La metafísica del error

A ti hipócrita lector, mi semejante, mi cuñado…  

el primero en mostrarme la senda de la brevedad

Aliviados los primeros escozores de la marcial indignación por los trece errores de las propiedades fantasmas, y recuperado su hierático trono el señor Montoro, y tras la dimisión con crédito y prebenda de la hacendosa Beatriz Viana, se me hacen los dedos huéspedes y la boca agua ante la perspectiva sofista de que el error, al no ser, no puede existir.

Según Zenón de Elea solamente podemos hablar del ser, porque del no ser no se puede hacer ningún enunciado. El gran Parménides, y luego otros, defendieron la idea del ser como la única existente y, por tanto, la única en verdad, y, entre paradoja va y paradoja viene, armaron y desarmaron un buen guirigay en que unos apostaban por el cambio y el todo fluye (como el PSOE del 82) y otros por el todo permanece (a la manera de los que se aferran a un cargo o a la vida según Julio Iglesias). Pero como la historia de la filosofía es, en estirada realidad, la historia de las refutaciones, y rara vez definitivas, y, además, anuncian ideas más afinadas, lo cierto es que Aristóteles y sus muchachos concibieron el error (visión particular) como parte esencial del conocimiento y el juicio (visión general). La verdad quedaría así prendida de la coincidencia entre el juicio y la cosa juzgada, y el error sería la discrepancia entre ambos. Luego vinieron los escolásticos y el sumo teólogo santo Tomás de Aquino y lanzaron una piedra al agua de cuyas ondas expansivas aún hoy nos maravillamos: el error puede ser entendido únicamente cuando hemos puesto en claro las diferentes formas en que puede darse la verdad, y dado que verdad y Dios van de la mano, todo lo que no parta de esta certidumbre conduce a la decepción y la desilusión, formas invisibles de la humana ignorancia.

Los pensadores medievales, por el contrario, cortaron por lo sano, y en lugar de procurarse el abrigo y amparo de la verdad, buscaron con ahínco y denuedo la eliminación del error. A la cabeza de tan gordiano nudo, el racionalista Descartes que recibió inspiración cartesiana para formular su moderno método de análisis: una verdad apodíctica, una verdad al alcance de todo espíritu pensante, independiente de toda tradición o autoridad, verdad clara e innata, una verdad que emerge en las procelosas aguas de la duda. Según este método del genio maligno, “el error no es una pura negación, o sea, no es la simple privación o carencia de una perfección que no me compete, sino la falta de un conocimiento que de algún modo yo debería poseer”. Más claro imposible, mi querido señor Montoro, el error nace necesariamente cuando se hace intervenir la voluntad en el proceso o acto de juzgar. Error y pecado son -y sigue hablando Descartes-, cuando menos, primos y cercanos, de primera generación como quien dice y, si me apuran, con un largo historial de azulada endogamia.

Y si bien pueden no gustarles estas corrientes metafísicas sobre el error, no se preocupen, tengo más y no son mías. Otra solución o vía sostiene que no hay una verdad, sino verdades, y el error sobrevendría como realidad inacabada. Solo el hombre, hecho de inteligencia y voluntad (ay, y de memoria) comete errores. Queda, pues, demostrado que el principio metafísico del error es la libertad; libertad que, a su vez, es el principio metafísico de la eliminación de dicho error (o trece) y la obtención de la verdad.

Elija la que más le convenga, señor ministro, pero yo que usted miraría un poco más por la verdad que se esconde (siendo infanta) y un poco menos por el error ajeno, cuando es tan próximo.

P.D.: Curiosamente, y hablando de errores, se coló uno intencionado en la crónica anterior por ver si el lector avezado y único lo descubría. Me da que sí. Saludos y VALE

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A prueba de errores

De hombres es errar, y del diablo es perseverar

Por aquello de la actualidad (tan legítima como efímera, un ya no soy y no quepo), el error, al que tantas veces apelaba nuestro ministro de Economía, ha hecho su agosto con las bromas y de veras del vulgo y los medios. Hasta 13 errores en tiempo récord que, según esta especie de relojero suizo con voz en falsete y devenido en trujamán de dineros públicos y privados, han cometido los hábiles inspectores de la Hacienda somos todos.

Que errar es humano, lo sabe desde primaria la muchachada traviesa y engolfada, pero lo que no sabrá tan seguro es que, en palabras del médico italiano Augusto Murri, “la más eficaz profilaxis del error es la crítica” (leer entrada anterior). Considerada como “la dote más fundamental del espíritu”, la crítica puede corregir las nocivas inclinaciones de la mente humana y su perversa manipulación de las intenciones y de los fines.

No obstante, conviene que sepamos a qué nos referimos cuando excusamos o lamentamos el error, y tratándose de trece, cifra por lo demás incómoda, es inevitable preguntarse si realmente lo que el señor Montoro quiso decir es incompetencia o negligencia o torpeza, olvido o interés, descuido o vaya usted a saber de tanto que hay.

Partamos de la más simple de las acepciones que el Diccionario nos da sobre el vocablo error: “concepto equivocado o juicio falso” (por ejemplo, la idea que en su día se tuvo y se defendió con uñas y dientes, y sangre de muchos, de que si flota era bruja). La segunda se concentra más en la acción, calificándola de “desacertada y equivocada” (por aquí van los tiros de Montoro… pero no se me infle tan pronto señor ministro). Por otra parte, no añade mucho a la primera, puesto que es lógico pensar que quien tiene un concepto equivocado o juicio falso sobre algo (el que creía como axioma que la bruja lo era en tanto flotaba; la que no, simplemente, se hundía y expiraba en gracia), acabe actuando de una forma equivocada o desacertada (es decir, elija a cualquiera de entre el montón de aspecto sospechoso y lo meta a empellones en un barril para demostrar la inapelable verdad de que “un cuerpo total o parcialmente sumergido en un fluido en reposo, recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja”… la bruja). Lo de “cosa hecha erradamente” no es que sea el paradigma de la imaginación ni nos sirve de mucho para el caso que nos ocupa, pero sí que hay o se conserva una definición de error que puede que nos ayude a esclarecer el misterioso caso de los trece errores (en latín ya se referían al caballo de Troya como latet error y el significado de trampa oculta). Dicha definición, ya antigua y en Autoridades y Covarrubias, habla de “culpa, defecto, falta y, a veces, engaño en el obrar”. No se me alarme, señor Montoro, que todo tiene su explicación, aunque sea errática.

Del latín error-oris, los romanos utilizaban este concepto con la idea más concreta de “desviación, extravío o vagabundeo”; de ahí, lo de errabundo (como el Melmoth del inglés Maturin), errático (como el aire del elegante y marino Pessoa), errátil (¡quién pudiera serlo!), errante (como el holandés y su leyenda) o aberrante (que se aparta de la norma o uso). Y, ya que estamos sobre material escrito, también se nos da la posibilidad de la errata, aunque me temo que estos lapsus linguae o calami no son los apropiados (errados o erróneos, por ello) para aclarar el enigma de la infanta y las trece (impropias) propiedades.

Dejamos a un lado la siempre locuaz por extensa jerga de los abogados que nos habla de error procesal o de justicia sobre vicios del consentimiento y equivocaciones de buena fe, aunque sí fijaremos la atención en la última de las acepciones que nos da la semántica física y matemática: “diferencia entre el valor calculado y el real”. No hace falta que les diga, señor ministro y fieles sabuesos de la renta, que si no se calcula bien, se marra el tiro y se incurre en yerro (“Descuido, error o inadvertencia cometidos por persona discreta o perita y que por consiguiente suele ser de más trascendencia, en especial si de ellos se sigue algún daño o provecho para otra persona, como en las cuentas y cálculos”). Es el yerro del entendido o sapientis error y es tanto lo que se espera de ellos que la decepción y la desconfianza sobrevienen a la menor falta.

Sin embargo, y para que conste, es de ley, aunque sea cortesana, perdonar los yerros, siempre que el errado no se mantenga en sus trece (¡era de cajón, señor ministro!), y el error o yerro se deshagan o enmienden. Pues quien persevera en el error es un necio, pero quien lo explica o justifica  suele ser ministro. VALE

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De la importancia de llamarse crisis

Querido Ernesto:

Aquello que con tanta dificultad y talante, y tirando de sinónimos, algunos evitaban llamarlo crisis, y otros, la veían en el tímido temblor de una hoja de acacia o en la mirada acuosa del borracho de barra y esquina, es, en verdad, una excelente oportunidad para hablar sin tapujos de lo que cada cierto tiempo ocurre sin que podamos evitarlo y que forma parte de la inseguridad ontológica del hombre, un tipo que en sí mismo es la viva imagen del problema, pero también de su solución.

El sentido originario de crisis es juicio; sentido, por otra parte, romano, pues los griegos, muy suyos con esto de decir lo que se piensa pensando lo que se dice, le daban a esta palabra, krisis, el muy notorio significado de “elección” o, en el peor de los casos, “decisión final sobre un proceso”. Hacían derivar este término del verbo krinein, “separar, juzgar, decidir”, con lo que formaron un árbol semántico de ramificaciones exuberantes y frondosas copas: crítico, criterio, criticón. Tanto es así que crisis ha viajado hasta nuestros días con un equipaje digno de emperadores y una cohorte de fámulos y ganimedes tan solícitos como relumbrones. Lo mismo nos sirve para señalar el “cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para bien o para peor” o la “mutación clave en el desarrollo de determinados procesos, históricos, sociales, personales y espirituales”. No contentos con tan variadas posibilidades, el siempre actual diccionario patrio le atribuye, además, valor de “carestía o escasez” en los medios o en los fines, y ya rozando la economía lingüística, “situación complicada que necesita de examen minucioso”, y quién sabe si de autopsia. Incluye, asimismo, una particular crisis ministerial con objeto de aclararnos a los bien pensantes y bien hablados ciudadanos de a pie todos los lunes al sol que puede darse la circunstancia de que “uno o varios individuos de un determinado ministerio presenten la dimisión de sus cargos hasta que se nombren sus sustitutos”. Como suele decir el vulgo, “no caerá esa breva”, y esta acepción bien puede pasar por fantasma en estos tiempos en que para dimitir hace falta el consenso de una conciencia limpia, una inteligencia humilde y las manos irreprochables.

La Wikipedia, en su afán de abarcar lo insondable, nos remite a la abundante ciencia de las categorías, no dejando títere con cabeza, o, en este caso que nos ocupa, crisis sin disciplina. Así podemos hablar de crisis de subsistencia, de demanda (a saber qué es eso), de suministros, de las puntocom, de vocaciones religiosas, diplomáticas e, incluso, de paradigma. No obstante lo dicho, toda crisis resuelve una situación, pero para entrar en otra nueva y con nuevos problemas que los trae de suyo. Es, por tanto, una fase peligrosa en que lo mismo se derrumba el suelo a tus pies que se abre una brecha en el horizonte por donde mirar el abismo. No sé ustedes, pero al parecer de muchos que fueron, la vida, por definición, está siempre en crisis, y forjada de puntos críticos, y ya se mire al pasado histórico para hurgar en heridas y traumas antiguos (magistrae vitae), o en este presente ambiguo que desorienta, del que se desconfía o se desespera, nos las vemos y nos las deseamos para ir saliendo del paso, como quien dice, pues no otra cosa puede hacer el hombre, en estado permanente de crisis, que intentar resolverla con todos los medios a su alcance. Paradoja filosófica por excelencia: el hombre se afana, corre y se desgañita para dejar de afanarse, correr y desgañitarse y así ad nauseam. Las crisis (ahora ya sí en merecido plural) ponderan nuestros esfuerzos de invención y creatividad, al tiempo que lo hacen con nuestras jeremiadas y rendiciones; ensalzan la inteligencia e imaginación y nuestra natural semejanza y cercanía con el fruto prohibido del conocimiento, así como ponen en entredicho y, más de una vez, en cuarentena, la dignidad y esplendor de los pequeños y efímeros dioses de alberca y  fanfarria.

Me van a permitir una digresión médico-filosófica, al hilo de una lectura muy recomendable del maestro Leonardo Polo, Quién es el hombre. Un espíritu en el tiempo (Ediciones Rialp, Madrid, 2007). Dada la condición de enfermo crítico del hombre y su natural tendencia a salvarse de dicha enfermedad, nos topamos con el conocido trilema hiatrogénico (basado en un “acto médico dañino” por el que el paciente no lo recupera ni el mismo Rafael) que parte de tres presupuestos o alternativas: la primera parte del problema nos dice que el enfermo no pone nada de su parte, puesto que queda demostrada su ineficacia para encontrar la solución, y ha de recurrir a la notable pericia de la ciencia médica, del tratamiento y del médico. Galeno y sus muchachos al servicio del doliente. La segunda parte nos habla de la accidentalidad o externalidad del concurso médico, puesto que quien ha de sanar es el enfermo. Se correspondería, según Polo, con la escuela de Hipócrates, el del juramento y la serpiente enroscada, cuya intervención se limita al consejo o la advertencia y, en cualquier caso, la observancia de los ciclos de la enfermedad. Y la tercera y última parte del problema nos lanza una de esas aseveraciones que nos dejan con la boca abierta de par en par como las ventanas al final de primavera: “entre estar enfermo y estar sano es mejor estar sano”. Pero como no sabemos qué es la salud, porque nadie ha habido sano, estamos hablando de solución utópica o deseable en un futuro más o menos posible. Es la postura del psicoanálisis que procura hacer desaparecer lo que provoca la enfermedad. Sería algo así como un guión de Woody Allen.

De la primera parte descrita podemos sacar una conclusión política nefasta: los totalitarismos, ya que solo el médico, es decir, el Estado, puede poner remedio a tanto dolor. Lo malo del totalitarismo es que, como la propia enfermedad, se niega a desaparecer, con lo que tendremos, posiblemente, dos tipos de problema, como el que bebe para olvidar.

De la segunda se desprende un tufillo a liberalismo; y digo tufillo a sabiendas de que suena a peyorativo, pero qué quieren que les diga, en este liberalismo, unos se curan y otros no, y la convivencia entre sanos y enfermos se hace insoportable, ya que, en ocasiones, los que se curan lo hacen a costa del que sigue retorciéndose en sus miasmas y hedores. La ley de la selva, nos recuerda Polo, que nos lleva irremediablemente al determinismo social donde unos se apropian del éxito y su idea, y los otros viven, malviven, de las migajas que dejan después del banquete los patricios y sus retóricas.

Y la tercera opción postula que todas las sociedades han estado enfermas y que, por tanto, su curación solo se da en el futuro: la corriente utópica de nuestros sueños y necesidades a medio satisfacer. Dice Polo con sabiduría sencilla: “Si no sabemos qué es estar sano, tampoco sabemos cómo llegar a estarlo”. Es una esperanza tan hueca como querer salir de la crisis de hoy a base de marianos y rubalcabas.

No hay remedio, concluye Polo (y créanme que el libro al que les emplazo es mucho más que este axioma de abuela a la que el puchero se le pudre), a la vista de que ciertas enfermedades sociales no tienen curación, como la crisis. Apenas nos queda el recurso de la supervivencia, cuya aspiración más elevada es la de cumplir con el día de hoy como mejor se pueda. Un mediano pasar, un tímido aventurarse al sol que más calienta, una resignación al débil borde de la apariencia.

Pero no, y mil veces no. La importancia de llamarse crisis radica, precisamente, en que el hombre es un “ser sintético” y, por tanto, no hay problema que no pueda solucionarse. “El hombre es el resultado de sí mismo” y, en palabras de Hegel (ese oscuro filósofo que ha dado de comer a tantos otros), “la existencia del hombre es el despliegue de todas sus potencialidades”, y no un despliegue inconexo, sino convergente en el que todo se va reuniendo hasta hallar la solución. Un problema adyacente a la crisis es dejar que nuestras potencialidades se anquilosen en el sofá ante el mediocre espectáculo de una realidad falsa y gritona, y poner en manos de unos pocos, altivos y de eminencias pasajeras, todo ese potencial, invertido, vaya por Dios, en salvaciones parciales, doctrinas confusas y amenazadoras, utilitarismo rancio y pragmatismo intelectual del mejor postor, huida al estoicismo o al peor de los pesimismos, y, cómo no, y que no falten, la profusión de consolaciones de mercadillo y guías de descarriados.

Querido y desconsolado Ernesto: parafraseando al siempre intuitivo Nietzsche “la vida está hecha de escaleras y columnas, también de rellanos, que se suben y bajan una y otra vez”. Y, como en los dibujos imposibles del maestro holandés Escher, aunque parezcan intransitables, están llenos de caminos, siendo uno solo, y es tarea irrenunciable del hombre recorrerlos todos hasta llegar a la verdad, que es el valor supremo de toda libertad en acción. Sea, pues, considerada la crisis no como un acontecimiento fatal, sino como lo que es: una tarea y una oportunidad.

VALE

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El alma de la hipoteca

La historia de este vocablo se remonta al siglo I antes de Cristo, y desde entonces hasta nuestra fecha, tal parece ser el destino del hombre: la hipoteca. Pues no teniendo suficiente hoy para obtener un bien y gozarlo, qué otra cosa más inteligente que poner en prenda lo que ya se tiene y ofrecerlo a quien tiene ya demasiado. Esta lógica capitalista, retorcida y sagaz como rabo de Asmodeo, hace que lo que en principio parecía un vergel, lo que uno tiene, ya sea casa, ahorros o la misma alma, se convierta por arte de ensalmo en algo insignificante y mediocre en comparación con lo que puede tener, otra casa, más dineros y un alma, quizá, rejuvenecida por la fuente de la eterna discordia. Hemos pasado de tener ya algo a pequeña escala de Jacob a la posibilidad de tener más de lo mismo a escala de Nemrod. Ahora se entienden mejor las palabras viejas de todas las madres: “niño, para de una vez que estas más guapo”.

La economía es una ciencia diabólica que se nutre de la pretensión, la volubilidad e inconsistencia de nuestros propios afanes y el natural inconformismo, por no hablar de franca avaricia o acaso sea solo gana de mejorar estando bien o, simplemente, que el hombre no sabe estarse quieto. Lo digo con el corazón en un puño, a 130 pulsaciones por minuto y sin interés… por qué, díganme ustedes, en qué cabeza cabe hipotecar hasta la colección de sellos del abuelo por conseguir algo que puede no te pertenezca jamás. Por cierto, la colección de sellos la tiene el banco, el mayor coleccionista de hipotecas.

Siendo de origen romano, es palabra griega, y tratándose de hipotecas, qué mejor que un préstamo lingüístico. El Imperio, que tenía de todo, no sabía cómo llamar a este acto de garantizar un préstamo sin prenda que valga, como sí lo tenía para pignoración (pignus-pignoris, con el significado de “prenda” o “garantía”) o empeño (dejar un bien como señal a cambio de otro mayor o con carácter de inminencia). Los griegos, que ya no tenían de casi nada, al menos en propiedad exclusiva, se dedicaron a prestárselo al mundo como bienes en excelencia a cambio de que las generaciones venideras les nombráramos hasta en la sopa (término, por lo demás, germano). Así, los helenos, de armas tomar, amén de otras sutilezas, tenían para el acto de poner un bien como garantía que sigue temporalmente en manos del deudor, pero que si éste no devuelve lo adeudado según previo acuerdo, deberá pasar a manos del acreedor, una palabra compuesta que designaba, precisamente, a la hipoteca. Con el prefijo hypo- (“debajo de”) y el sustantivo theke (“caja, bolsa, depósito, colección de cosas depositadas”), los griegos utilizaban un recurso oral para comunicar la idea y concepto de “cimiento o fundamento”, es decir, “lo que está colocado debajo” en letra pequeña, que diríamos hoy, con la boca muy grande y los ojos como platos. Luego, con esos cambios propios de la historia en su devenir, hipoteca serviría para definir la prenda sin prenda que sustenta y apoya y fundamenta la garantía de préstamo. Esta “presunta” prenda no era otra cosa que la promesa de responder con ello ante un eventual impago, cosa, por lo pronto, menos eventual de lo que a primera vista parece, si por eventual entendemos anecdótico, casual e, incluso, raro. No es extraño que las entidades bancarias de todo signo y condición, pasando por otros nombres menos formales y protocolarios, se prenden de tales promesas con la garantía, cada vez más usual, de quedarse con la prenda.

Palabras formadas con esta raíz griega son hipócrita (actor teatral que, por lo bajini, critica cuanto se mueve, y que finge y exagera con gestos apasionados las bondades de sus tratos y comercios, y que se corresponde más con la figura de quien acepta la hipoteca) e hipocondríaco (región del abdomen por debajo de las costillas, que tienen cartílago, es decir, khondrion; y de ahí, los enfermos imaginarios que tienden a tocarse esa parte del cuerpo cuando se figuran sus padecimientos y avemarías, y que se corresponde, al menos a largo plazo, ya que estamos con hipotecas, con la imagen que quedará del solicitante de la susodicha). No debemos confundir esta raíz etimológica con la del prefijo hippo-, que significa “caballo” y que contiene palabras como hipocampo  o hipopótamo, y creo que ya tenemos suficiente para saber qué se esconde debajo de tanta promesa y crédito (palabras, curiosamente, que solo tienen sentido en una dimensión de fe y esperanza). La hipoteca, por tanto, nos aporta ese sello nutricio y genuino del espíritu humano que lo quiere todo ya, aunque le cueste toda la vida de después. En ese sentido, y solo en ese sentido, podemos o empezamos a entender que el obsequio de la vida eterna, por ejemplo, se haga esperar el resto de la vida material: lo que se hipoteca es el alma que, para bien o para mal, queda como en suspenso a la espera del juicio final. La prenda pignorada, de resultas del trato con la propia vida, en su desgaste y deterioro auténticos, no es otra cosa, y vaya con la mentada, que el alma fragmentada de pequeñas hipotecas. Más nos valdría pensarnos dos veces lo que queremos y necesitamos, o deseamos y anhelamos, teniendo ya lo único con lo que, a fin de cuentas, contamos y vale la pena.

En desuso ya, por la poca gracia que tiene, queda la exclamación irónica de ¡buena o brava hipoteca! con que se pretendía indicar a la persona o cosa despreciable y poco digna de confianza; y si aún tenemos dudas de qué hacer con lo que ya poseemos, el verbo del que emana el sustantivo, hipotecar, tiene en su segunda acepción, en la versión del DRAE de 2001, la característica peculiar semántica de “poner en peligro una cosa con alguna acción”.  No dice cuál, pero todos a estas alturas de los tipos de interés, el TAE, el precio y la tasación del bien hipotecado, sabemos de qué acción se trata. Vade retro hypotheca o, en latín de cartel y aviso, Cave hypothecam, o, ya que andamos con los humos subidos, Habemus hypothecam. Cada cual elija la que mejor le convenga y no olvide que, haga lo que haga, o hiciere o lo que hiciere, solo tenemos este día por delante para hipotecar el de mañana. Con Dios y VALE.

 

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De desahucios y otras ruinas cotidianas

La cantidad enorme de dinero que cuesta ser pobre (César Vallejo)

   De formación romance con el prefijo des- (del latín dis-) y que indica inversión de una acción (como en “deshumanizar”, que para el caso, viene que ni pintado), y el verbo en desuso (ahí tienen otro) -por arcaico y difícil de pronunciar- afuciar, formado, a su vez, con el prefijo a- (del latín ad-) y el verbo latino fiduciare (con la “f” ya aspirada) y con el significado de “dar una confianza, avalar o garantizar”, desahuciar es, por tanto, quitar toda confianza (la hucia o huzia, que ya encontramos en Covarrubias), como a los enfermos terminales sin posibilidad de recuperación, o la que se retira a un inquilino después de no valer ni la fianza, produciéndose así el comúnmente llamado desahucio, que tantos quebraderos de cabeza y otros órganos está dando a gobierno, bancos y personas jurídicas varias, todos ellos con techo, aunque no todos con la misma con-fianza, vaya por Dios.

   Comparten, pues, todos estos palabros la raíz latina del verbo fidere (tener o inspirar confianza), como en confiar, fiar (lo que se hacía en los bares mañana), fidelidad (a una marca de whiskey, por ejemplo), fiel o fidedigno (digno de fe), e, incluso, federal, federación o confederado (como el ejército de la Unión) pero que, en el caso de los desahucios, hay que añadirle ese molesto prefijo que lo quita todo, hasta la fe y la esperanza que una vez tuvo. La voz “desahucio” es fea hasta decir basta: suena a insulto, y al paso que vamos con más de 400.000 familias pendientes de sentencia o ya con ella a cuestas, en lugar de “estar desahuciado” se empleará el verbo “ser” que define y también sentencia: “ser (un) desahuciado”, probablemente con la terminación en “ao”, que es más chulesca; y todo ello dicho con el mayor de los respetos hacia quienes sufren tan lamentable pérdida.

   Ahondado un pelín más en los diferentes significados que este término ha tenido y aún conserva en los diccionarios (desde el de Autoridades a la edición más actual que yo mismo utilizo de 2001), resulta que desahucio también indica el despido o desalojo del ganado. Entresacado de la ley mesteña, esta dispectio otorgaba a los dueños de las dehesas, a los ganaderos y sus mayorales, potestad para desahuciar y despedir (de ahí la acotación que acompaña a la definición, Gregum è pascuis dimissio, dispectio, “el acto de despedir el ganado, o desahuciarle”) a las manadas que pastaban en sus dominios o aparcerías para utilizarlos en provecho propio. Por tanto, esta figura jurídica se remonta a La Mesta y, en cualquiera de los casos, hace referencia siempre a la propiedad de uno, el amo, que utiliza durante un tiempo otro que no lo es, y que una vez terminado el plazo permite al primero echar al segundo, desahuciarle, rompiendo así toda vinculación entre arrendador y arrendatario. El concepto de propiedad privada es históricamente muy tenaz, y no viene al caso hablar de Derecho Romano y otras menudencias jurídicas, pero lo cierto es que sobre la base de este concepto oscila la amenaza o la certeza de un desahucio.

   Según he podido averiguar, desahuciar procede de otro verbo latino, este de carácter militar y jurídico (como no podía ser de otra forma), deicio, con el significado de “desalojar” y “expulsar, arrojar, lanzar o desposeer de una propiedad”. Y, en medicina, con el sustantivo alvus, “evacuar el vientre”. En cualquier caso, conserva o remite a campos semánticos que tienen que ver con algo que fue y ya no es, o algo que se tuvo y no se retuvo.

   Sea cual sea su origen o el que elijamos, el desahucio implica la pérdida de la confianza inicial y que dio pie al contrato de arrendamiento o compra o uso y disfrute de la cosa arrendada (¡caray con la jerga!) y la pérdida, asimismo, de toda esperanza de que vuelva en los mismos términos. Así que, sin confianza y sin esperanza, el desahuciado se las ve y se las desea para seguir adelante en un entorno hostil de aúpa, con una crisis económica del siete por delante y otra del ocho por detrás. Porque una cosa es que te quedes sin casa por no pagar lo que vale (lo que vale más los intereses y gastos varios), y otra que te quedes, además, sin trabajo y sin posibilidad de acceder a los derechos sobre los que se sustentan las garantías de un Estado, por lo demás, insuficiente. Normal, entonces, que si te echan a la calle es allí donde grites, patalees y hagas de tus necesidades virtud.

   Resumiendo, que es gerundio, un desahucio, te venga de donde te venga, es de una contundencia y rotundidad muy cercana al destierro o al entierro, según se mire, y crea en torno de sí una perplejidad rayana en la desesperación.

   De esta realidad cotidiana para muchas personas en España, podemos, simplemente, concluir que es más ruindad que ruina, siendo ambas, y en algunos casos, usura más que uso o usufructo de una propiedad a la que le han salido alas en forma de cuotas, intereses y embargos (palabra curiosa de la que trataré en otra entrada). Pero de una cosa podemos estar seguros y es que el tal desahucio, siendo como es posibilidad jurídica y, casi siempre, adversa al pobre que no vive para sustos, también podría servirnos, tratándose de confianza dada y perdida, para desalojar, expulsar, echar o despedir a quienes abusan de continuo de ella. Lograríamos, así, convertir el desahucio en una ventaja democrática y una victoria de los humildes, que apenas son enaltecidos cuanto más bajo caen como las torres descolladas. Pues si estos no pueden pagar sus hipotecas o sus varias deudas, cada vez más desmedidas o desmesuradas, y han de abandonar toda esperanza (la huzia del principio), ¿por qué no ha de ocurrirles lo mismo a esos aprovechados e infructuosos que, con tantas oportunidades como recursos, prometen y presagian (prodigios de nuestra época), y no devuelven lo que les fue dado en confianza (la misma huzia de antes)?

No nos vendría mal, a estas alturas de guión, hacernos preguntas más adecuadas a la situación que vivimos, aunque la respuesta no sea del agrado de los que suelen hacerlas y darlas. Porque, como nos dejó escrito el trastornado Dylan Thomas, “… grande es la mano que domina al hombre / tan solo por haber garabateado un nombre”.

 

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El escrache en mosaico

Quot servit tot hostes (“Tantos siervos, tantos enemigos”. Séneca)
 

            Si nos atenemos a la definición, procedente del lunfardo argentino, el escrache, como tal, es la acción directa y consecuente de “romper, destruir y aplastar” y en menor medida, por su exclusivo ámbito artístico, de “fotografiar a una persona”. Hasta ahí lo que podemos entresacar de este palabro tan feo y pertinaz y cuyas ramificaciones lingüísticas nos llevan, incluso, hasta la lengua lemosina de la occitana y trovadora Cataluña, con el significado de “pelar, descascarillar”, y, ya puestos, en locución verbal, “proferir oprobios, reprochar con malos modos”. Tirando del hilo, escrachar también se propone como destreza para “escupir, hacer burla o escarnio”, sin olvidarnos de la más medieval, sobre variaciones francesas, de “estar cabreado o enrabietado”. No obstante lo dicho, los anglosajones, tan suyos en materia de imperialismo lingüístico, reclaman su señorío sobre el verbo to scratch con el significado de “rasgar, rasguñar o rayar” (muy usado entre estafadores y reñidores), con lo que nos queda un variopinto mosaico semántico. La tesela más actual de este mosaico es la que nos viene de la jerga callejera y activista: “protesta pacífica de un grupo de ciudadanos cabreados,  cuyas denuncias suelen exponerse ante los domicilios o lugares de trabajo de los que consideran responsables de su cabreo y de la situación insostenible del país. Añádase a la indignación provocada por el abuso de los que hacen política y números, la que ellos asimismo provocan en los mismos que la motivaron”. Toda una señora pescadilla que se muerde la cola y otros atributos.

Tan polémico significado hunde sus raíces en otros movimientos históricos y creo que sería suficiente con estos datos para hacernos una idea bastante precisa de por qué este término está haciendo su agosto todo el año en los medios de comunicación que, precisos como son y tan serviciales, lo han puesto de moda y en rondalla convirtiendo algo tan pampero en castellano de andar por casa y calles. Ya el vocablo tiene resonancias y reverberos a mala leche y fargallón con un punto de puñetero y picaresca: “Te voy a aventar y a escrachar la jeta, tonto a las tres”. Pero la historia nos cuenta algo más de esta criatura social  arraigada y nutrida en la entraña misma de la desproporción y la injusticia.

Después de la II Guerra Mundial, y ya vencidos y arrinconados los alemanes, algunos nazis escaparon con sus tesoros y prestigios y secretos a otras tierras o en la propia con vidas y fachadas falsas, poniendo a buen recaudo y en polvorosa sus excesos y desmanes. Sin embargo, activistas incansables como los germanos Beate Auguste Klarsfeld y su marido, Serge Klarsfeld, entre otros muchos, lograron cercarles y poner una luz sobre los historiales casi inmaculados de estos genocidas impunes. Empezaron así una técnica de “acoso y derribo” a estos tipejos con gas en la sangre y denunciaron a las claras su pasado asesino y destructor. Las campañas de desprestigio consistían en reunir a un grupo de personas con pancartas y letreros en los domicilios o en los trayectos cotidianos de estos criminales y donde exponían el motivo de su denuncia. Andando el tiempo, que casi siempre hace justicia, estos intimidatorios escraches a la europea cruzaron el charco atlántico y aposentaron sus sacros y enrojecidos culos en el sur de América Latina. En concreto, en la Argentina y el Uruguay, haciéndose un hueco en la siempre especial idiosincrasia  de estos países hermanos y dándole a los escraches una más pintoresca y escandalosa personalidad. Así, tras los años más duros de la dictadura militar argentina, con miles de desaparecidos y ausentes, un grupo de ciudadanos empezó a escrachar cerca de las ostentosas residencias de exaltos cargos del régimen acusándoles de los abusos perpetrados durante su ejercicio. Luego, con la desigual fortuna que traen estos intentos de verdad al aire, el escrache se desarrolló en un clima más ordenado y democrático poniendo de manifiesto la desigualdad socioeconómica y la corrupción de la clase dirigente, responsable, cuando menos, de la degradación constante de la sólida idea del bien común sobre la que se sustenta el estado del bienestar y las sociedades equilibradas.

En ambos casos, más allá de consideraciones morales y políticas que se desprenden de los güelfos y gibelinos de toda la vida, el escrache es una manifestación pacífica subida de tono que pretende poner en jaque o en solfa la desconsideración, indiferencia o franco cachondeo de la clase política, acostumbrada como está desde hace ya demasiado a vivir del rigor de un sistema que les protege y ampara y, sobre todo, les perpetúa. Es un fenómeno social, incómodo y caótico, presuroso y antipático, nacido de la disensión y el inconformismo, pero capaz de crear el suficiente debate como para preguntarnos por qué, entre tanto incapaz e inútil como los hay arriba viviendo del cuento y la rueda de prensa falaz y gratuita, los de abajo, viviendo de lo que nos ponen o nos dejan, seguimos haciendo lo mismo con los mismos resultados. [El arrebato me viene de las nuevas cifras de la EPA y el escandaloso por trágico 27% de la población activa desempleada... ¡Qué país puede sostenerse con estos datos más los que se esconden, se ignoran o se desvirtúan!]

Haya perdido o no buena parte de su raíz ideológica, estas denuncias a pie de calle en contra de personas acusadas de violaciones a los derechos humanos, de corrupción o de incompetencia, mediante sentadas, cánticos o pintadas, frente al domicilio particular o en lugares públicos, representan, en gran medida, la impotencia y la derrota de la soberanía popular, harta de que su voz solo pueda oírse a través del cristal de una urna, y que una vez oída y contada apenas sirva para prolongar la agonía. De ahí, urna funeraria donde reposan los restos de tantos que fueron, son y serán. La vida es un fue, un será y un es cansado, con permiso de Quevedo, a quien recurro, he recurrido y recurriré por ser maestro de difuntos.

No son muchos, la verdad. Apenas una bandada de gurriatos concentrados y sonajas, en pequeño escracho, en los dominios de urracas y grajos y demás córvidos verborreicos y tragantones. Desordenados y en corrala, parecen románticos tísicos pidiendo una celda en el pabellón de reposo, con la soflama subiéndoseles al rostro cada vez que irrumpe la sordera o la sordina, o el rotundo silencio que rebota en los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados.

La simpatía que siento desde mi cómoda tribuna por todos estos movimientos de estertor combativo tiene mucho que ver con la antipatía que me despiertan, desde siempre, la condescendencia de los virtuosos con parlamento y la mezquindad de los pitagóricos que celebran la salida del sol con pentagramas y ábacos. Es lo que en sociología se conoce con el concepto de capital simbólico, y que se refiere al consenso social en determinado campo, haciendo que de entre los muchos y variados fenómenos cotidianos (literarios, pictóricos o, puramente, ciudadanos) unos sean considerados naturales y dignos de valor y otros no. Este concepto que ya manejara Ortega und Gasset y su discípulo predilecto, Julián Marías, y más tarde aclarado y ampliado por el estructuralista francés Pierre Bourdieu, convierte en valiosa e imprescindible una serie televisiva como Game of Thrones e inadvertida y elitista a The Wire, o, entrando en la materia que nos ocupa, hace que las declaraciones de un grupo de intelectuales mullidos y alfombrados prevalezcan sobre otras de un grupo más reducido y soliviantado. Así, sobre estos escraches malhadados y la denuncia sobre los desahucios que los acompaña, surgen las plataformas de afectados (ya hablaremos en la próxima entrada de todo lo que trae consigo un desahucio) con un discurso previsible, y que, en términos de capital simbólico, es poco menos que una china en el zapato; y, del otro lado, brotan las voces de los demócratas de toda la vida de Dios, incluso antes del Diluvio, con su bien cortado discurso a la medida de las circunstancias y bolsillos que, en términos del mismo capital antes descrito, es moneda de cambio (al cambio actual, se supone) para la argumentación sociopolítica. Díganme qué futuro puede tener cualquier movimiento social con traje de anarquista y antisistema, incendiario de media mecha y un punto salvaje, sea cual fuere su reivindicación, en esta bien armada y de corte inglés democracia, que dicta sentencias y condenas con mano ancha cuando se le inoportuna con bagatelas como las más de 400.000 familias que no tienen donde caerse muertos. Lo dicho, capital simbólico que les succiona hasta absorberlos y dejarlos en corito, mientras los tertulianos y demás gerifaltes a sueldo cobran por apelar a la educación y a la cortesía cívica.

Parece mentira que a los ciudadanos nos quede el derecho de pataleta como único y último recurso, casi bastión, para defender nuestro escrachado día a día, que apenas contemos con más armas que la pancarta, el silbato, la lágrima a mares, Teresa, los crecepelos mágicos y la esbornia (otra voz lunfarda) a la vuelta de la esquina, donde lo venden tinto y a duro. A los otros, a los otros (¡vaya por Dios, ya estamos divididos otra vez!) les queda lo mismo pero pagándoselo ellos mismos con el sudor y espalda de cada día, con casa, nómina y un Gran Hermano que vela por todos nosotros hasta el día de nuestra muerte. Amén.

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En estado de corrupción

… y mi carne descansa serena.

Porque no me entregarás a la muerte,

Ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

[Salmo 15. El Señor es el lote de mi heredad]

Corrupción: (Del latín corruptio-onis; formado a partir del verbo corrumpere ‘corromper, compuesto por el prefijo co ‘en común, conjuntamente’ y rumpere ‘romper’. Con lo que nos quedaría una definición al uso bastante lapidaria y contundente: dícese de la habilidad para juntarse de algunos (unos pocos bastan, si bien suelen ser muchos) con objeto de romper con las prácticas deseables).

Veamos lo que el DRAE, así como otros diccionarios, nos dicen:

1. f. Acción y efecto de corromper.

2. f. Alteración o vicio en un libro o escrito.

3. f. Vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de costumbres, de voces.

4. f. Derecho. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.

Dejando a un lado el hecho anecdótico de que antiguamente se referían a ella, la corrupción, con el término diarrea, que tan ingratos recuerdos nos trae de la flojera de vientre o soltura de andorga, voy a concentrarme en la última de las acepciones que el diccionario de la RAE da a este vicio en las costumbres del que Cicerón en sus Catilinarias (O tempora, o mores!) condena por pérfido y nefando, y que por no servir, no sirve ni como insulto.

Lo mires por donde lo mires, lo corrupto no escapa a las ideas de vicio consumado o abuso o alteración de algo o alguien para provecho propio o ajeno. Algo que se corrompe, ya no se puede salvar: está infectado y contaminado, roto por fuera y por dentro. Hay que dejar que se pudra y muera, y ponerlo en una sabia y prudente cuarentena para que no contagie al resto, como la manzana podrida del cesto (perdón por el ripio ingenuo e imprevisto). Y, sin embargo, la historia, la de antaño, y la de hogaño, nos confirman que el quídam, antes de ser corrupto, fue corruptible, y luego de serlo, se hace corruptor, dejando tras de sí una estela de putrefacción y corruptela que abarca personas e instituciones, leyes y tradiciones, pueblos y comunidades y deja la sensación de que no solo se corrompe el cuerpo, luego de haber servido, sino el alma toda del servicio al cual se encomendó. “Dañado, perverso y torcido” son los adjetivos que califican a la acción de corromperse, y de hacerlo sin remedio. Es tal el grado de infección cuando se la deja hacer (a la corrupción, se entiende) que apenas nos queda el paisaje desolado y devastado, medio en ruinas y vencido de la carroña al pie de un muladar. ¿Y qué es la carroña sino carne putrefacta y en estado de corrupción? Que se lo digan a los buitres, y que cada cual asigne a quien quiera la cualidad de carroña o de buitre, que la una se desgarra, y el otro se ceba en los deshechos.

La caterva de ladrones, podridos de dineros y regalías, que conforman la cleptocracia (término aún no aceptado por la Academia, por cierto, pero denle tiempo) se ha quedado a vivir en la ciudad, aun siendo forajidos (fuera del ejido y de la ley), y la gobierna con la poderosa y apestosa mano de la corrupción que alcanza, incluso, al o lo incorruptible. Herencia de la carne, la indulgencia o la indiferencia, el olvido o ese dejar pasar tan nuestro, de tan ruedo ibérico, son semillas esperpénticas de corrupción que germinan y contaminan, como el diente de león, al pasto donde reposan y deben hacerlo los sinceros (del latín sincerus, es decir, lo que no tiene cera, como la miel más pura), y son de suyo, intactos, naturales, y sin corromper. ¡Qué no decir del candidato, el indicado para un cargo o dignidad, y no el que se rasga sus blancas vestiduras sin tacha y se esconde bajo la ingenuidad de la excepción y acusa con el índice lo que bien tendrían que hacer los otros nueve de la mano! No es mayor el puñado que el puño, ni el abrazo que el brazo o, ya puestos, el surco que el curso, pero éstos no son dados, y aquéllos los hacemos. Y el mérito está siempre en lo que queda por hacer y no en dejar de hacerlo o dejar que lo hagan otros. Y, además, en palabras de Herman Melville, el de la gran ballena blanca, a su compatriota y colega en letras escarlatas Nathaniel Hawthorne en una carta, “¿Cuándo acabaremos de acontecer? Mientras nos quede algo por hacer, nada hemos hecho”. Pues, eso.

Esa nueva virtud de fingimiento y disimulo, que tan cara resulta a nuestros próceres y tan acreditada en nuestros días, no es sino otro de los vicios más comunes entre los gobernantes y mandamases que denota a las claras la cobardía y servilismo de sus intenciones cuando no su vileza y mediocridad. Como ya dejó escrito Montaigne en sus Ensayos, “Estando hechos a proferir falsas palabras, no les remuerde la conciencia si faltan a ellas”. Tanto es así que presenciamos todos los días el mismo espectáculo, entre falso y ridículo, en que unos defienden su honor con palabras huecas y los otros defienden sus palabras huecas con el honor por los suelos, y la casa sin barrer. Y mientras, hartos y perplejos, contemplamos cómo se desmorona la reputación del estado devenido en caverna sin más luz del que aguanta la vela: el pueblo, bastante desmejorado por cierto y pidiendo a gritos la cabeza de alguien, no para arrancársela (aunque parezca lo contrario por el confuso y rumboso vocerío) sino para que cargue sobre ella un peso que pueda llevar, y no hinque la rodilla ante el suntuoso paso de corceles con penacho y carruajes de oro, insignias y jarreteras, alfombras olímpicas o carteras con membretes. No somos más que ceremonia y necio orgullo, y doblamos las rodillas en lugar del espinazo y hacemos saludos sin razón y reverencias a sinvergüenzas, golfillos de medio pelo y chorizos embutidos en aromas rancios y pergañetas.

Queda, pues, demostrado, por vía lingüística (ciencia por lo demás virtuosa por veraz) que la corrupción, según la definición de arriba, necesita de muchos para asentarse y entronarse (todo queda en silla, aunque no siente cátedra) y romper con el orden y la ley. Los que se refugian en lo intrincado y complejo del sistema burocrático y judicial, la macroeconomía, la herencia reciente y ruedas de prensa previamente acordadas y sin recuerdo o en la palabra presunto (de la que ya hablaremos algún día)… deberían asumir que esa masa informe y cabreada que llamamos ciudadanía es más difícil de co-romper que los mayordomos de palacio, los secretarios y tesoreros, los correveidile y portavoces varios, yernos y demás familia al uso de tan desgastada. Pues si puto es el que de putas vive, parafraseando al faltón Quevedo (¡qué falta nos haría uno al menos!), corrupto es el que de corrupción se nutre e invita a su mesa a quien le sirve de espejo y excusa. Y ni “las prosas efímeras, reportajes volanderos, polémicas de relumbrón o monsergas demagógicas” (en palabras del grande y elegante cubano Carpentier) podrán ocultar ni remediar el nepotismo, el arribismo, el amiguismo y el reumatismo de este estado del bienestar de pacotilla y en estado permanente de confusión y crispación. Estado, por lo demás, en que el dinero se hace, se tiene, se acumula, se gana, se invierte, se esconde y atesora, se evade o transfiere o se juega, se pierde, se esnifa y vuela y, finalmente, cuando queda poco, se habla, y mucho, de él. Menos compartir, repartir o distribuir, el dinero sigue siendo aquel poderoso caballero de desgastada armadura, que regresa de Cruzadas, con el rostro de dos caras desencajado y enjuto, ante el que ricos y pobres se inclinan: unos por adoración, y los otros, los que quedan, para agacharse a recogerlo y verlo de cerca. Y vuelta a empezar, en esta espiral de lujuria y avaricia con que el poder y los dineros corrompen, enculan y emasculan.

Es cierto que no se vence a la corrupción con palabras, pero, al menos, podemos acudir a ellas para saber contra qué luchamos o pretendemos condenar. Que las palabras también se corrompen, nos lo deja claro la tercera acepción antes escrita, pero hay un abismo entre decir mal lo que bien se piensa y mejor se hace, y hacer con el culo lo que luego dice la boca sin pensarlo dos veces. Al final, vaya por Dios, todo queda en témporas y, vuelta al principio de las cosas, en sinfónica cagalera. VALE.

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Elecciones digitales

Veo a hombres adultos mostrarse el dedo mutuamente
 Charles Bukowski

Digital, del latín digitālis, es un adjetivo que, según la RAE, en su primera acepción, significa “Perteneciente o relativo a los dedos”. Pasamos a las locuciones adverbiales: “A dedo. Dicho de elegir o nombrar: Mediante designación personal de quien la hace”.

Candidatos y candidatas de cualquier partido cuentan la cantidad de votantes con los dedos de una mano y contemplan asustados cómo las encuestas meten el dedo en la llaga de las urnas. Ven su futuro partidista con el miedo de un escaño perdido y se les hacen los votantes huéspedes. Antiguos líderes y viejunas lideresas ahora tienen malos dedos para ser organistas en congreso, senado o cámara territorial.

Buscan gente que pueda acreditar más de dos dedos de frente para cubrir candidaturas y que no se pillen los dedos con sobres, obras o terrenos recalificados. Están acostumbrados a lidiar con puestos y cargos que solo mueven un dedo para votar a favor o en contra, según lo que mande el jefe de turno, que se chupa el dedo cundo hay que denunciar cargos de puerta giratoria, ya que pronto tendrá que hacer dedo en el autoestop empresarial o bancario posterior a la carrera política.

Ahora que aparece el dedo pulgar, muy utilizado en la política y la economía para indicar aprobación y triunfo si se muestra apuntando hacia arriba, y fracaso o derrota si señala el suelo, debemos recordar que esta lectura de los gestos del dedo pulgar es una interpretación errónea del cuadro Pollice Verso (1872), del pintor francés Jean-Leon Gérôme, donde un gladiador en un anfiteatro romano espera la decisión del emperador: vida o muerte para el gladiador vencido, caído en la arena. El gesto que significaba muerte se hacía con el pulgar hacia arriba, a modo de espada desenvainada, y vida era con el pulgar hacia abajo (a modo de espada envainada). El cristianismo creó hace mucho tiempo la versión que seguimos actualmente: el pulgar hacia arriba señalando el cielo indica el bien o la salvación y el pulgar hacia abajo, señalando el infierno, muestra el mal o la muerte.

Un dedo no hace mano pero sí con sus hermanos

Un dedo no hace mano pero sí con sus hermanos

Rodrigo Rato, cuando anunció la salida a bolsa de Bankia, mostró su dedo pulgar firme apuntando al techo y tocó una campanita, que tintineó jovial. ¿Cómo tenemos que interpretar ese dedo? ¿Se mordía los dedos cuando la Audiencia Nacional fijó una fianza civil de 800 millones de euros que el antiguo ministro y los cinco imputados deberán abonar de forma solidaria en el plazo de un mes?

Volvemos a las elecciones y la forma de nombrar candidatos que utilizan algunos mandamases políticos, también conocida como dedo de Dios. Ha sido una manera de mandar muy utilizada por el PP y que ahora también vemos en el PSOE cuando los comicios madrileños están a dos dedos de celebrarse. Llegados a este punto del texto, voy a levantar el dedo para pedir la palabra y una explicación: ¿Por qué el dedo que utilizamos para insultar sin hablar se llama “corazón” o “cordial” (leer la cita de Charles Bukowski del principio)? ¿Por qué los argumentos y promesas electorales, de puro endebles, se derriban o tumban con un dedo? ¿Por qué los aspirantes a políticos se empeñan en meternos los dedos por los ojos?

Volvemos al principio para terminar: según la RAE, dedo. (Del latín digitus) 1. m. Cada uno de los cinco apéndices articulados en que terminan la mano y el pie del hombre y, en el mismo o menor número, de muchos animales.

VALE

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Vote por ella


Si admite ser humana y cometer errores, no la dejes ir y dale lo mejor de ti”
Bob Marley

Empezamos este “año de todas las votaciones” siguiendo una tendencia que se inició hace meses con el subidón de Podemos en las elecciones europeas, preferencia que ya habíamos advertido después de años de manifestaciones, protestas y sentadas. Ahora hay que buscar un candidato joven para que no sea presidente viejo, y si es mujer, mejor. Hartas de castas políticas y caspas partidistas, las juventudes quieren actuar, participar y partir el bacalao.

La predilección actual tiende a seguir la máxima “Lo nuevo es lo bueno” como mantra (Del sánscrito mantra, literalmente, “pensamiento”. 1. m. En el hinduismo y en el budismo, sílabas, palabras o frases sagradas, generalmente en sánscrito, que se recitan durante el culto para invocar a la divinidad o como apoyo de la meditación).

En psicología, el término “mantra” se utiliza como figura retórica para significar la repetición neurótica del sujeto a fin de fijar y reforzar un pensamiento circular.

Yo sí que puedo...

Yo sí que puedo…

Susana Díaz y Soraya Sáenz de Santamaría, conocedoras de la querencia vigente entre los votantes (y votantas, como hubiera recomendado la nunca bien ponderada ministra Bibiana) cuando hay que depositar voto en urna como lingote de oro en caja fuerte, tienen la difícil tarea de convencer a sus respectivos partidos de que son las candidatas más trendy (adjetivo y locución adjetiva inglesa para “moderno” y “que está a la moda”). Mariano y Pedro, machos alfa del PPSOE, ante la ausencia de candidatos creíbles, tienen que convencernos: España quiere una PRESIDENTA del Gobierno.

Tania Sánchez, mujer y joven, va a ser la candidata de IU a la presidencia de la Comunidad de Madrid y puede que tenga que batirse por el cargo con Esperanza Aguirre, la madre de todos los aparcamientos. No sabemos si en su partido harán un nombramiento digital, como en el caso de la alcaldesa de Madrid, que tantos momentos de diversión nos regaló. Respecto a la candidata del PSOE, todavía no sabemos nada, igual que en su partido. Puede que rompan la tendencia y presenten un candidato, siempre que no encuentren otro sistema que les permita seguir mirándose el Ombligo del Partido Sobradamente Especulativo y más preocupado con la estructura interna y la manera de darle una vuelta más a su forma de votar y elegir, como un entrenador de fútbol que selecciona entre delantero y nueve falso. Sigue preocupándoles más su interior que los posibles votantes.

Para titular esta crónica he utilizado una paráfrasis (del latín paraphrăsis, y este del griego. παράφρασις) f. Frase que, imitando en su estructura otra conocida, se formula con palabras diferentes) de la película Hable con ella, del oscarizado director manchego, cineasta muy de moda hace lustros. En este filme, dos hombres convalecientes en camas hospitalarias se enfrentan a la incomunicación y la soledad.

Dos antiguos presidentes, Aznar y Zapatero, aprovechan estos días de anteprecampaña anticipada para salir a la calle en busca de un mitin y así dar consejos en público a las posibles futuras presidentas: que no se equivoquen tanto como ellos hicieron, o por lo menos no en lo mismo.

¿Nos creemos que una mujer va a ser mejor por el hecho de ser mujer? Piensen en las que han sido alcaldesas o presidentas de Comunidad Autónoma. ¿Nos creemos que alguien joven va a ser mejor por el hecho de ser joven? Perdón por ponerme filosófico, he seguido el consejo de mi abogado y voy a juntar en una sola las tres jornadas de reflexión que me corresponden este año y se me acumula la tarea.

Dejo a Podemos para el final ya que han sido los últimos en llegar y no se presentan a todos los torneos del año. Las corrupciones y recortes nos han dejado con la bulimia democrática de votar a cualquiera que no robe o mienta. Nos vale casi cualquiera. Suerte.

Este desbarajuste entre urnas puede conseguir que la juventud y la gente descreída después de muchos engaños en comicios pretéritos se resigne con la ABSTENCIÓN, siempre al acecho.

VALE

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Islam se escribe sin hache

«La crueldad se aprende. No se nace con ella. Por más que un hombre pueda crecer con inclinaciones, pueda haber tenido una familia que le haya dejado en herencia rencor y violencia, la crueldad se enseña, la crueldad se aprende. La crueldad es algo que pasa de maestro a discípulo. El impulso no basta, el impulso debe ser encauzado y adiestrado».

Estas son palabras escritas por Roberto Saviano en su novela CeroCeroCero para describir, refiriéndose a los narcotraficantes, el estado en que viven ciertos criminales y la forma en que se relacionan con el mundo que les rodea. Más atrás en la novela, el escritor italiano, amenazado y perseguido por la Mafia siciliana, indagando sobre la materia oscura que envuelve las sinrazones de determinados grupos llenos de odio miserable y mediocre e infantil justificación, afirma que «la cobardía es una opción, el miedo un estado» y un poco más adelante, concluye: «Los hombres alardean de coraje, pero no saben hacer otra cosa que obedecer, arrastrarse, ir tirando».

La marea de noticias y artículos -concienzudos unos, otros, palabrería inconsecuente, y algún que otro vídeo colgado en las redes sociales desde el anonimato con una provocativa amenaza a las huestes fanáticas capaces de matar para ocultar su invalidez -, está llegando a su fin en una resaca emética de dolor e impotencia, rabia y fantasía de justiciero, vacío y precipicio a un lado y a otro, solemnidad casera y otra vez el miedo. Elementos consustanciales a la guerra íntima que habita en todos nosotros y que avivamos desde la inopia.

Las religiones monoteístas (y sé que me meto en un berenjenal, palabra de origen árabe, por cierto, y que alude a lo áspero y espinoso de esta planta) gozan de una excelente salud parroquial y adolecen de un mínimo de sentido del humor que las hace especialmente antipáticas y, por ello mismo, nido y germen de actitudes y decisiones contrarias a lo mismo que predican. Es esta contradicción, intrínseca a los sistemas inflexibles en que no existe el buen hábito de la disensión, la que seduce (“atrae hacia sí”) a imbéciles y almas en pena, incapaces de mirar a otro lado que no sea la ofensa y al ofensor, y cuya única salida a su odio es la violencia de recreo y patio.

Todo lo que sé, lo aprendí mirando por aquí...

Todo lo que sé, lo aprendí mirando por aquí…

Las viñetas descaradas e irreverentes de Charlie Hebdo, convertidas en excusa infame de estos cachorros regañados como perros sin correa, son tan laboriosas y divertidas que merecen observadores lúcidos y acostumbrados a reconocer su propia estupidez con cierta indulgencia y ese extraño sentido del humor que nos hace reír ante el drama cotidiano de la incertidumbre y la certeza de que volverá a repetirse. No merecen estas viñetas el escándalo y la indignación de lectores lloricas y sin carácter que para vivir su jornada necesitan morder los hilos que los sostienen a la vida. Tampoco esos censores iluminados, ya sea desde el califato del imán, el emir y el petrodólar, o el vicariato del papa, el ministro y la banca que hablan a pachas con sus dioses verdaderos y únicos con el fin único y verdadero de transmitir principios que se traducen en feligresías rodilleras y acomplejadas. Dios ha de tener sentido del humor, porque de no tenerlo, estaríamos todos en un estanque de fuego cociéndonos de ingratitud. De hecho, según me han contado, se está partiendo el ojete con que todo lo mira, de dolor y de risa, a ratos perplejo, a ratos malhumorado, pero nunca consentidor y vengativo.

Se acude al humor, que se escribe con hache, como honestidad y humildad, con la sana intención de revelar lo oculto tras la seriedad y la jeremiada, como instrumento inteligente y regalo de ese Dios de los mil nombres en boca de tantos idiotas que no saben hablar otra lengua que la sin hueso. Con el odio y el resentimiento feroz, y el ardor guerrero con turbante o casco, hay que hacer lo mismo que con el champú: aplicar un rato sobre el cuero cabelludo, dejar unos minutos para que actúe, y luego aclarar con agua abundante para que no queden restos.

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Que el humor, además de hilarante, sea cortés o educado, que no agreda ni insulte, es propósito exclusivo de flemáticos de salón y de club con reserva de admisión. Pero los calcetines blancos y pantuflas son, en ocasiones, necesarios para presentarse irreverentes ante una realidad que ha dejado millones de muertos, heridas como trincheras en el alma, y el sabor agridulce de la fortuna, tan puta y casquivana como la esquina desde la que reparte.

Otra característica de estas religiones del “todo o nada” es su machismo retrógrado e impenitente (y, si me apuran, un pelín bujarrón), ciego ante las posibilidades que la femineidad ofrece ante una realidad sobrecargada de falos como enormes índices apuntando al otro, mi semejante, y dejando en corito las ridículas vergüenzas con que se piensa y actúa. Porque, ¿qué otra cosa sino hombría de mercadillo y parte trasera es esa de levantarse cada mañana con una misma idea fija, como los tiros, armarse de un valor de pandereta y chichinabo, y quitar la vida por un quítame allá esas pajas en forma de inanimadas caricaturas sobre la sinrazón y su pleitesía?

Según definición del incomprendido maestro del humor absurdo, Jardiel Poncela, la dictadura es un sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio, así se comportan estas ideologías religiosas, prohibiendo lo que es necesario, y obligando a lo superfluo, disfrazándolo todo de metafísica y ontología del ser.

Visto lo visto, me van a permitir que sugiera una solución para estos chavales dóciles y con la personalidad de una vena de yonqui: mandarlos a todos a cualquier Hermano mayor de las televisiones patrias o extranjeras para que les den una receta sobre autoestima y coraje y, de paso, nos echamos unas risas.

Atentamente, y sin ánimo de ofender,

Con Dios.

VALE

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¡Feliz año de coña!

Voy a empezar por el final: ¡Ha sido un añito de coña!

Más científico, imposible. Me baso en la experiencia, la multiplico por los millones de descontentos, le sumo los cientos de casos de corrupción más los millones de indignados, abro paréntesis y meto al pequeño Nicolás, lo elevo todo a la enésima chifladura de Rajoy y su equipo de tecnócratas y le resto el Programa ideológico de Podemos; luego, entre corchetes, los highlight de la nueva majestad, más la raíz cuadrada de las forecast de The Economist, que publica Tiempo al final de año, y ¡eureka!

Un año de coña y los añicos con que empezamos este 2015.

Una ecuación de coña para un año ídem

Una ecuación de coña para un año ídem

Uno podría soltarme aquello de ¿Qué te ríes, filósofo cornudo?  / ¿Qué sollozas, filósofo anegado? / Sólo cumples, con ser recién casado / como el otro cabrón, recién viudo. Es lo que tenía Quevedo, que era grande, la metía doblada y además escocía. Todavía lo hace.

La costumbre de mirar por la rehendija de una realidad construida a golpe de discurso y estadísticas y convertirla luego en caleidoscopio de la naturaleza humana es, sencillamente, una pésima costumbre convertida en corriente del pensamiento con la que nos conformamos o resignamos porque el tiempo está hecho de decisiones y actitudes, como la de seguir comprando en la tienda de los chinos productos de obsolescencia a gritos o caminar con la mirada gacha o de soslayo ante un pobre o un orate o ante un político, que tienen en común que han perdido algo: el primero, la oportunidad, el otro, el sano juicio, y el último, la dignidad. También tienen en común que pueden recuperarlo, si están dispuestos, claro.

También es un error no aprender de la Historia u olvidarla, pasado el tiempo, o reducirla a batallitas del abuelo. No considerar los hechos consumados, sus causas y consecuencias, sus procesos vitales, sus protagonistas y depositarlos en esa extraña frontera entre lo lejano y lo porvenir, como los postres tras una gran comilona. Creer que estamos a salvo solo porque ya pasó es tan peligroso como creer que pasará siempre porque el ser humano está abocado a repetirse. Vivir jodido y jodiéndose en una sempiterna jodienda, que suena como contienda, pero con más mala leche, o vivir entre pañales y algodones y tetas ubérrimas, que suena como acérrimas, pero sin leche de ningún tipo.

Pensamos que necesitamos un cambio, pero siempre tendemos a pensar que el cambio procede de lo externo y de lo ajeno. Un cambio de gobierno, un cambio constitucional, un cambio de sistema, un cambio político… y no se oye jamás que necesitamos un cambio de espíritu, quizá, porque eso implicaría un esfuerzo de la voluntad apoltronada y en cámara estática, sin más compromiso que el derecho y sus garantías. Quizá porque nos da miedo ser lo que sí podemos ser.

Hacemos que la vida nos desilusione y nos deprima al abarcar únicamente sus aspectos materiales: tener y conservar, acumular para el invierno, la vejez, el verano, la juerga, la afición y el entretenimiento, el notario y los legados, la tierra seca y aparte, el nicho y el panteón.

A ver si hay lo que hay que tener para terminar esta entrada con un ¡Feliz año!

VALE

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Ángulo muerto navideño

Creo en las luces tenues y los espejos trucados
Andy Warhol

Los días festivos navideños siempre me retrotraen a la niñez, la pubertad y lo que vino después. Perdonen si me pongo melancólico o empalagoso.

Aprovecho las actuales fechas, días entrañables, adjetivo derivado de entraña (del latín interanĕa, “intestinos”) para rememorar mis lecturas adolescentes no deseadas, sobre todo el código y las normas de circulación, ya que mi principal ansia juvenil era conseguir y conducir un turismo. Cuando se ha pilotado un motocultor y ejercido de pasajero en una máquina agrícola automotriz, la bicicleta, el ciclomotor y la motocicleta no me satisfacían: eran vehículos sin alumbrado interior y muy limitados para el transporte de personas, mercancías o cosas. Para alguien con aspiraciones de traficante o conseguidor esos biciclos no eran mucho más que un sidecar.

Al comenzar este escrito he hablado de días entrañables porque le arrancaría los intestinos al autor del citado código. La limpieza, fijado y esplendor en las reglas del diccionario de la lengua, mi lectura favorita, mezclados con las normas de circulación aplicadas a un poblado sin semáforos, donde los vehículos de tracción animal se podían confundir con los de distracción juvenil, ocasionaron en mi persona traumas aún no sanados, similares a los que provocaría un tren turístico en una vía pecuaria durante una jornada de tránsito de rebaños trashumantes atravesando un núcleo urbano bajo la lluvia de unos aspersores de media vuelta homologados.

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Escribo sin pausa  porque todavía sufro los reflujos hipnóticos de unos hongos recogidos en el jardín de una glorieta cercana a una rotonda; todos eran círculos, ondas, señales redondas de circulación que prohibían la entrada a vehículos de motor con remolque, a no ser que sea un semirremolque o un remolque de un solo eje…

En ese lugar y en ese mismo momento, aprovechando que quienes están dentro de una glorieta tienen prioridad sobre quienes acceden a ella, comencé mi carrera sin rivales hacia ningún lugar. Mi coche es un automóvil destinado al transporte de personas, no es el típico vehículo mixto en el que puede sustituirse la carga parcial o totalmente por personas, siempre que estén bien sujetas, no se arrastren por el pavimento, comprometan la estabilidad del conductor u otras molestias.

Entonces me encontré con el clásico problema propio del medio rural: la prioridad de paso respecto a los animales no se cumple, porque a ver quién se atreve a decirle a un toro fugado de un encierro que no puede cruzar un arcén que no forme parte de una cañada. Tuve que aprovechar que me encontraba en un cambio de rasante de reducida visibilidad y no quemé los neumáticos con el acelerón, pues eran radiales, se calientan menos y tienen mayor duración y mejor estabilidad y elasticidad.

Tenía que parar un rato. Tenía que leer ese reportaje de la revista de coches que compré el otro día. Tenía que cambiar el espejo retrovisor (1.m. Pequeño espejo colocado en la parte anterior de los vehículos automóviles, de manera que el conductor pueda ver lo que viene o está detrás de él.), habían inventado uno nuevo, curvo, que permite más grados de visión panorámica. Con esta capacidad óptica nadie podría perseguirme.

Necesitaba encontrar un refugio, apartadero o isleta. Los camiones, furgones y furgonetas se habían unido a los animales de montura, los vehículos de tracción animal, las cadenas para nieve y otros dispositivos autorizados en las señales verticales de obligación. Mi rejón de muerte sería una marca vial que me pedía amablemente ceda el paso: un triángulo marcado sobre la calzada con el vértice opuesto al lado menor y dirigido hacia mí.

Nota de prensa:

Nochebuena nos ha dejado este año otra muerte causada por la unión de droga y velocidad al volante. La víctima es un joven agricultor que conducía su vehículo especial autopropulsado de dos o más ejes a una velocidad dos veces superior a la permitida en un camino rural. Se estrelló contra un depósito de agua.

VALE

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Enroque falso

Es mejor ser alguien falso que un don nadie real
Matt Damon

Comenzaron a celebrar la Navidad mientras recogían setas en el bosque. Han eliminado el otoño: es una estación inútil. Quieren el invierno, unos días que aportan fiestas aptas para el consumismo voraz, ahora que, como repiten sin pudor las autoridades ¿competentes?, se ha terminado la crisis. Se comenta que las autoridades europeas reconocen a destiempo que han sido demasiados los recortes y que una nueva generación de políticos nos va a sacar del hoyo… Cuenta una reciente leyenda forestal que entre una avanzadilla de micólogos, se encontraba un político (ávido buscador de votos como si fueran níscalos) que fue amonestado por una compañera de gobernanza y partido con la ya tradicional advertencia: “Si a setas, a setas”. Dicen que ese momento fue el principio de su eterno enfrentamiento.

Cuando se cambia la formación clásica 4-3-3 del consejo de gobernantes y se evoluciona hacia 4-2-3-1, se busca, de una forma evidente, el ahorro en Secretarios de Estado y consejeros para de esta forma poder maniobrar hacia una reforma de la Constitución, dentro de un próximo marco federal que es necesario en el actual mundo global, pues este necesitará contar con una economía multifuncional y polivalente.

Si nos aferramos a una estrategia en la que el centro neurálgico puede estar controlado a distancia por empresarios, banqueros y conseguidores en las bandas, se corre el riesgo de perder el juego de las columnas abiertas, según la estrategia clásica del ajedrez político, pues puede decirse que la táctica es lo más importante para ser un cargo intermedio fuerte, dado que el cálculo de variantes concretas sin excesivos errores es esencial para llegar a un alto nivel organizativo. Por lo tanto, se debe recurrir en muchas ocasiones a evaluar las opciones existentes mediante una visión global de cómo va a desarrollarse la legislatura a medio-largo plazo. Normalmente, un cargo intermedio que es muy fuerte estratégicamente y más débil tácticamente usará con frecuencia su intuición a la hora de tomar decisiones.

¡Sus y a ellos!

¡Sus y a ellos!

En el citado consejo de gobernantes, el rey colocó a un peón de rancio abolengo: anteriormente había sido alcalde de ciudad sin consejero y presidente de comunidad autónoma sin asesores; hay que recordar que, a diferencia del resto de las piezas, el peón no puede moverse hacia atrás y tiene la capacidad de transformarse en la pieza que desee si es capaz de alcanzar la última fila del tablero opuesta a la de su salida.

Los caballos, molestos con la pieza recién colocada, rumiaron y propagaron este ficticio rumor: “El peón es un falso nuevo, es decir, en un futuro cercano pretende formar parte de varios consejos de administración en diferentes empresas metalúrgicas que se dedican a la fabricación e instalación de puertas giratorias y participar a título lucrativo. Finge, quiere que se crea que es peón, pero como ya ha conseguido un puesto en el tablero le resultará sencillo evolucionar hasta el puesto de alfil (del  árabe clásico fīl, y este del pelvi pīl, “elefante”. 1. m. Pieza grande del juego del ajedrez, que se mueve diagonalmente) y desde ahí involucionar aparentemente hasta ser de nuevo un peón, para de esta forma moverse sin despertar sospecha hasta alcanzar la última fila del tablero opuesta a la de su salida, y conseguir la durante tanto tiempo ansiada corona”.

Hubo que sacrificarlo, pues decían los mentideros del tablero que el falso nuevo albergaba desde hace lustros la pérfida intención de ser rey. La dama, que pertenece a la citada generación de nuevos políticos, no puede permitir que el falso nuevo alcance la última fila del tablero y se corone. En un instante recordó aquella infame jornada forestal en la que el falso nuevo ya le había amenazado con desvelar su pasado como ficha de parchís y la turbulenta relación que mantuvo con un dado.

En consecuencia, se verá obligada a pergeñar una estrategia en diferido y ejecutar un falso enroque (1. m. En el juego del ajedrez, movimiento defensivo en que el rey y la torre del mismo bando cambian simultáneamente su posición) para que, por amenaza o chantaje, la torre le ceda el privilegio de ocupar el puesto del rey.

VALE

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A la sazón

Ninguna cosa sea donde falta la palabra”
 Martin Heidegger

Palabrería. 1. f. Abundancia de palabras vanas y ociosas.

«Mire usted, tendré que explicar mejor que hasta ahora que ha sido uno de los acontecimientos más importantes de la moderna historia de España, ya que para mí es un orgullo que todo el mundo nos vea como un ejemplo de superación y la realidad obliga a veces a hacer cosas que a uno no le gustan, pero tenemos un sistema de bienestar como nadie sospechaba. Debo comentar las medidas legales que vamos a tomar para conseguir democracia, libertad, derechos humanos, descentralización y entrar en Europa y en el mundo, aunque ya estuviéramos dentro. He decidido tomar la iniciativa para que se castigue a los culpables, ya que los inocentes no pueden esperar más tiempo, y también habrá mecanismos para recuperar la credibilidad perdida, pues no recuerdo dónde la puse».

[Si ha llegado usted hasta aquí y nota somnolencia, no se preocupe, es un efecto habitual de cualquier rueda de prensa electoral o discurso político]

«No puedo consentir que siga aumentando la desmoralización con las instituciones y también hay que devolver la confianza perdida con la clase política. Del mismo modo que voy a arreglar la economía, cambiaré la política para que sintonice con la sociedad, que ya va siendo hora. Que quede claro que el respeto al estado de derecho es el principio de las democracias de la Unión Europea, donde todas las ideas son defendibles siempre que se promuevan por medios pacíficos y dentro de los cauces de la legalidad. La integración es el signo de los tiempos y la única manera de garantizar nuestra fortaleza. La base de una comunidad de derechos en nuestro país son las buenas noticias, como los datos de paro de la Encuesta de Población Activa y el crecimiento económico».

[Cuando se alcanza este punto, suele ser necesario tomar algún calmante para que la entrada del discurso al cerebro no provoque lesiones]

Si yo te contara...

Si yo te contara…

 

«Ha llegado el momento de apostar por una combinación de políticas económicas, tanto monetaria y cambiaria como fiscal, más equilibrada que permita impulsar la recuperación económica de nuestros países; sin olvidar, claro, que la estrategia de reformas estructurales en España tiene una ventaja indudable: se gana terreno de forma sólida y continua frente a las tradicionales devaluaciones que tenían solo un efecto temporal; dicho lo cual no hay que olvidar que esta estrategia también exige un enorme esfuerzo de gestión y digestión política que, en todo caso, vale la pena, pues se trata de una cuestión de tragaderas, como toda la vida».

[Hay que aclarar que este no es un intento fallido de acceso al Club de la comedia, tal como han manifestado algunos populistas demagógicos]

«Y todo esto teniendo en cuenta que entiendo y comparto plenamente la indignación de los ciudadanos, lamento profundamente la situación creada y comprendo el hartazgo de los españoles, ya que estas consultas resultan particularmente hirientes cuando los ciudadanos han tenido que aportar tantos sacrificios y esfuerzos para sacar al país de la crisis.

También quiero que todo el mundo sepa que lo que estoy haciendo es tomar todas las medidas para evitar que estos acontecimientos se puedan producir en el futuro y que aún estamos a tiempo de enderezar el rumbo, de superar una dialéctica estéril de confrontación, buscar un diálogo fructífero, siempre dentro del más escrupuloso respeto a la legalidad en una democracia seria y responsable como es la nuestra. Todo el diálogo dentro de la ley y ninguno fuera de la ley. Estoy abierto a todas las iniciativas pero siempre dentro de la legalidad, para que nadie crea que el derecho a decidir se puede atribuir unilateralmente a una parte, valga la redundancia».

[Ya está usted en el llamado punto sin retorno y puede sufrir taquicardias, entumecimiento, deterioro de la función motora, náuseas y vómitos]

«Es demagógico apelar a algo que suena bien, el derecho a expresarse, pero en realidad se está privando de ese derecho a quien realmente le corresponde, que es el conjunto del pueblo español, pues, como debería saber todo el mundo, es una democracia de la que estamos orgullosos, tiene una Constitución que nos dimos entre todos, que garantiza las libertades, los derechos fundamentales, que fija las reglas de convivencia y que ha generado la mayor etapa de progreso económico y social de la historia, y ya sé que se han producido en los últimos tiempos algunas cosas que no nos gustaría que se produjeran, pero estamos tomando decisiones, unas peores que otras, y la justicia está actuando».

[Insuficiencia cardiaca, convulsiones y paranoia forman parte del diagnóstico que presentan quienes han padecido homilías de esta calaña]

VALE

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Farsa golfista

Estos son mis principios, si a usted no le gustan, tengo otros”
 Groucho Marx

Una docena de subsaharianos estaba a punto de salir del infierno, solo necesitaban saltar la última valla, y se dieron cuenta de que se habían convertido, sin quererlo, en espectadores de un partido de golf y disfrutaban de una posición privilegiada con vista aérea del green. De vuelta en España después de ser expulsados “en caliente” hace un año y disfrutar el pasado verano de unas vacaciones en un Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, donde “hicieron un análisis de su situación individual, celebraron entrevistas a su efecto, elaboraron informes, determinaron los itinerarios idóneos para cada caso, detección de problemática, así como el seguimiento de los usuarios tanto en procesos internos como externos”; pocos días después, la Comisión Europea mostró su “preocupación porque incidentes tan perturbadores puedan producirse en nuestras fronteras”.

¡Albatros! Mis alas de gigante, me impiden caminar

¡Albatros! Mis alas de gigante, me impiden caminar

Conocían el juego, se lo explicó un amigo senegalés que se encargaba de recuperar bolas perdidas en lagos, bosques y aparcamientos para luego vendérselas a un jubilado español, antiguo concejal de urbanismo que no fue capaz de hacerse con un puesto de conseguidor, y ahora intentaba ganarse unos céntimos con la venta de pelotas usadas a los golfistas de turno. Sus antiguos compañeros de partido le tenían preparado, para cuando saliese de la cárcel, un puesto de aparcacoches, otro de vendedor de pelotas ya usadas y, si se portaba bien, uno de caddie.

La afición ahora teórica y televisiva de Toure, joven sin pasaporte ni nacionalidad, ansioso por hacerse con uno de los coches que había visto en Internet, podría convertirse en práctica, pero el juego de palitos, bolitas y hoyitos le parecía soporífero ahora que lo veía en directo.

Los jugadores eran dos diputados: los señores Tumás y Andaquetú, cargos que han tenido puesto en distintos partidos políticos, siempre contrarios y nunca enemigos. Partidarios de la rupestre doctrina economicista “Solo aumentas tu riqueza si crece su pobreza”, coleccionistas palurdos de coche, yate y chalet (con impuestos en diferido vía paraíso fiscal), se dejan acompañar por personajes secundarios, como el PiPiolo (diminutivo del latín pipĭo, -ōnis, “pichón, polluelo”), monaguillo patriota, bufón sonriente de la comparsa gubernamental. Ahora, con el aliento de las elecciones municipales en el cogote, las risas juveniles y el olor a cárcel, no quedan bien en una  campaña electoral y tienen que desaparecer del escenario.

En 1862, Karl Marx dijo que los hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: la primera como tragedia y la segunda, como farsa.

VALE

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Carta de larga duración de un parado

«Mi nombre poco importa, soy más un número a ojos de buen cubero. Voy y vengo entre cifras, unas veces al principio, otras en el medio, y casi siempre, al final para redondear. Formo parte de una larga hilera que tuerce esquinas; manso e incapaz, miro al suelo de todos los días y me aprendo de memoria los ritmos de la indiferencia y el olvido. Cuando entro a la sala, el funcionario no me ve, está absorto en su rutina de hombre al servicio de la pantalla donde aparecen mi nombre, mi número, edad y el tiempo que llevo entre las costuras del desempleo. No más de cinco minutos tarda el hombre, entre carraspeos y disculpas, en despacharme. No es culpa suya tratar con el desaliento. Me levanto y no me distingo. Soy otro que ya pasó, yo mismo varias veces, sin apenas voz para un cortés y apagado “hasta la próxima”. Ni siquiera es triste ni angustioso. Solo es un movimiento perpetuo sin pasión y sin energía. Soy un parado de larga duración.

Desandar lo andado es un ejercicio de liviandad que no me genera dudas ni miedo: simplemente, me sé el camino y cada obstáculo, su sombra y proyección. Nada me detiene, vuelvo a casa donde me espera una jornada abrumadora de napoleónicas estrategias para vencer el hastío. “¡Cinco años te contemplan, oh, dichoso tú entre los ociosos!”. Los rostros de las gentes con sus prisas y rumbos como semáforos en ámbar; su frenética marcha me aturde y acompleja; no me miran, me atraviesan; les miro, y se desvanecen. Y sigo.

Conozco un atajo, una trocha del diablo, que me acostumbra sin voluntad a un taburete rajado que gira y gira y desde el cual gira el mundo. Dos coñacs. Ni uno más. Quizá otro. Esta vez solo (esto pasa por eliminar tildes). El calor penetra por entre las junturas y abismos y los sutura un instante. Soy testigo consumido y sin voz de los vaivenes de la corruptela política; comparto sin pasión mis dudas sobre la prima de riesgo, la balanza de pagos y los presupuestos; asisto al nacimiento de un chaval con ínfulas y álbumes sin prestigio; reconozco en el ébola una amenaza real que pronto se convierte en chapuza en manos de los excusados de siempre; me tiembla apenas una canilla con el 9-N y me sueno un moco rebelde e independiente; me debato entre los pablemos y una pepera de la que me atraen sus onduladas tres eses, a veces también me extingo a la izquierda pero sin agallas; breve repaso al fútbol que me acalla las venganzas y rencores inútiles; y el tiempo. Siempre el tiempo, que huye para perseguirme a Samarcanda, mi hogar a ratos.  “Apúntamelo, como siempre, Tomás. Ya sabes que siempre cumplo”. Un “Tranquilo, ya me lo pagarás. ¡Si fueras otro!”, me devuelve a mi realidad de bolsillo.

Ahora no ando, deambulo, que es lo mismo pero sin ganas. Una paloma coja y sin buche se hace a la muerte que llega ruidosa y negra como picaza. Sopla viento de algún punto, pero no se me da bien situarme, que es lo mismo que colocarse, pero sin nómina o sin viaje, según se vaya o se venga. La hojarasca se tiende exhausta sobre el alcorque y un ciclista trajeado y sin casco me desborda, que es lo mismo que adelantar, pero con rebufo. Estoy cansado. No es que me falte el aire, es que me sobra. Los coñacs se me regurgitan, que es como vomitar, pero sin escándalo. Falsa alarma. Me acomodo en un banco sin nadie pero que fue de dos iniciales borrosas. Me lío un cigarrillo que me sabe ya encendido a fragua. Tengo los ojos sobre un suelo sin pisadas y empiezo a ver quimeras en un charco que se mueven como niños despojados de alegría. Alguien al teléfono lo pisa y los niños se van a otro charco, frente a otro banco con otro fumador cansado que, cosa curiosa, también regurgita. “¡Qué día más largo, caramba!”, me digo por no entrar en pendencias.

El zaguán (¡mira que me gustan las palabras con zeta!), entrada de antigua caballeriza, es un largo corredor hacia un patio donde crecen, y no sabemos cómo o porqué, mimosas escuchimizadas. Hay algo en ellas que me recuerda a mí mismo cuando era más joven y a la tenaz voluntad de crecer a pesar de la tierra deshabituada e ingrata. Al pasar a su lado, les hago una disimulada reverencia con los ojos reconociendo en su savia peleona, mi propia sangre. Luego vuelvo al ombligo, al que suplico, como si tuviera poderes, que no me cruce con ningún vecino de carne y hueso y su retahíla de preguntas inoportunas y mis respuestas a trompicones, cortas y ambiguas como los zambos (¡otra con zeta!). En la casa no hay nadie. Mi mujer debe estar en uno de los muchos cursos que el Inem le sugiere que haga con posibilidad de bolsa de trabajo, que es como un marsupio del Ministerio del Trabajo adonde llegan los afortunados mamones. Los documentales de la 2 son vitales en mi sobremesa, porque si las mañanas se me hacen eternas, las tardes son abrumadoras fauces que se abren, deslenguadas y fétidas, para engullir lo poco que me queda de ganas.

Ya en el sofá, también largo, de tres piezas, me recuerdo que no debo quejarme, que ese derecho a la pataleta cósmica dejó de tener sentido al no tener el mismo sentido el derecho al trabajo que cuando trabajaba. Es cuestión de estar, de ser y de tener. Y así vales. Me pregunto si he hecho todo cuanto estaba en mis manos hacendosas por volver a entrar en la rueda de todos los días, esa que llaman de fortuna los menesterosos y ausentes, o si, por el contrario, un hombre de mis años y destrezas debería hacerse valer más y mejor. Un hombre de verdad. Y aquí dejo el discurso interior, porque la verdad, esa verdad, es una mosca zumbona en forma de voces familiares y amistosas. Es entonces cuando me refugio en las mentiras cotidianas: hoy cocino estofado con ligero sabor picante, barro el piso, y paso el polvo sobre mis libros y las decenas de marcos con fotos con que mi esposa va obstaculizando la entrada y salida naturales de mis lecturas cada vez más espaciadas; hago ejercicio con la derrota ya en el abdomen. Miro el puñetero reloj impertérrito y burlón. Y acude a mí esa metálica desesperación que invade la confianza y la autoestima; soy un guiñapo en manos de mi conciencia minuciosa y escrutadora.

Me calmo la rabia y retengo la lágrima para otro momento, otro lugar, otras las circunstancias. La inquietud es un arma de doble filo, que lo mismo hiere que paraliza, y el miedo se instala como convidado de piedra para no decir nada, no ayudar en nada, permanece desapercibido e ignorado hasta que uno comprueba que lleva entre nosotros tanto tiempo que le hemos tomado por familiar incómodo al que hemos cebado y refugiado por compromiso. El miedo,  que es la madeja con que está hecha la incertidumbre humana: Qué será de nosotros mañana. Qué será de nosotros nunca. Luego, la humillación, la vergüenza y la culpa como grandes remedios caseros ante la avalancha de sentimientos y emociones que quedan en suspenso, sin gobernalle y al socaire. Las matemáticas no vienen al auxilio, pues confirman que todo esto que ya va para largo, ha de multiplicarse por 365 y por 5, en una escalada exponencial de tortura tan antigua como salir de la cueva para ponerle nombre a las cosas.

Laxo como cuerda de tender o como palabra inacabada, me arrellano ante el televisor para ver el desfile de caminantes sin vida, que pueden ser los de The Walking Dead o los de debates de noche, con sus inmaculadas sonrisas de soslayo a todas partes, mordiendo la realidad con el hambre que da estar ya muerto o de conservar a toda costa lo que se tiene. Y me digo, mareado por la contundencia de esta carta de larga duración, “mañana saldré a la calle con un cartel donde diga ME OFREZCO COMO TERTULIANO CON PROBADA EXPERIENCIA EN PAROS DE LARGA DURACIÓN. SÉ DE LO QUE HABLO. Y HABLO DE LO QUE SÉ. TRABAJADOR, AUNQUE NO LO PAREZCA, Y MUY DIESTRO EN CALLAR LOS ABUSOS DE ARRIBA, LOS DE ABAJO Y TAMBIÉN LOS QUE VIENEN DE LADO. SUMISO Y BARATO”.

Sonrío para adentro, no porque sea gracioso lo dicho sino porque me lo creo a pies juntillas. Y me duermo con los párpados agitados ante la perspectiva de mañana».

VALE

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Se PONGA usted como se PONGA

Auri  sacra fames (“maldita codicia del oro”)
La Eneida, Virgilio

Qué difícil debe de ser mantenerse honrado (tanto o más que mantenerse sobrio para el alcohólico), sobre todo cuando quien lo pretende, padece de esa enfermedad tan sutil y autodestructiva como lo es la codicia. De sus síntomas, disfraces, daños personales y colaterales y otras características hay abundante literatura que puede usted consultar en cualquier medio de comunicación de los de hoy. Tiempo es una buena elección, aprovechando que está a tiro de escupitajo y tiene tanta constancia o más de los hechos consumados que acompañan a los que padecen esta poderosa y burlona patología del alma.

Que yo a lo mío, que ha costado lo suyo.

Este «afán excesivo de riquezas» indica singularidad en el afán y pluralidad en los objetivos, las riquezas. Lo que convierte a la codicia en un «apetito desordenado» o «deseo vehemente de algunas cosas buenas». El DRAE, como ya es habitual entre palabras, nos deja con la miel en los labios con eso de las “cosas buenas”, que, sospechamos, se refiere a dineros, bellezas, poderes, privilegios y placeres mundanos o todo a la vez; de ahí, la avaricia. Sea como fuere, es hija de la concupiscencia y por ahí va los tiros de esta crónica, pues qué otra cosa sino codicia es ese ansia inmoderada y siempre cachonda y dispuesta a la satisfacción deshonesta, sed non satiata, de estos enfermos patrios de calderillas exponenciales y ajenas.

Tengo dos y tú una, luego me llevo tres

Tengo dos y tú una, luego me llevo tres

Nos llama la atención (siempre dispersa) las muchas artes y asaces contubernios en que caen de continuo estos hideputas y malandrines con tal de apropiarse incluso de lo que no hay para que sea de alguien o alguno. Buscan y cavan, rebuscan y recaban  (esta vez con «b»), se ensucian las manos hacendosas en los estercoleros y muladares vecinos, por sus sobras los conoceréis, y doblan el espinazo tan erguido y orgulloso como el de un cadáver en rigor mortis, y atesoran y acumulan con el saco entre los dientes de oro, a punto de desfondarse como las preferentes de la Bankia, y siguen hozando como cerdos por entre el mantillo.

Dice el Diccionario de Covarrubias sobre la cupiditas (que suena a sarpullido adonde no alcanza la mano) y en referencia al refrán “la codicia rompe el saco” que «dijose de los que quieren allegar tanto, que al fin suelen perder todo. Está tomado este refrán de uno que hurtaba de un arca dineros y echábalos en un saco, pero apretándolos mucho para que cupiesen más, rompió el saco por el asiento y vertiolos todos; en tanto, fue sentido con el ruido y apenas se pudo escapar con nada».  Quizá habría que actualizar la parte final  en que escapan con casi nada y, de paso, cambiar todo el refrán por “la codicia llenó el saco y se rompió el arca”, porque no de otra forma puede entenderse hoy en día, el nuestro y también el de ellos, que después de desvalijar y adueñarse de tapadillo y por detrás, salgan por delante con traje del mejor corte inglés y la billetera repleta de tarjetas exprés.

La codicia, cómo no, del latín, cupiditas, “deseo, pasión, ansia ardiente” tiene su raíz en la figura mitológica de Cupido (el hijo de Venus, y dios del amor, por ello o por tanto, con sus flechas de mercadillo chino y que ha hecho de los catorce de febrero auténticos agostos para corazones ingenuos con o sin tarjeta) que inflama con sus dardos envenenados de amor el espíritu de los amantes. Es tan grande el deseo de poseer y tan vehemente el escozor de la entrepierna que no es extraño que estos banqueros buscones y bragados se vayan de borrachera, farra y putas con la negra estela que dejan los barcos chapapoteros.

Uno podría pensar que debía caérseles la cara de vergüenza, pero la cosa no acaba ahí, pues la vergüenza es cosa de vergonzosos y vergonzantes, no de estos tipos curtidos en efemeis  y ex secretarías de Estado de Haciendo Lo Que Me Da la Real Gana, se PONGA usted como se PONGA. La codicia no es un defecto o una tara, es toda una actitud, arrogante y descarada que sonroja solo a los desgraciados de sofá, intelectuales de pacotilla metidos a tertulianos y a los podemos pero no sabemos cómo. Los codiciosos presumen y alardean de bravura ante el peligro, consumen entre diplomacias consentidas y protocolos legales de duración indeterminada. Son hombres y mujeres sin honor que se huelen entre ellos y se reconocen y arrejuntan después de la refriega tarjetera. Les basta la pituitaria y un ligero vistazo a las salivas ajenas para saber que se encuentran entre los suyos, hediondos semejantes de codiciosas entrañas.

Yo que soy de natural desprendido (único antónimo imperfecto que he encontrado para codicioso), y no por virtud, sino por necesidad, y un poco también por cierta indiferencia y desgana ante lo que llevo más de dos décadas sin saber si es mío porque lo trabajo o es de ellos porque se lo debo, apenas logro acumular asombro y perplejidad ante esta codicia desmedida (¿a qué tanto?) e inútil (pues lo que solo sirve a sí, acaba agotándose en sí), vírica y ponzoñosa como la gonorrea (los pobres o medianos quieren lo que tiene el rico avaricioso, y éste lo que le queda al pobre o mediano para seguir medrando en una espiral sin sentido que contagia inexorable y sin piedad la más férrea y hermosa de las voluntades).

No es extraño, queridos lectores, se PONGA usted como se PONGA, y va para RATO largo, que un chaval con el rostro salpicado de mentiras y delatores granos se haya colado entre los poderosos como José María por su casa y les haya metido bien doblada esa espada jaspeada con que estos sinvergüenzas de manual parten y reparten cada día esta España a medias (ya no son dos, y basta con la mitad para helarte el corazón) y acomplejada. Quizá debamos decir con el historiador y educador del emperador Claudio, Tito Livio, aquello de conciere multitudinem ad (“convocar a la multitud –o lo que queda de ella- hacia sí”) y montarnos un chiringuito en Andorra con las sobras y raspas y miasmas menores que estos modernos cárteles de la res nos dejen.

VALE

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