Fellini, Talking Heads, Scorsese, Maradona

En el prólogo de La gran belleza la cámara flota alrededor de la Fontana dell’Acqua Paola, también conocida como Er Fontanone, una gigantesca cascada de agua situada en el barrio del Trastevere, a lo alto del Janículo, la octava colina de Roma. Un coro de mujeres -miembros del Torino Vocal Ensemble- interpreta I Lie, del compositor californiano David Lang. Una guía explica rutinariamente la historia del monumento a un numeroso grupo de turistas japoneses. Uno de ellos se aleja hacia la balconada que circunda la fuente, que ofrece una de las mejores vistas de la ciudad. El hombre contempla el paisaje a través del objetivo de su réflex y de repente cae fulminado. Probablemente por un infarto. Quizá provocado por el síndrome de Stendhal: elevado ritmo cardiaco, vértigo, confusión y desvanecimiento.

Esos fueron los síntomas que describió el escritor francés a ese estado de alucinación y de colapso que sufrió en Florencia. Y no es por casualidad que fuera un extranjero quien advirtiese del peligro de la sobreexposición de belleza que suscita un viaje por Italia. Los italianos están inmunizados, conviven desde hace siglos con la hermosura de ese escenario y no les afecta de la misma manera. Por eso es posible que La gran belleza haya sido mejor valorada fuera del país que dentro: no es tanto que nadie es profeta en su tierra, sino que que los italianos tienen un mayor umbral de sorpresa ante la belleza, ante el caos de su día a día, ante su tráfico loco y ante su excéntrica política. Todo esto, por supuesto, generalizando exageradamente, muy a la napolitana.

Aunque todo lo que cuenta la película es razonablemente posible. Quien ha estado en una discoteca italiana sabe que esa decadencia al ritmo de un remix de Raffaella Carrà no es una exageración. Quien ha visto más de una hora la televisión italiana sabe que no es nada extraño esa sala de espera en la que un cirujano recauchuta caras y dispensa botox como si fuera un sacerdote. El gran poder de la fascinación de Italia consiste en parte en que los italianos no se dan cuenta de su propia anomalía, están tan acostumbrados que nada les parece excéntrico ni fuera de lugar. Y Sorrentino es el mejor cronista de eso precisamente.  

El domingo pasado trasnoché por primera vez para ver en directo la gala de los Óscar. Y fue, principalmente, por él. Cuando Ewan McGregor pronunció The great beauty, salté de alegría y grité inconscientemente, lo celebré igual que el cuarto gol que le asestó España a gli azzurri en la final de la Eurocopa de 2012. Probablemente desperté a algún vecino -eran las 3.50 horas de la madrugada-. Llevo años adorando el cine de Paolo Sorrentino. Concretamente desde hace siete años, cuando vi Las consecuencias del amor.  Para mí era una cuestión sentimental más que cinéfila. 

Callé para escucharle en ese inglés macarrónico en el que agradeció el premio. Y reí cuando nombró a sus fuentes de inspiración: Federico Fellini, Talking Heads, Martin Scorsese y Diego Armando Maradona. No dijo ninguna mentira.

Maradona está presente en su primera película, L’uomo in più, la duplicidad de la soledad de dos personas que se llaman igual. El futbolista y el farandulero. Dos artistas de diferente especie. El primero un mago del balón y un visionario del juego -el falso nueve es la estrategia que propone para los equipos que no le dejan entrenar-. El segundo es un cantante, un seductor, un hombre de la noche hecho a sí mismo que ha pisado la cárcel, ha tocado la gloria con los dedos y se ha esnifado hasta la última de sus liras. “Es una gilipollez eso de que la cocaína te desgasta la memoria: son treinta años los que llevo metiéndome rayas y no me he olvidado de nada”. A Sorrentino le debemos la apuesta más firme por uno de los mejores actores del momento, Toni Servillo. 

A la mafia le gusta El padrino, pero no Uno de los nuestros, explicó Íñigo Domínguez, corresponsal de El Correo en Italia, en una entrevista reciente. No se identifican con ella porque no les dignifica, al contrario, es un retrato sucio y desmitificador de los criminales organizados, de su farisea idea de familia, de su patriarcal código de honor -la omertà, los valores que debe reunir un hombre, entre ellos el silencio- y de sus tradiciones barriobajeras disfrazadas de liturgia. Las consecuencias del amor es una película que perfectamente podría haber rodado Martin Scorsese: el correo de la mafia heroinámano, triste y solitario, la traición funesta, el castigo desproporcionado y fatal. Pero aún hay más en Il Divo, la espectacular historia de Giulio Andreotti, un personaje tan fascinante como despreciable. La secuencia de los títulos de inicio, que aúna un plano secuencia, una voz en off y una colección de asesinatos montados y secuenciados siguiendo los compases de una canción del grupo pop francés Cassius, es el homenaje más velado al maestro neoyorquino.

Una canción de Talking Heads daba título a la penúltima película del napolitano -This must be the place- y ésta sonaba mediada la película, al poco de que el protagonista aterrizase en Nueva York para afrontar su destino. En esa secuencia aparecía el exlíder del grupo estadounidense, David Byrne, interpretando la canción del título y el director ponía a su disposición todo el aparataje flotante que hace su filmografía tan reconocible y le regalaba un videoclip espectacular.

Hace cincuenta años Roma era una capital en ebullición que conjugaba de manera insólita lo sagrado y lo profano. Una ciudad-museo que acogía la visita de turistas de alta clase y celebridades de toda especie y recuperaba el lujo y el esplendor imperial perdido durante la guerra mientras el advenimiento de nuevas y extrañas costumbres se confrontaban con la tradición y la moral. Fellini recogió ese espíritu en La dolce vita y la ciudad y sus habitantes se creyeron su propio mito, a pesar de la amargura que destilaban las andanzas nocturnas de Marcello Mastroiani. Sorrentino relee el clásico y la imagen que proyecta el espejo del siglo XXI es una panorámica decadente. Pero no es la primera vez en la que esa melancolía felliniana -a veces festiva, otras turbia y triste- se respira en sus películas: el odioso usurero de L’amico di famiglia es un personaje que parece haber sido concebido por el de Rimini.

En la tercera temporada de la serie Boris el director se interpretaba a sí mismo con mucha sorna. La mayoría de los personajes creían que era el director de Gomorra (le confundían con Matteo Garrone) y solo una sabía quién era. Tienen una conversación, él trata de convencerla de que abandone esa serie de mierda y se una al reparto de su nueva película: “Escúchame bien: yo te estoy proponiendo entrar en la historia del cine”. Y no mentía.

 

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