¡Norl!

Hoy nuestro país es un lugar un poquito más triste, un poquito más inhóspito. Se ha marchado para siempre un artista que dedicó toda su vida a la música y cuando ya tenía edad para jubilarse, aprovechó la oportunidad que le brindaron de participar en un programa de televisión para conquistar nuestro imaginario. Chiquito de la Calzada fue el primer fenómeno viral de la historia de España, omnipresente en la tele (tanto él como sus imitadores), reproducido en mil y un soportes (desde camisetas hasta los tazos que contenían las bolsas de Matutano) e invocado constantemente en los hogares (donde se repetían sus extraños versos en cualquier ocasión).

Hoy han dicho de él muchas cosas, la mayoría muy hermosas, pero hay un particular con el que no estoy de acuerdo. Chiquito era grande no solo por la forma en que contaba sus chistes, sino también por los propios chistes, que pertenecían al acervo humorístico popular. El suyo era el humor de la gente humilde, la comicidad que exuda de nuestras dificultades, la hilaridad con la que se combate la miseria. Eran los chistes de la gente que “nació después de los dolores” y que tenía que “freírse los huevos con saliva”. Chistes viejos, mil y una vez contados y escuchados, pero nunca hasta su llegada narrados con tanto pathos.

Su último chiste es funerario: el pecador de la pradera salido de Málaga que aunque se pasó la vida gritando “No puedor” acabó copando las portadas de todos los periódicos y abriendo telediarios el día de su muerte.

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