La freidora

Anoche, mientras cenaba, miraba distraído un episodio de la edición italiana de Pesadilla en la cocina. Siempre me ha parecido muy curioso que el programa repita sin variación el mismo esquema en cada uno de los restaurantes que visita y que a pesar de todo siga teniendo éxito. Pero desde que estoy en este país he aprendido a justificar mis placeres culpables con la excusa de desentrañar los secretos de su escritura.

En el restaurante de anoche, el Davis de Milán, el propietario había abocado a su familia a la ruina tras sumergirse en una profunda depresión a causa de un gigantesco fracaso anterior, el cierre de la cocina del Drop In, un lugar que frecuentaban famosos de toda índole de la capital financiera de Italia. El conductor del formato transalpino, el chef Antonino Cannavacciuolo, hizo lo que hace siempre: llegó, comió y se echó las manos a la cabeza. Sin embargo, algo de lo que ocurrió en el episodio me emocionó profundamente. Y entonces entendí todo.

Cannavacciuolo (y sus guionistas) entendieron inmediatamente que el motivo del desastre eran los recuerdos del Drop In esparcidos por todo el nuevo restaurante y propusieron al propietario del local de encerrarlos todos y de una vez para siempre en un baúl cerrado con llave. Y esa llave a continuación la fundieron en una placa de metal en la que inscribieron una palabra elegida por el protagonista del episodio: “Rinascita” (“renacimiento” o “reencarnación”).

En términos narrativos, esta operación que consiste en poner en relación un objeto con un sentimiento viene llamada “correlato”. Y sí, este caso concreto de “correlato” es un poco pedestre porque a nivel simbólico no es nada elaborado, pero logra su objetivo de establecer una relación de identificación con el personaje protagonista, en este caso el cocinero deprimido.

El secreto del éxito de programas como Pesadilla en la cocina se basa en esas pinceladas de técnica literaria que habitan en la guionizada versión de la realidad y por eso merece la pena verlas con atención e incluso estudiarlas. El problema es que la fórmula, repetida una y otra vez, pierde efecto y la construcción del relato se convierte en una rutina industrial. Un reality sobre las salas de escritura en las que se cuecen los realities podría producir tantas pesadillas como las freidoras ennegrecidas y los cadáveres de insectos en el fondo de un frigorífico que nos enseñan con aspavientos los histriónicos chefs de la tele.

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