Crítica: La cueva de los sueños olvidados

La cueva de los sueños olvidados.

Dirección: Werner Herzog.

La cueva de Chauvet, en el sur de Francia, esconde las pinturas en entorno natural más antiguas de las que se tiene conocimiento. Un tesoro pictórico que ha permanecido oculto durante mucho tiempo -por el sumo celo de los investigadores que trabajan en su conservación- y al que han tenido acceso muy pocas personas. El cineasta Werner Herzog es una de ellas y a él debemos agradecerle que haya aprovechado la incursión para registrar el interior en el documental La cueva de los sueños olvidados.

La excepcionalidad del lugar no es la única razón que hace esta película diferente en su disciplina. El uso del 3D es insólitamente inmersivo y hace de esta visita guiada una experiencia tan claustrofóbica como asombrosa. Pero hay más: Herzog es un visitante atípico, un intelectual que no se limita a capturar lo que ven sus ojos y contarlo de manera objetiva y fria, sino que comparte con el espectador sus propias reflexiones sobre los orígenes de la expresión artística y en sus conclusiones regala un buen puñado de pensamientos sobre los seres humanos y la relación con su entorno.

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