Sáhara (III): Hijos de las nubes

Había mucha expectación alrededor de la proyección de Hijos de las nubes tras el acto de inauguración del FiSahara. En parte por la buena acogida de la película en el Festival de Berlín y las reseñas positivas extraídas de los primeros pases de prensa, pero sobre todo por la curiosidad que despertaba la reacción del público autóctono.

El cineasta Álvaro Longoria y el actor Javier Bardem han reunido el empeño y el compromiso necesarios para levantar el documental definitivo sobre la situación de los refugiados saharauis. Definitivo por su condición de arma política: concebido como película informativa, pedagógica y claramente posicionada -pero no por ello tendenciosa- y por haber sido producida y rodada con la ambición de que trascienda más allá de su público natural (el español) y llegue al mercado internacional.

El actor es el presentador necesario y su proceso de implicación con la causa es en sí mismo un arco narrativo que culmina con su intervención ante el Cuarto Comité en la sede de Naciones Unidas de Nueva York. Pero Bardem no es el protagonista, sino una pieza fundamental para que se cumpla el propósito de esta película. En realidad sus intervenciones son muy reducidas, incluso algunas de ellas aportan un punto de comicidad imprescindible para liberar la tensión dramática. Longoria le coloca frente a la cámara cuando todo el equipo recibe el rechazo y las excusas más marcianas de parte de las autoridades marroquíes o argelinas para negarse a participar, y es el encargado de reproducir la postura diplomática francesa en este asunto, tal y como se lo confiesa poco antes un representante galo que rehusó ser grabado: Francia y Marruecos son como dos amantes que se quieren, pero que jamás se casarían porque en el fondo les cuesta mucho soportarse. A eso lo llaman realpolitik.

No obstante, los participantes son de nivel y es ciertamente impagable escuchar al expresidente Felipe González -maestro de la oratoria y genio del regate- cómo escurre el bulto de manera admirable, o a un exministro de Asuntos Exteriores francés que exuda cinismo en sus testimonios negando la mayor acerca de las violaciones de Derechos Humanos o de la legislación internacional.

No obstante, quizá lo más valioso de Hijos de las nubes sea el abundante material de archivo que rescata Longoria. Impresionantes imágenes que ilustran la Marcha Verde que colonizó el Sáhara Occidental, esperpénticas grabaciones del cambio de guardia militar –“Ya pueden entrar, aquí no queda nadie”, le dice un soldado español a otro marroquí-, las bravatas lanzadas por el entonces rey alauita, Hassan II, o el descaro del monarca de cara a la opinión pública internacional en una maniobra política auspiciada por George Bush –aceptar la  consulta popular exigida por la ONU-, pero impidiendo con todas sus fuerzas (y muchos fondos) que se llevara finalmente a cabo.

FiSahara no es un Festival cualquiera, pero incluso con sus peculiaridades -la pantalla en el desierto o un público en absoluto especializado-, respeta los mismos protocolos que cualquier otro certamen. Si las ovaciones espontáneas durante la proyección y los aplausos cuando caen los títulos de crédito sirven para medir la recepción crítica de una película, en ese caso Hijos de las nubes ha sido un éxito.

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