Subrayados: Le venti giornate di Torino

La revista Vulture publicó a principios de agosto una lista con las cien mejores novelas distópicas de todos los tiempos. Pinché en el enlace, presa del clickbaiting y de una pasión desenfrenada por el género. En el gesto había dos intenciones contradictorias: el deseo de reafirmación (comprobar que las conocía todas) y la esperanza de descubrir un tesoro escondido (encontrar al menos un título entre los cien que me abriera un nuevo mundo). Y así es como me topé con Le venti giornate di Torino (Los veinte días de Turín), que un tal Giorgio de Maria publicó en 1977.

Probablemente el hecho de que Turín sea mi hogar desde hace ya tres años ha influido poderosamente en que este libro se haya convertido en una obsesión para mí. Pero no solo: la intrahistoria editorial de esta obra es apasionante. Trato de resumirla en pocas palabras. En el año 2016 un periodista freelance australiano estaba de vacaciones en Turín en casa de un amigo que había conocido a través de las redes sociales. El primero le dijo al segundo que estaba muy interesado en traducir un libro italiano al inglés y el segundo le entregó al primero una novela que había leído en la adolescencia y que le había dejado marcado de por vida. Era Le venti giornate di Torino. Lo tradujo, lo envió a una editorial estadounidense y lo publicaron inmediatamente rescatando del olvido una obra que vaticinaba el advenimiento de las redes sociales.

Más o menos. En realidad De Maria lo que hizo es inventarse una investigación detectivesca en torno a la creación de una biblioteca constituida no de libros, sino de reflexiones, comentarios, historias personales y relatos autobiográficos. Todos leían todo y opinaban, criticaban o ensalzaban lo que habían leído. El escritor lo define así en la novela: “Así es como se formó poco a poco una red de espionaje recíproco, malicioso e inconcluyente. No podías salir de casa [...] sin notar la mirada de alguien que quería convencerte de que conocía de ti hasta el más íntimo de tus secretos”. Bienvenidos a Twitter, a Facebook o a Instagram, en 1977.

La novela en su momento pasó sin pena ni gloria y eso quizá empujó a su autor a una profunda depresión que le llevó a abandonar para siempre las letras y a abrazar con fuerza la religión que siempre había rechazado (era uno de los miembros fundadores de Le Cantacronache, un grupo musical formado entre otros por Italo Calvino y Umberto Eco y dedicado a propagar la memoria musical de los partisanos). Pasó treinta y dos años en silencio, renegando de todo lo que había escrito por impío y murió en 2009 creyendo ser un ángel.

Pero ahí no termina la historia. Si todo sale bien y la fortuna me acompaña, podré completar el resto del relato en los próximos meses. Si todo sale bien, será mi primer documental.

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