La noche de la nostalgia

Una extraña sensación de melancolía ha recorrido Estados Unidos durante la presente temporada de premios cinematográficos, que inició el pasado mes de noviembre y culminará el próximo 26 de febrero con la ceremonia de los Oscars (que emitirá en directo en España Movistar +). En gran parte por el aura nostálgica que emana de la película La ciudad de las estrellas, que ha triunfado reiterada e indiscutiblemente en todas las plazas posibles, desde los premios que otorgan los sindicatos de cineastas, de intérpretes o de la crítica de su país hasta los BAFTA británicos. Pero también, de alguna forma, esa tristeza vaga y profunda provenía de la conclusión de un idilio de ocho años entre la industria del cine del país y la administración presidencial de Barack Obama, que en el contexto de los Oscars estuvo escenificada en dos momentos históricos: en la edición de 2013, cuando la primera dama Michelle Obama leyó el título de la película vencedora de la noche (el thriller político Argo), y en la última gala, cuando el entonces vicepresidente Joe Biden presentó el número musical de la cantante Lady Gaga.

La ciudad de las estrellas, el filme del joven cineasta Damien Chazelle (Rhode Island, 1985) que reivindica el legado cultural del género musical, la potencia emancipadora del jazz y el poder redentor de los romances del Hollywood de la era de oro, con sus catorce nominaciones y el récord de premios cosechados en unos Globos de Oro (siete), parte como favorita en una de las ediciones de los Oscars con menos suspense -a priori- de la presente década. Todas las apuestas la señalan como vencedora, al menos, de los premios principales -película, dirección, actor y actriz principales-, solo queda saber si igualará la marca de once premios que ostentan Ben-Hur, Titanic y El señor de los anillos: El retorno del rey.

En estas circunstancias, la mayor incógnita de la noche es una cuestión que traspasa lo puramente cinematográfico: si los artistas usarán sus micrófonos y un altavoz global para expresar sus inquietudes al respecto de las primeras medidas políticas tomadas por el nuevo presidente de la nación, Donald Trump, abiertamente beligerante con los profesionales del cine, un sector en realidad heterogéneo, pero que en EE UU tiende a identificarse con el progresismo liberal y la “élite cultural”, enemigos declarados del magnate.

Simpatías demócratas.

La respuesta a ese misterio se personificará en la labor del maestro de ceremonias designado para esta edición, Jimmy Kimmel, humorista y presentador desde el año 2003 de un popular late night que lleva su nombre y que emite la cadena ABC, la misma que ostenta los derechos de gala. Conocido por sus simpatías hacia el partido demócrata, desde la toma de posesión de Trump el pasado 21 de enero, Kimmel ha aprovechado su espacio para ironizar sobre los decretos del nuevo presidente o para señalar las contradicciones de sus declaraciones. ABC fue la cadena elegida por Trump para conceder su primera entrevista televisada después de su nombramiento, en una hora de tensa conversación con el periodista David Muir en la que aprovechó para señalar a las emisoras del país que en su opinión habían informado de forma “imprecisa y equivocada” durante la campaña electoral. Entre ellas la propia ABC, a la que no parece preocupar la posibilidad de agraviar a los votantes de Trump, parte de su público potencial.

La ceremonia es el programa no deportivo más visto cada año en EE UU. Y en  la presente edición, además, la estadística juega de su parte. ABC ya ha vendido todos los espacios publicitarios por 2,1 millones de dólares (1,97 millones de euros), según ha confirmado la propia cadena al medio especializado estadounidense The Wrap. Se trata de una nueva cota récord y la primera vez que el valor de estos espacios de treinta segundos supera la cifra de los dos millones de dólares. Este precio se calcula con una estimación de la audiencia y el canal estima que superará la del año pasado -34,3 millones de espectadores en EE UU, la más baja de la década, según los datos de la agencia Nielsen- en base a la astronómica recaudación de la película favorita, La ciudad de las estrellas, que ha cosechado en taquilla solo en el país 122 millones de dólares (114 millones de euros) y en todo el mundo 255 millones de euros.

Esta curiosa relación se basa en dos casos paradigmáticos: Titanic (1997) y El señor de los anillos: El retorno del rey (2003), ambas ganadoras de 11 estatuillas, respectivamente convocaron frente a los televisores a 55 y 43 millones de espectadores (siempre según datos de Nielsen), dos de las audiencias más altas de los últimos veinte años. Pero esta no es la única razón en la que se basan los ejecutivos televisivos para creer que la gala de este año batirá muchas marcas.

Apuesta por la diversidad.

Tras dos años de protestas por la falta de diversidad entre los nominados, de género, pero sobre todo racial, acompañados de una campaña en redes sociales en denuncia de unos “Oscars demasiado blancos”, la Academia, presidida por la afroamericana Cheryl Boone Isaacs, ha reaccionado finalmente. Por primera vez en la historia de los premios hay al menos un intérprete negro nominado en las cuatro categorías reservadas a los actores y las actrices, tres de ellas compiten al premio a la mejor actriz secundaria. Tres también son los guionistas negros nominados al mejor guion adaptado. Por primera vez en la historia hay un representante afroamericano entre los candidatos a mejor fotografía (Bradford Young, por La llegada), y por primera vez desde 1970 un afroamericano que aspira al premio al mejor montaje. Los gestos de inclusión se completan con la presencia de tres cineastas afroamericanos que optan a un premio, Barry Jenkins -a la mejor dirección por Moonlight- y Ava DuVernay y Ezra Edelman -al mejor documental por 13th y O.J.: Made in America, respectivamente-.

Parece evidente que todas estas novedades en las candidaturas son consecuencia directa de la iniciativa A2020, promovida por Isaacs en 2015 para promover la diversidad racial y de género en la Academia hacia el año 2020, y que ha sido respaldada por los propios académicos en agosto de 2016 cuando la reeligieron como presidenta de la AMPAS (Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, por sus siglas en inglés). Si Estados Unidos es un país forjado y levantado por inmigrantes, la Academia, a la que se accede por invitación o por nominación, es su perfecto epítome, integrada por una heterogeneidad de artistas provenientes de todas las partes del mundo. No hay que olvidar que en los últimos tres años, y a pesar de las polémicas por la diversidad, ha premiado a dos directores mexicanos (Alfonso Cuarón por Gravity y Alejandro González Iñárritu por Birdman y El renacido, que con dos premios consecutivos ha igualado a viejos maestros como John Ford y Joseph L. Mankiewicz) y a su compatriota el director de la fotografía Emmanuel Lubezki (ganador de tres premios Oscar consecutivos por esas mismas películas).

En este sentido es muy probable que la Academia quiera también posicionarse en contra de Donald Trump, más aún teniendo en cuenta que hay un nominado y miembro de la organización que ya se ha visto forzado a anunciar su ausencia en la gala debido al veto migratorio del presidente: el iraní Asghar Farhadi, ganador del Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2012 por Nader y Simín: una separación y candidato al premio este año en esa misma categoría por su filme El viajante. Tras conocer la noticia, Cheryl Boone Isaacs se expresó de manera contundente: “Estados Unidos no debería ser una barrera sino un ejemplo a seguir y todos y cada uno de nosotros sabrá que habrá varios asientos vacíos en este patio de butacas. El veto migratorio ha convertido a los artistas en activistas”.

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