya puestos, el surco que el curso, pero éstos no son dados, y aquéllos los hacemos. Y el mérito está siempre en lo que queda por hacer y no en dejar de hacerlo o dejar que lo hagan otros. Y, además, en palabras de Herman Melville, el de la gran ballena blanca, a su compatriota y colega en letras escarlatas Nathaniel Hawthorne en una carta, “¿Cuándo acabaremos de acontecer? Mientras nos quede algo por hacer, nada hemos hecho”. Pues, eso.

Esa nueva virtud de fingimiento y disimulo, que tan cara resulta a nuestros próceres y tan acreditada en nuestros días, no es sino otro de los vicios más comunes entre los gobernantes y mandamases que denota a las claras la cobardía y servilismo de sus intenciones cuando no su vileza y mediocridad. Como ya dejó escrito Montaigne en sus Ensayos, “Estando hechos a proferir falsas palabras, no les remuerde la conciencia si faltan a ellas”. Tanto es así que presenciamos todos los días el mismo espectáculo, entre falso y ridículo, en que unos defienden su honor con palabras huecas y los otros defienden sus palabras huecas con el honor por los suelos, y la casa sin barrer. Y mientras, hartos y perplejos, contemplamos cómo se desmorona la reputación del estado devenido en caverna sin más luz del que aguanta la vela: el pueblo, bastante desmejorado por cierto y pidiendo a gritos la cabeza de alguien, no para arrancársela (aunque parezca lo contrario por el confuso y rumboso vocerío) sino para que cargue sobre ella un peso que pueda llevar, y no hinque la rodilla ante el suntuoso paso de corceles con penacho y carruajes de oro, insignias y jarreteras, alfombras olímpicas o carteras con membretes. No somos más que ceremonia y necio orgullo, y doblamos las rodillas en lugar del espinazo y hacemos saludos sin razón y reverencias a sinvergüenzas, golfillos de medio pelo y chorizos embutidos en aromas rancios y pergañetas.

Queda, pues, demostrado, por vía lingüística (ciencia por lo demás virtuosa por veraz) que la corrupción, según la definición de arriba, necesita de muchos para asentarse y entronarse (todo queda en silla, aunque no siente cátedra) y romper con el orden y la ley. Los que se refugian en lo intrincado y complejo del sistema burocrático y judicial, la macroeconomía, la herencia reciente y ruedas de prensa previamente acordadas y sin recuerdo o en la palabra presunto (de la que ya hablaremos algún día)… deberían asumir que esa masa informe y cabreada que llamamos ciudadanía es más difícil de co-romper que los mayordomos de palacio, los secretarios y tesoreros, los correveidile y portavoces varios, yernos y demás familia al uso de tan desgastada. Pues si puto es el que de putas vive, parafraseando al faltón Quevedo (¡qué falta nos haría uno al menos!), corrupto es el que de corrupción se nutre e invita a su mesa a quien le sirve de espejo y excusa. Y ni “las prosas efímeras, reportajes volanderos, polémicas de relumbrón o monsergas demagógicas” (en palabras del grande y elegante cubano Carpentier) podrán ocultar ni remediar el nepotismo, el arribismo, el amiguismo y el reumatismo de este estado del bienestar de pacotilla y en estado permanente de confusión y crispación. Estado, por lo demás, en que el dinero se hace, se tiene, se acumula, se gana, se invierte, se esconde y atesora, se evade o transfiere o se juega, se pierde, se esnifa y vuela y, finalmente, cuando queda poco, se habla, y mucho, de él. Menos compartir, repartir o distribuir, el dinero sigue siendo aquel poderoso caballero de desgastada armadura, que regresa de Cruzadas, con el rostro de dos caras desencajado y enjuto, ante el que ricos y pobres se inclinan: unos por adoración, y los otros, los que quedan, para agacharse a recogerlo y verlo de cerca. Y vuelta a empezar, en esta espiral de lujuria y avaricia con que el poder y los dineros corrompen, enculan y emasculan.

Es cierto que no se vence a la corrupción con palabras, pero, al menos, podemos acudir a ellas para saber contra qué luchamos o pretendemos condenar. Que las palabras también se corrompen, nos lo deja claro la tercera acepción antes escrita, pero hay un abismo entre decir mal lo que bien se piensa y mejor se hace, y hacer con el culo lo que luego dice la boca sin pensarlo dos veces. Al final, vaya por Dios, todo queda en témporas y, vuelta al principio de las cosas, en sinfónica cagalera. VALE.

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9 respuestas a En estado de corrupción

  1. Mario Gragera. dijo:

    Un profesor carcamal de la Universidad Pontificia de Salamanca me dijo, allá por los años 90, que él era ya corrupto, que hacía un mal uso del poder que se le había conferido; yo nunca sostuve esa tesis, la verdad es que sostenía mas bien poco, alguna que otra jarra de cerveza, eso sí. Por esto que ni pude mirarle con el debido respeto a aquel rancio profesor. Siempre pensé que el poder corrompía hasta el mas pintado de bondades y virtudes de honradez. A lo largo de la historia que me rodea y me invade, poco me equivocaba con veintipocos años, y ahora a los cuarenta y algunos, viendo lo visto, debo mantener que muchos años al poder rodeado de ‘abrazafarolas’ de poca experiencia en el mundo de las económicas realidades, le hace un tonto pensante, dueño de “su” cortijo y que todo lo que él hace es digno de virtud como los antiguos reyes déspotas, el Señor Luis XIV sin ir más cerca, pero aquel lo era por la gracia divina, estos lo hacen por la gracia del culo.

  2. Carlos Cebrián González dijo:

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  3. Colimbo Delago dijo:

    ¿Para cuándo la próxima?

  4. Colimbo dijo:

    ¿Y por qué solo o sobre todo hemos de exigir rectitud al político? ¿Por qué no también al periodista? Si su tarea es informar, ¿no es una forma de corrupción, no digo ya que cobre dineros por dar información sesgada, sino dejarse llevar por la pasión y abandonar todo intento de buscar la utopía de la información pura? ¿Y a los padres, para que críen bien a sus hijos y les enseñen con el sacrificio del ejemplo a ser personas de bien? Supongo que es lógico exigir pulcritud a los políticos, pero si todo lo anterior no se cumple, quizá no sea razonable.

  5. óscar dijo:

    Demasiado adorno sinfónico. Modera tu ligereza semántica en el insulto. Más juramento malsonante, más palabras grasientas, más óxido trisílabo, más herrumbre. Demasiada suavidad fónica. Regüeldos lingüísticos que se recuerden por lo puro bastos es lo que falta.

  6. PacoPa dijo:

    Jugando con las dobleces del lenguaje, Julio Luengo despieza con saña la corrupción sin perder ese toque “coñón”, gracias al cual un mensaje llamado a la seriedad, casi a la agresividad, se hace simpático para cualquier lector. Bueno, algún “afectado/beneficiado” quizás no encuentre maldita la gracia. Para todos los demás, recomiendo una segunda lectura, porque el texto se crece.

    • Colimbo Delago dijo:

      De acuerdo en todo, Paco. Pero por favor, explícame el por qué de las comillas en coñón, ¿para que no se confunda con “coñón”?

  7. Sin palabras; perdón, sí, tengo dos: EXCELENTE CRÓNICA. Por cierto la palabra CLEPTOCRACIA muy bien traída, no me extrañaría su próximo uso en todos y cada uno de nuestros bien amados tribunales de justicia.

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