Gym Tonic

Gym tonic. Un western cardiovascular.

(Un relato informativo inspirado, libérrimamente, en una historia real)

1. La liturgia.

Plegó una pierna y, ayudándose con la mano, que agarraba el empeine de la zapatilla, apretó la planta del pie contra el glúteo. Mantuvo esa posición hasta que sintió que el músculo -¿el cuádriceps?- se había estirado. Repitió la operación con la pierna y la mano contrarias. Después, comenzó a dibujar círculos sobre el suelo con la punta del pie izquierdo, levantando el talón. Y, a continuación, con el derecho, el mismo ejercicio. No sabía realmente si estas maniobras servían realmente para algo, pero le gustaba repetirlas porque le otorgaban cierto empaque ceremonial.

Se subió a la cinta motorizada, conectó sus auriculares a la entrada de audio provista en el display de la máquina, sintonizó el canal de la televisión que tenía de frente y subió el volumen: lo suficientemente alto para que el ruido de la propia máquina funcionando no interfiriera en la recepción del sonido del televisor. Apretó el botón de marcha y marcó con el teclado numérico la velocidad. Comenzó a caminar deprisa. Dos minutos después, introdujo un nuevo número, más elevado, para comenzar a galopar a una velocidad a la que le gustaba denominar “de crucero”, y a la que se mantendría los siguientes treinta minutos.

2. La regresión.

Su médico le dijo que necesitaba hacer ejercicio si quería evitar sufrir un infarto antes de llegar a la treintena. La amenaza se hizo más aterradora cuando las taquicardias le empezaron a despertar por las noches y, como consecuencia de ellas, durante el día se iba durmiendo por las esquinas. Fumaba mucho, y el doctor, claro, le recomendó que dejara de fumar, pero no entraba entre sus planes abandonar el hábito, así que solo había una salida posible a este conflicto. Desde la infancia había sido un negado en los deportes de equipo. Como a buen cobarde, se le daba bien correr, pero no tenía la suficiente fuerza de voluntad como para salir solo a trotar, emepetrés en ristre, por la calle, contra el frío, la lluvia o los rayos del sol. Y así es como nuestro protagonista, un tipo raro, bajito y alérgico al ejercicio físico, acabó apuntándose a un gimnasio.

Le gustaba ir a las cuatro de la tarde. Había poca gente, lo que en su críptica manera de interpretar la realidad significaba “pocos testigos” que pudieran juzgar su aspecto, lo que él consideraba su “pinta de idiota”: pantalones cortos, camiseta de promoción de una película infumable, zapatillas de correr y calcetines deportivos blancos. Además, a esa hora, en la televisión autonómica emitían películas del oeste. Corría, por tanto, con la cabeza al frente, no por altivez, sino para mirar a la tele, convencido de que los indios, los vaqueros y los caballos le ayudaban a engañar al cansancio y a sus negros pulmones. Sus ojos solo se desviaban de la pantalla cuando aparecía alguien en la sala. No tenía el más mínimo interés por los que entraban: simplemente pasaba lista.

3. A través del espejo.

Ahí entra Anciano Atlético, con su camiseta negra, recuerdo de Santo Domingo, con una mancha circular roja a la espalda. Viste la misma todos los días, orgulloso de cómo enfatiza su pecho palomo. ¿La lava a diario o la lleva permanentemente sudada?

Ahí entra Chulo Piscinas, con su camiseta de tirantes, marcando pectoral y mostrando bíceps, tríceps, deltoides y una cantidad de músculos que nuestro protagonista ni siquiera sabe cómo se llaman. Ahí va, Chulo Piscinas, con su sonrisa anabolizante y su portentoso caminar. Cada uno de sus pasos parece ensayado, como si supiera que su enorme presencia es tan imponente que nadie en el mundo podría evitar mirarle con admiración. Cuando Chulo Piscinas entra en la sala, echa una ojeada con la esperanza de encontrar a alguna forastera en la ciudad. Carne fresca que quede obnubilada con su cuerpo serrano. Pero sus ojos siempre encuentran a las mismas mujeres de siempre.

Encuentra a Armónica Fibrosa, que más que hacer ejercicio parece que prueba la resistencia de la máquina que todo el mundo aquí llama “elíptica”, sobre la que mantiene armoniosamente el ritmo durante tres cuartos de hora. A Ejecutiva Hedonista, que hace ejercicio mirándose al espejo y no se despega de su Blackberry. Dios no lo quiera, pero es posible que un día se le quede el cuello torcido, su cara formando un ángulo de noventa grados con su pecho. O que le entre flato, de no parar de hablar por teléfono mientras su corazón bombea sangre a ciento veinte pulsaciones por minuto.

A pesar de su diaria decepción, los ojos de Chulo Piscinas siempre buscan a Coqueta Traviesa, una joven de unos veinte años que se recoge el pelo con una goma del mismo color que el top deportivo que ese día ciña su voluptuoso busto, dejando que un flequillo mechado le caiga sobre el rostro, de forma tan estudiada que parece fortuita. Y el flequillo salta y hace acrobacias en el aire al ritmo que se contonea grácil sobre lo que aquí denominan el step.

Una vez, los ojos de Chulo Piscinas se cruzaron con los de la Coqueta y éstos, que son azules, debieron intimidarle, porque mostró, por primera vez, inseguridad. Y tropezó, sonoramente, con una máquina. Coqueta esbozó una sonrisa que pude ver reflejada en la galería de espejos que rodean la sala, aunque Piscinas no se dio cuenta, preocupado como estaba de no perder el equilibrio y caerse. Desde ese momento, como digo, la busca siempre. Quizá embelesado por la sensación de sentirse inseguro por un instante. O quizá por descifrar algún día la clave para saciar con ella sus deseos más lúbricos ahí mismo, en la sala que todo el mundo llama “de cardio”, delante del resto de presentes.

Entre los presentes, Espalda Mojada, un tipo de piel lechosa y corpulencia inabarcable que empapa de sudor su camiseta antes de empezar a hacer ejercicio. O Ciclista Frustrado, un hombre de unos cuarenta años que pedalea enfurecidamente, como si estuviera disputándose el maillot amarillo. También está La Parejita, un matrimonio que solo entra en la sala si hay dos máquinas contiguas que estén disponibles, aunque subidas a ellas no cruzan más de cinco palabras porque el resto del tiempo lo pasan jadeando, oliéndose el sudor el uno al otro. Lo cual es apestosamente romántico, a juzgar por las tiernas miradas que les dedica Lectora Infatigable, una señora de pelo blanco y arrugado rostro que pedalea tranquilamente al tiempo que sostiene contundentes novelones sobre el manillar de la bicicleta estática. Una venerable anciana que siempre saluda al apolíneo Piel Tostada, que combina los colores casi tan bien como la buena de Coqueta y le pone ojitos a Chulo Piscinas, aunque éste no se da por enterado.

El Raro, sin embargo, parece ajeno a todo esto. Nadie le conoce y nunca saluda. Entra en el vestuario, se cambia de ropa y se pone a correr como si le persiguieran. Una vez, Piel Tostada se cruzó con él en las duchas, sendas cinturas cubiertas con toallas, y le preguntó: “¿Qué, has entrenado mucho hoy?”. Y nuestro raro contestó: “No entreno: corro”. A Piel tostada aquélla respuesta le sirvió para confirmar que éste era un tipo raro y evitó volver a hablar con él. Piel Tostada, aparte de a Infatigable, saludaba a mucha otra gente en el gimnasio, y es bastante probable que extendiera la voz: “El Raro, además de raro, es gilipollas”, diría a la parroquia sin contemplaciones. El Raro, por su parte, pensó lo mismo de Piel Tostada al tiempo que reforzaba su negativa a empaparse del argot de gimnasio. “Entrenar, maldita sea, ¿entrenar para qué?”.

4. Duelo en OK Gym.

Coqueta dejó de manipular su step, se encaminó hacia las máquinas de correr y se subió a la contigua a la del Raro. Colocó su botella de agua sobre el aparato y se dirigió hacia la televisión en la que se proyectaba una película del oeste. Ahí, frente al Raro, con el brazo extendido hacia el botón que cambia de canal, preguntó a todos los corredores allí presentes: “¿Alguien está viendo esta mierda?” El Raro se desprendió un auricular del oído, carraspeó para vaciarse la boca de saliva y contestó, mientras seguía corriendo: “Sí, yo”. “¿Puedo quitarlo?” “No”. “Es una peli del oeste”. “Ya”. “Es que están poniendo Sálvame”. “Y yo estoy viendo Gerónimo, de Walter Hill”, sentenció, sin alterar su ritmo sobre la cinta. “O sea, que no me vas a dejar ver a la Esteban por ver esta mierda, ¿no?”. “No, no: te dejo que veas ladrar a la Esteban en cualquier otra televisión que no sea ésta”. “¡Menudo gilipollas!”, concluyó ella, y movió bruscamente su cara, como indignada, de forma que su mechón osciló graciosamente sobre sus ojos.

Piel Tostada intercambió con Coqueta una mirada en la que se podía leer: “Ya te lo dije”. Lectora Infatigable, que había interrumpido su lectura, miró al Raro con desaprobación. Ciclista seguía a su rollo, tratando de conquistar la siguiente meta volante. Anciano Atlético, con su rostro dirigido al Raro, asentía con una sonrisa cómplice dibujada en su rostro. Chulo Piscinas trataba de entender lo sucedido. Ejecutiva Hedonista giró su cuello en un ángulo imposible y le guiñó un ojo a nuestro protagonista. El señor Mojada jadeaba, exhausto, ajeno a lo que acababa de ocurrir a su Espalda.

Coqueta se encaminó con rabia hacia la máquina contigua al Raro. Recogió sus cosas con un gesto facial que pretendía infundirle temor, y se marchó, mostrándole las nalgas apretadas en sus mallas negras y su coleta recogida en una goma verde, del mismo color que su top.

5. Epílogo.

El raro continuó corriendo durante mucho tiempo, más del que pasaba habitualmente sobre la máquina. Después aminoró la marcha para reducir pulsaciones, tal y como le había recomendado la simpática y hermosa monitora el primer día. Cuando su corazón volvió a batir a un ritmo parecido al de reposo, se dirigió a los vestuarios para quitarse la ropa empapada de sudor y se fue a las duchas, toalla anudada a la cintura. Allí se cruzó con Chulo Piscinas, que le dijo: “Qué carácter, la de las mechas, eh”. Y con su boca, sonriendo, se movieron cientos de músculos faciales, y se tensaron, aún más, los de su cuello.

Nuestro Raro, probablemente, nunca ligará con la neumática Coqueta, la mujer más bella del gimnasio. Pero, sin pretenderlo, se ha ganado la amistad de un Anciano con el que comparte gustos cinematográficos, la admiración de un tío que le dobla el tamaño y está más fuerte que el vinagre y el amor, no confesado, de una ejecutiva con el cuello retráctil.

Al Raro le gusta llamarlos su “Grupo Salvaje”.

CODA

¿Siguen sin creer que el western está más vivo que nunca? Entre los días 8 y 11 de septiembre en la localidad de Tabernas, Almería, se celebra el I Festival Internacional de Cine Western de Almería.

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12 respuestas a Gym Tonic

  1. Capillovic dijo:

    Me ha encantado ¡Enhorabuena!

  2. Jose dijo:

    Me sumo a Paco, buenísimo!!! Y eso es amor al western, dejar escapar una oportunidad de raspar con una cachonda de gimnasio por ver “Gerónimo”. No me quiero ni imaginar lo que podría pasar con una de Clint…

    • Antonio Díaz dijo:

      Llega a ser una de Clint y nuestro amigo habría actuado como el propio Clint en ‘Gran Torino’: dedos índice y corazón extendidos, apuntando a la susodicha, y pum, pum, pum. Todo ello sin dejar de correr, claro.

  3. fer dijo:

    Es usted un grande.

  4. Adolfo dijo:

    Maravillosa crónica de la cotidianeidad.

    • Antonio Díaz dijo:

      Bueno, si tienes que elegir entre la leyenda y la historia real, quédate con la leyenda, que diría aquél.
      Gracias, Adolfo.

  5. Javier dijo:

    ¡Con dos cojones! ¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!!!
    Me ha encantado la historieta, sin duda el mantenerse firme del Raro ha hecho de el Gym un lugar mejor.
    Pena que “el raro” tenga que salir en defensa del cine Western, en un mundo bonito debería defenderse solo.
    Duro con el entrenamiento capitán.

  6. Marcos dijo:

    Muy bueno Toni. Tiene que ser jodidísimo correr en una cinta con los pantalones por los tobillos y la Esteban berreando!

    • Antonio Díaz dijo:

      Voy a pedir que me pongan un botón de “me gusta” para poder valorar comentarios como éste. Un abrazo, don Marcos.

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