Ciak


En esta escena de la serie italiana Boris, el realizador Renè Ferretti pide a un veterano actor que salga del set para comentar con él un asunto. El actor, preocupado, le pregunta si ha hecho algo mal. Y Renè lo niega con elogios a sus cualidades interpretativas. Todo lo contrario, le dice, es que es demasiado bueno en comparación con los otros. Le ruega que rebaje un poco su nivel, que haga su trabajo a cazzo di cane. Esta expresión, intraducible al castellano de manera literal, se refiere, de una manera escatológica, a una acción o a una actividad ejecutadas sin la menor preocupación o el mínimo criterio -mal y pronto, que diríamos-.

El motivo oculto detrás de esa petición es mucho más complejo de lo que Renè explica en esta escena. En esta ficción -que se emitió en el canal de pago Fox de Italia-, Renè y su equipo son los responsables de un inexistente culebrón de éxito en horario vespertino. Durante años han sufrido las injerencias de la productora y de la cadena pública que emite el serial y se han acostumbrado a sus exigencias: cumplir con los plazos de rodaje, ajustarse al presupuesto, montar rápido el episodio y comenzar con el siguiente. Un bucle infinito que ha mutilado las ambiciones estéticas del realizador protagonista. Ya no le importa el encuadre que coloque su operador de cámara ni la iluminación de su director de fotografía ni las tramas absurdas que se inventan los guionistas -unos personajes que en la serie adquieren un tono autoparódico-. Dai, dai, dai!, grita a los suyos con insistencia. A cazzo di cane, les repite.

Hablamos muy a la ligera de la calidad de la televisión. Decimos que es una basura. Y, en general, tenemos razones de peso que sostienen este juicio. Pero nos olvidamos de que detrás de cada programa hay un equipo de profesionales -cámaras, regidores, técnicos de sonido, becarios- que se dejan la piel todos los días para que éste se emita. Y ellos, en general, no tienen la culpa de lo que ocurre dentro de él. Si conociéramos a alguno de ellos, seguramente reconocería con vergüenza que trabaja para tal o cual cadena. Y para tal o cual programa. Como si fuera el responsable último de que una indocumentada que se quedó embarazada de un torero saliera a vociferar idioteces mientras masca chicle.

En el doble capítulo que abre la tercera y última temporada de Boris, titulado Otra televisión es posible, Renè se prepara para asumir su trágico destino: la dirección del biopic televisivo de Nicolás Maquiavelo, un proyecto maldito que en la segunda temporada había definido como el equivalente a la última advertencia de la mafia. Pero de forma inesperada recibe un encargo por parte de un nuevo creativo de la cadena pública que puede salvarle de este ajuste de cuentas laboral: una nueva serie de hospitales en la que se denuncia la precariedad del sistema sanitario público italiano. Una ficción que apuesta por el realismo, dura, nada amable, sin concesiones. Lo hace convencido de que hacer otra televisión es posible: que a los italianos, como a todo el mundo, también les gusta la calidad.

Boris es mucho más que una serie televisiva italiana que radiografía la ficción de ese país. Es un retrato fidedigno de la televisión de mierda -en ése y en cualquier otro lugar- donde trabajan auténticos profesionales obligados a olvidar sus códigos morales por un puñado de dólares: porque hay que comer y pagar facturas a final de mes. Una situación desesperante que conduce irremediablemente a la desidia, a hacer todo, como dice el protagonista, a cazzo di cane.

Lo terrible es que ningún trabajador está a salvo de que sus condiciones laborales empeoren. Silencio, que entramos en el próximo ciak:

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