Crítica: Reality

Reality
Dirección: Matteo Garrone.
Intérpretes: Aniello Arena y Loredana Simioli.

Durante años Mercedes Milá se ha esforzado por convencernos de que Gran Hermano es mucho más que un reality show: es, en sus palabras, “un experimento sociológico”. Basta echar un ojo a un resumen vespertino de ese exitoso engendro de panóptico para que tal afirmación produzca hilaridad o, directamente, impúdico descojone. Si hay algo de sociológico en el experimento no emana del interior de la casa, sino del propio contexto social e histórico en el que aparece y se desarrolla el concepto del programa, paradigma de un modelo de televisión que acaba erigiéndose en epítome de una época en la que ha triunfado la horterada y la estulticia. Exponerse al juicio de millones de espectadores y mostrar las intimidades en un escaparate continuo es un peaje insignificante en la autopista hacia el estrellato, el camino más corto para abandonar una existencia mísera y anodina.

Ese parece ser el razonamiento de Luciano, el protagonista de Reality, el nuevo filme de Matteo Garrone (Gomorra), un pescadero napolitano obsesionado por entrar en la dichosa casa, una aspiración que se le antoja el final de una vida de estrecheces, de absurdos madrugones en la lonja y de la sempiterna peste de vísceras de pescado incrustada en las yemas de sus dedos: una vida cómoda y abundante sin necesidad de partirse el lomo cada día para salir adelante. La película explora el proceso por el cual este humilde trabajador se convierte en un personaje televisivo de tal forma que la telerrealidad se confunde con lo real hasta que una y otra son indistinguibles. Una suerte de hedonismo aprehendido que funciona como una droga que nos hace adictos a una proyección de nosotros mismos (de alguna forma, el mismo efecto que fundamenta nuestra hiperactividad voyeur y exhibicionista en las redes sociales).

Sin resultar pretencioso, el cineasta napolitano parece construir una relectura del neorrealismo adaptada a nuestro tiempo. Esta vez el cine no surge en una posguerra, sino de una devastadora crisis sistémica mundial. Si el movimiento de los maestros italianos (De Sica, Rossellini, Visconti) hizo virtud de la carencia de medios, y directores y guionistas se expresaron a través de películas que retrataban la pobreza, la desesperanza y la frustración, Garrone, con muchos más medios y más presupuesto, explora esos mismos territorios con la convicción de que ahora, como entonces, es necesario ser incómodo. Y como los maestros, recurre a un reparto mayoritariamente amateur encabezado por el ya célebre Aniello Arena, un reo que está fraguando su reinserción en la sociedad de la mano de la compañía de teatro de la prisión en la que cumple condena desde hace veinte años por doble asesinato (y que se ha revelado como un intérprete formidable).

Realismo, realidad y reality son las tres dimensiones conceptuales sobre las que se sustenta esta portentosa ficción: se yuxtaponen a partir del momento en el que el protagonista, en la mitad de la película, peregrina a Cinecittà -el templo del cine italiano que ha albergado desde su primera emisión en el año 2000 el estudio en el que transcurre el Grande Fratello- para entregarse voluntariamente al último casting para optar al televisado encierro, y se funden con sobria elegancia en un desenlace emocionante y perturbador.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Current day month ye@r *