Entrevista: Carlo Padial

El pasado 10 de noviembre se estrenó Algo muy gordo, una comedia dirigida por Carlo Padial y protagonizada por Berto Romero, Carolina Bang y Miguel Noguera, entre otros muchos actores. Ese mismo día se publicó en la edición en papel de la revista Tiempo una entrevista con el cineasta. A continuación se puede leer la versión completa de esa misma conversación, que se realizó a través de Skype.

La premisa de Algo muy gordo presenta a un personaje adulto que descubre que tiene que volver a hacer la EGB. Es un terror compartido, una pesadilla muy común. En mitad de la película Berto Romero dice que estáis rodando el Blade Runner de la comedia. ¿No será un recuerdo implantado?

Ese miedo es muy habitual y por supuesto lo comparto, tener que volver al colegio, al instituto. Berto Romero me propuso hacer una pelí así, en la que utilizáramos ingredientes que no fueran los típicos de las comedias de masas y por eso nos interesaba introducir variantes oníricas en algo que es una comedia presuntamente familiar, aunque luego lo que acabes viendo en pantalla no lo sea. En vez de partir de planteamientos de comedia romántica o de enredo, hemos preferido partir de miedos psicológicos, reales.

Antes del rodaje, en diversas entrevistas y redes sociales, hablaba de la película como una comedia familiar, con muchas efectos digitales, inspirada en comedias como las que protagoniza Eddie Murphy, Adam Sandler o Ben Stiller. ¿La ficción no se limita a la hora y media en pantalla, sino que comienza muchos meses atrás?

La idea era esa, crear una comedia basada en la estética de las películas anticipadas. Estamos todo el día consumiendo avances de películas, avances de rodajes, escenas sin postproducir de las pelis de Marvel. Berto quería hacer una peli con estética documental, mostrando algún tipo de proceso, por eso la idea que tuvimos fue centrarlo en este mundo. ¿Qué pasaría si hiciéramos toda una película ambientada en todo ese estadio previo en el que se encuentran la mayoría de proyectos que anticipamos? Imagine que de Thor Ragnarok solo hubiera existido esos planos ridículos de los actores suspendidos en un arnés o sobre fondos azules o verdes, interactuando con objetos que no están allí, nos parecía divertidísimo.

Y el resultado es un falso making of de una película que nunca se ha terminado.

El resultado es una especie de making of tramposo, de juego de espejos desde la comedia. Porque en el fondo podríamos haber hecho un making of al uso, con todos los juegos del género, que a mí me entusiasma. Cuando alquilaba películas era fácil que a los veinte minutos me cansara y pusiera el making of. Y siempre era mucho más interesante para mí el making of que la película acabada porque había algo de especial. La mayor parte del cine que consumimos -y yo soy un espectador entusiasta de cualquier basura- llega muerto al proceso final. En el fondo es un making of muy puro, todo es diegético, todo está integrando en el espacio del plató. Básicamente lo que se plantea es una reflexión sobre recuperar al cómico detrás de toda esa maquinaria, recuperarlo a través de un grupo de cómicos que se cierran para intentar hacer algo, para intentar reconectar con ellos mismos. Si hubiésemos metido fotos, un ritmo muy picado, hubiéramos jugado a la parodia. Y esta peli no es una parodia igual que no es un falso documental, más bien es una comedia de aspecto documental.

De hecho usted se encargó del making of de Un monstruo viene a verme.

La idea de la peli sale de ahí, claro. A Berto siempre le ha gustado la comedia de aspecto documental y me pilló justo haciendo el making of de Un monstruo viene a verme, que estaba siendo una experiencia muy interesante. Yo que vengo de hacer películas muy personales y muy pequeñas, de golpe me encontré dentro de una especie de transatlántico cinematográfico persiguiendo a Sigourney Weaver con la cámara entre decorados gigantescos, grúas, y eso me pareció que era un espacio increíble para ambientar una comedia del tipo que Berto me sugería hacer.

¿Entonces la película emparenta más con La noche americana que con un falso documental?

A mí me entusiasma el falso documental, pero siempre tiene algo de guiño cómplice con el espectador, está todo el rato está suplantando, mirando de reojo al público para establecer esa relación, ese “tú y yo sabemos de qué nos estamos riendo”. A nosotros esa cubierta irónica no nos interesaba nada. Yo adopto el lenguaje del documental porque es el que siento más honesto. Llevo muchos años alternando entre comedia y documental y de ahí que tienda a mezclarlos. Creo que lo bonito es que nos hemos atrevido a hacerlo y hemos tenido la suerte de que Zeta Cinema nos ha permitido hacerlo, de explorar un tipo de comedia muy contemporánea que fusiona géneros.

Y que a la vez tiene mucho de autoficción.

Sí, es a la vez una especie de fantasía tangencial sobre Berto y sobre mí, sobre el hecho el hecho de ser padres, sobre qué nos ha llevado a dedicarnos a hacer cine, sobre por qué yo ocupo una posición más independiente y él más popular, sobre el cine que consumimos y dónde queda el papel del cómico en esa especie de pesadilla del CGI [Imágenes generadas por ordenador, por sus siglas en inglés] en el que estamos sumergidos como espectadores.

¿Es el miedo al fracaso un hilo conductor en su producción, desde su primer filme Mi loco Erasmus a Algo muy gordo, pasando por su reciente novela Doctor Portuondo?

Mucha gente se queda desconcertada después de ver la peli. A mí me hacen reír las cosas incómodas, la incomunicación entre las personas. Me he dado cuenta en este año que tenía todo un arco de cosas hechas, libros y pelis, podemos incluir también vídeos cortos como Quiero ser negro, para Playground, de gente cerrada en un proceso, de espaldas casi a todo, y es un proceso que va mal. El personaje de Quiero ser negro nunca va a ser negro, ni se acerca, el personaje de Mi loco erasmus quiere hacer una película sobre los erasmus y acaba haciendo un retrato durísimo sobre una generación, como es la nuestra, que no tiene nada por delante y por ese camino descubre una cierta humanidad, o al menos el espectador la descubre.

Y otro hilo conductor sería la autoficción.

Casi todas las cosas que hago existen en una realidad tangencial, comparten nuestros nombres, comparten nuestras aspiraciones. En Portuondo hay una reflexión que, cuando más te acercas a la realidad psicológica, más ficticio se vuelve todo, y con Berto me ha pasado algo parecido, es una especie de realidad paralela la que hemos creado, compartimos los nombres, pero lo único real que hay son los miedos, los deseos, el deseo de Berto de hacer un cine diferente, el mío de intentar hacer algo que no sea minoritario y lo recreamos distorsionándolo. Me parece que estamos explorando algo que está más cerca de otras cosas, pueden ser procesos literarios que de otros géneros.

La película, sin embargo, no es nada improvisado.

Tiene algo de juego psicológico con las cámaras, Berto siempre lo dice, que se crea como una especie de caos y de ahí vas recogiendo verdades, como si fuera un caos organizado. En contra de lo que la gente pueda creer, la peli está muy escrita, está muy elaborada para generar esa impresión. Yo llevo toda la vida, partiendo de ese lenguaje documental y de planteamientos cómicos, captar como intensidades y verdades, y tiene mucho que ver eso con ese sentido del humor que pueda tener con ese hacerme gracia procesos jodidos, paranoias, incomunicación. Y por otro la influencia que pueda tener el lenguaje documental, el psicoanálisis. En el caso concreto de Algo muy gordo me interesaba mucho explorar esos elementos visuales del cine que se pierden con la posproducción, hay un filón cómico ahí y nos interesaba sumergirnos, los personajes están todos hablando de algo que no ves. Hay muy pocas menciones a que Berto es una persona gorda durante el rodaje, se pierde totalmente eso.

La industria cultural vive en un constante estado de hiperexpectación. ¿De ahí también el título, Algo muy gordo?

El fenómeno fílmico está ya fragmentado, es la anticipación, el anuncio del proyecto, te pasas dos años escuchando hablar de una película que no has visto y eso forma parte de la experiencia, pero creo que juega en contra, porque llegas agotado. El ejemplo de Thor, yo estoy agotado, y no la he visto, y no voy a ir a verla, y soy un loco, yo quería ser autor de cómics. Han logrado que me agote. El otro día estaba viendo Spider man y a la mitad me quería ir del cine y es mi personaje favorito porque llevaba dos años viendo clip, leyendo entrevistas, y ya no me interesa, es una especie de rata muerta que le han pegado una paliza brutal. Algo muy gordo reflexiona sobre eso, qué conforma la película. Y el título alude a eso, que estamos prometiendo algo gigante, no solo es el personaje de Berto, y luego lo que tienes es solo un ser humano colgando de un arnés. Y eso tiene algo de declaración de principios. El cine cómico que me gusta y que empieza con Buster Keaton, el slapstick, y continúa con Mel Brooks, Jerry Lewis, Steve Martin, y es dificil rescatar a los grandes cómicos en esta especie de macedonia de frutas audiovisual que nos lanzan ahora. Uno ve a Ben Stiller sufriendo mucho, en mitad de todo eso es difícil ver a Ben Stiller brillar y a mí me encanta. ¿Dónde queda el cómico en mitad de todo esto?

¿En España todos somos cómicos?

Sí, de manera secundaria es divertido todo el quiebro de que todo eso sucede en España. Y surge de manera espontánea el anclarlo a esa realidad. El humor en España lo dice Berto siempre, no se parece en nada al anglosajón, en cuanto a tradición, espectáculo. Aquí la tradición es otra, los sainetes, la corrala de la Pacheca, aquí no se entiende la ironía, aquí funciona el esperpento. Aquí siempre se busca el gesto grandilocuente y eso está incluido en el viaje de Berto, cómo intentar lo que él propone en España. Y que yo comparto. Soy un entusiasta del stand up comedy y no tiene absolutamente nada que ver la escena en EE UU con la de aquí, la realidad social, económica y geográfica es diferente, claro, pero se entiende de otra manera, porque viene de otro sitio. Berto siempre dice la broma de que aquí la comedia viene de Goya, del cuadro de los garrotazos, y se están contando chistes.

¿El miedo al ridículo le persigue también durante la promoción?

Uno siempre tiene pánico a hacer el ridículo. Yo ahora que se acerca el estreno lo único que quiero es no hacer el ridículo, no aspiro a nada más. No tengo ambiciones de ningún otro tipo, solo a no hacer el ridículo, poder volver a la madriguera como una comadreja.

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