El enigma

“La confianza es buena, pero el control es mejor”. Michael Haneke cita este aforismo atribuido a Lenin en el asiento del copiloto del coche en el que se dirige a una de las localizaciones que más tarde aparecerían en Caché (2005). Le acompañan varios miembros de su equipo y uno de sus colaboradores le confiesa entre risas que suele atribuirle a él esa frase. Una mueca orgullosa se dibuja bajo la barba blanca del cineasta. La escena forma parte del documental Michael H. Profesión: director, que se estrena en España coincidiendo con la fecha en la que el cineasta recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

Al principio de la película, en una pausa del rodaje de Amor, el actor Jean-Louis Trintignant recuerda con cierto pesar que le aseguraron que filmar con Haneke era muy divertido, pero que nada más lejos. “Él lo pasa bien en los rodajes. El resto, los técnicos, los actores, lo pasamos mal: tenemos miedo”, dice con gesto de terror. Tampoco es que sean revelaciones prodigiosas. “Un director de cine es un dictador” -o una variante de este axioma- es un lugar común al que recurren a menudo los cineastas en las entrevistas menos imaginativas. Pero parece que en este caso tienen un valor diferente al tratarse de un hombre al que se le presuponen, por su cine, un carácter difícil y una personalidad oscura. Por usar dos adjetivos amables.

En ese mismo coche mencionado arriba, el director cuenta que una major de Hollywood una vez le ofreció rodar un guion demencial acerca de un padre y un hijo en una jungla matando animales, una película hablada, pero con poco diálogo. “Ni se molestan en ver mi cine”, se queja. “Piensan: vamos a proponérselo a éste, que seguro que al idiota le alegra”, añade sardónico. Poco después de pronunciar estas palabras sí aceptó otra oferta igual de rocambolesca: dirigir un remake americano de Funny games que prácticamente recreaba plano a plano la original de 1997. “Soy un artesano. No hago este trabajo para que me den premios ni para entrar en la Historia del cine”, dice en otro momento de este filme, pero se ve que tampoco le amarga el reconocimiento cuando hace unos meses viajó encantado a Los Ángeles para recibir el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa.

Tampoco exageremos. Lo único que demuestran esas presuntas traiciones a sus principios es que Haneke es tan contradictorio como cualquier otra persona. Otros fragmentos del documental parecen estar dispuestos para romper el mito. Es humano -disculpen la perogrullada-: se carcajea con la inocente desinhibición de una de las niñas del reparto de La cinta blanca y bromea con los alumnos que tiene a su cargo en un taller de interpretación; grita a un secundario después de la enésima toma fallida y despide entre aplausos a otro que acaba de rodar su última escena. ¿Es buen tío Haneke a pesar de lo mal que se lo hace pasar a los espectadores? ¿Importa realmente?

El documental plantea un recorrido por la filmografía del director en sentido inverso y tiene un valor que los cinéfilos y los fanáticos reconocerán por recoger momentos detrás de las cámaras de todas sus películas desde Código desconocido. Y permite además conocer algunas de sus impresiones y su forma de entender el cine -sean o no impostadas-, que demuestran su evolución como artista. O como lo expresa Isabelle Huppert: “No ha evolucionado nada, pero eso no es negativo. Es definitivo en su radicalidad”.

Pero, ¿qué quiere expresar con esa radicalidad? “No quiero explicar mis películas [...] para dar al espectador la posibilidad de interpretarla”, ataja al entrevistador en otro momento -otra frase que probablemente harían suya la mayoría de cineastas-. Lo interesante no es tanto descubrir el sentido concreto de sus películas más crípticas sino por qué pretende que todas ellas sean “obscenas, que transgredan lo permitido” -en sus palabras- y por qué aspira a “tocar los miedos del público”, tal y como explica. Es decir: los aspectos sociológicos, culturales, psicológicos y hasta políticos de su obra, pero este documental no aspira a ahondar con rigurosidad en esas cuestiones -lo cual es una decisión perfectamente legítima, por supuesto-. De hecho, en algunas ocasiones bien podría pensarse que se trata de un mockumentary en el que el director Yves Montmayeur se ha confabulado con Haneke para enseñar al mundo lo que significa el “sentido del humor austríaco” -que él mismo menciona en otro de sus testimonios-.

“La pianista era una parodia del melodrama”, dice Haneke y agrega a continuación: “Funny games era una parodia del género policíaco”. Quizá, quién sabe, Michael H. es una parodia del género documental, una ficción metarreferencial, un divertimento que solo aspira a reírse del enigma y de esa imagen malévola que los medios hemos contribuido a perfilar. ¿Quién es Haneke? Pues eso: un director. Un señor que hace películas.

 

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