Encontrar a Sugar man

Sugar man debía de ser el nombre artístico del camello de confianza de Sixto Rodríguez, un cantautor estadounidense de raíces mexicanas que grabó un par de discos entre 1970 y 1971 y, después, aparentemente desapareció. En la que probablemente sea su canción más famosa pedía al tal Sugar man que se diese prisa, que necesitaba que le devolviese todos los colores a sus sueños. Como Bob Dylan, con el que tanto se le comparó en los años en los que estuvo en activo, dedicó una canción a su propio hombre de la pandereta, pero esa es solo una casualidad, una anécdota superficial, porque Rodríguez cantaba a algo mucho menos prosaico que pillar clandestinamente farlopa o maruja. Como las de Dylan, sus letras estaban cargadas de futuro y con ellas apuntaba al pecho. Pero, al contrario que Dylan, su carrera musical se acabó y nunca más se supo de él. Bueno, esta afirmación no es exactamente cierta, pero su historia completa requeriría una explicación más profusa que implicaría, inevitablemente, destripar Searching for Sugar man, el documental sobre la vida (¿después la muerte?) de Rodríguez que ha sido merecidamente premiado con el Oscar hace apenas una semana.

Desde su estreno en las salas españolas, el pasado 22 de febrero, se ha convertido en un fenómeno silencioso, como el secreto que se acaba confiando a un amigo con la promesa de que no lo compartirá con nadie más (y te traiciona de la misma manera que tú lo has hecho con otro primer amigo). Imagino que es la misma sensación que tuvo Rodríguez cuando conoció a Sugar man, el hombre que le suministraba las sustancias ilegales que le permitían abstraerse del deprimente suburbio de Detroit en el que vivía. Los que ya hemos conocido a Rodríguez nos saludamos como lo hacen los iniciados que forman parte de un culto secreto y nos damos coquetos guiños de aprobación en las redes sociales. Y es tentador desear que siga siendo así, para que su legado no caiga en las manos de un mercader que pervierta los principios que se juró a sí mismo el bueno de Rodríguez, el bardo proletario al que acabamos de descubrir. Pero es necesario difundir su palabra porque nos habla directamente y su voz es un melódico despertador contra las injusticias -aquí, en Detroit o en Johannesburgo-.

Para nosotros, él es nuestro hombre de azúcar, y el título del documental juega consciente y maliciosamente con esa confusión de personalidades, porque su vida y su música es una golosina que nos permite viajar a otro mundo posible. Rodríguez sabía que perderíamos nuestros trabajos dos semanas antes de Navidad y que eso, al Papa, no le importaría una mierda. Sabía que estábamos solos y se preguntaba cuándo volveríamos a dormir acompañados. Sabía, también, que en un país a la deriva lo más sensato es abrazarse al dulce licor que nos tienden los arcángeles estonios. Y tenía la certeza -porque lo habían acordado los sacerdotes en el escenario- de que no podríamos escapar, pero aun así merecía la pena seguir intentándolo.

Jamás lo había buscado, ni siquiera había oído hablar de él y, sin embargo, creo que haber encontrado a Sugar man es una de las cosas más maravillosas que me han pasado en los últimos años. Porque, sin quererlo, estaba reclamando su presencia con urgencia; porque, sin saberlo, necesitaba que alguien le devolviese todos los colores a mis sueños.

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