Hushpuppies

Hushpuppies es el vocablo con el que mi madre todavía se refiere a los Basset hound, esos simpáticos perros de patitas cortas, orejas enormes y mirada tristona. “Jaspapis -me explicó una vez, hace aproximadamente veinte años- era la marca de unos zapatos que se vendían cuando yo era pequeña”. En la caja de cartón que los contenía aparecía la imagen frontal de un Basset hound bajo el cual se leía eso, Hush Puppies. Y de ahí viene una confusión que, acabo de comprobar en Internet, traspasó las fronteras del Puente de Vallecas.

Mi memoria rescató esta conversación durante la proyección de Bestias del sur salvaje. Puede que solo sea una peregrina asociación de ideas. O puede que, en el fondo, una casualidad alucinante me permitiera conectar emocionalmente con la narrativa alegórica y esquiva de esta hermosa rareza indie -ganadora del Premio del público en Sundance y de la Cámara de oro en Cannes, entro otros muchos galardones- que se ha colado en la lucha por los Oscar con cuatro nominaciones: Película, Director, Guion adaptado y Actriz principal.

La actriz principal es la que me ha permitido establecer ese vínculo emocional con el filme. Se trata de una precoz intérprete de nueve años llamada Quvenzahé Wallis que encarna a una niña entrañable, sabia y vital de nombre -aquí llega- Hushpuppy. Su personaje vive en una isla ficticia de las que conforman el auténtico archipiélago del Golfo de México, en el sur de Luisiana. El hábitat de una comunidad de pescadores como su padre, un tipo que vive al día, sin más preocupaciones que las de irse a dormir con el estómago lleno y, a ser posible, la cabeza confundida con una buena dosis de aguardiente y cerveza. Un microuniverso marginal -equivalente a un barrio chabolista, a las favelas o los morros de América Latina- donde la escasez material no es incompatible con la plenitud espiritual.

Pero aquí no hay pretensiones moralizantes. El joven cineasta Behn Zeitlin, en su debut en el largometraje, no coloca su cámara con interés antropológico. No aporta una mirada romántica a la vida disoluta del buen salvaje, en ningún momento tiene la intención de decirnos “con menos se vive mejor”; tampoco la de observar a esta comunidad desde una perspectiva etnocentrista o documental con la que remover las conciencias de sus compatriotas: el relato científico o la denuncia no están entre sus prioridades.

Cámara en mano nos sumerge en esta bañera -así se llama este territorio imaginado- para que convivamos con ellos y formemos parte de una ensoñación, porque éste es un relato que juega con el realismo mágico para abordar el pasado mítico que configura la infancia en el recuerdo y cómo todo aquello se desvanece cuando ese mundo tiende a su fin: cuando el padre de la niña enferma irremediablemente y al mismo tiempo las autoridades estadounidenses les obligan a evacuar su lugar de origen ante inminencia del enésimo huracán.

El apocalipsis está siempre presente: sus pertenencias más valiosas son los restos del anterior naufragio, reutilizados como aperos, utensilios para la pesca, jaulas, embarcaciones y hogares. Cuando las primeras lluvias anuncian el advenimiento del diluvio definitivo, los irreductibles deciden quedarse allí, que es el lugar al que realmente pertenecen, con la convicción de que el mundo de fuera no es mucho mejor. Pero el apocalipsis no es necesariamente el desastre del Katrina -ni siquiera el vertido de la plataforma de BP que les sorprendió en medio del rodaje-. Aquí, la furia del cielo solo se escucha: el tamborileo del agua sobre un techo de chapa se representa visualmente con el furibundo trotar de una manada de uros.

Bestias del sur salvaje puede leerse como el abismo al que nos asomamos, seamos o no salvajes, cuando no nos queda más remedio que enfrentarnos a la madurez -en una fantasía similar a la de Donde viven los monstruos, el cuento de Sendak que adaptó recientemente Spike Jonze-: cuando la fuerza arrasadora de la tormenta de turno nos arrebata de un golpe la inocencia y ésta se pierde en la marea.

La lectura, por supuesto, no es unívoca. Su complejidad poética requiere empatía y complicidad por parte de cada espectador, que probablemente encontrará su propia respuesta a través de una conexión emocional, más que desde el análisis racional. El vínculo que establecen los protagonistas, padre e hija, parece también nominal. La pequeña trae una ofrenda desde ultramar (¿el Hades? ¿la moneda bajo la lengua para pagar el viaje a Caronte?): carne de cocodrilo empanado con harina de maíz, un plato que remite a la concepción de la niña, si nos atenemos al relato del padre. Curiosamente, estas croquetas se llaman hushpuppies.

En mi caso, y por eso me he permitido una divagación psicologista, mi respuesta está en el interior de una caja de zapatos donde mi madre guarda los recuerdos más hermosos de su infancia, el ancla al que nos aferramos para no desaparecer con cada embestida vital. Insisto: es pura coincidencia.

Ustedes me perdonen.

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2 respuestas a Hushpuppies

  1. Diego dijo:

    Desde luego hacía mucho mucho tiempo que una película no me emocionaba tanto, la niña hace un papel brutal , y el padre no se queda corto, una se estrena en el cine y el otro en la vida real es panadero (según rezaba el folleto antes de entrar al cine), no sé si el director es un genio, o estaban hechos para el papel.

    • Antonio Díaz dijo:

      Yo estuve a punto de soltar lagrimita en un par de ocasiones, no te lo voy a negar. Y sí, por lo visto el padre era el panadero que les vendía los donuts cada día a los de la producción, hasta que acabaron fichándole. Un acierto todo el cásting.

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