Juego de tronos

Hace aproximadamente tres años el escritor David Benioff (Nueva York, 1970) y yo bajamos juntos en un ascensor. Nos habían presentado poco antes y en esos incómodos segundos que compartimos en aquel habitáculo de dos metros cuadrados que se desplazaba verticalmente, solo acerté a decir, para romper el hielo: “¿Qué, te gusta Madrid?”

El tipo, alto, imponente y hasta apuesto -desde una perspectiva objetiva y heterosexual-, me respondió afirmativamente, supongo que más por cortesía que por certeza, porque llevaba pocas horas en la ciudad, y a continuación me formuló otra pregunta: “Oye, ¿por qué a los madrileños os llaman gatos?” Y yo le conté como pude un par de teorías sobre el origen del apelativo, sin tener muy claro cuál de ellas era cierta, pero que parecieron satisfacerle.

Hace aproximadamente tres años, Benioff no era muy conocido en España, prueba de ello es que apenas cuatro periodistas nos apuntamos a la convocatoria organizada por su editorial en castellano, Seix Barral. En realidad, en un principio a mí solo me interesaba conocer al escritor que había fascinado a Spike Lee con su primera novela, The 25th hour, hasta el punto que el realizador afroamericano le acabara encargando la labor de convertirla en el guión de su excelente película La última noche, protagonizada por Edward Norton.

Sin embargo, estoy seguro de que tres años después, el bueno de David tendría un recibimiento completamente diferente si se acercara a España otra vez, tal y como hizo aquel verano de 2008. Hablando mal y pronto: habría hostias por entrevistarle. ¿Por qué? Porque este muchacho es el creador de Juego de tronos, la adaptación a la televisión de la saga Canción de fuego y hielo, de George R.R. Martin.

No he leído las novelas del que llaman “el Tolkien americano”, que hoy mismo ha publicado el quinto tomo de la serie -que supera las mil páginas-, pero algunos buenos amigos de cuyo criterio me fío, me han prometido que son una maravilla. Y sospecho que tienen razón después de ver el último episodio de la primera temporada, que emitió anoche Canal +.

El material original debía de ser muy bueno para convencer a HBO, el canal de cable estadounidense que se diferencia por arriesgar con sus propuestas (la suprema calidad de las mismas se da por descontada), pero es necesario reconocer el mérito de Benioff y su colega D.B. Weiss -coguionista y coproductor- por haber sabido condensar la profusa lírica de Martin y compactar el primer libro en diez espectaculares entregas de una hora.

Uno de los lugares comunes que solemos utilizar al referirnos -con otro cliché- a la edad de oro de la televisión estadounidense es que “si los grandes escritores anglosajones como Shakespeare o Dickens vivieran en nuestra época, estarían trabajando para los canales de cable”. Y si The wire representaba ese aspecto dickensiano que tanto apasionaba a su creador, David Simon, es indudable que esta trama fantástica cargada de violencia, sexo, traiciones y camaradería, podría llevar la firma del mismísimo bardo de Avon.

En aquella entrevista, hace tres años, Benioff me confesó que Hamlet era la obra de Shakespeare que más le gustaba, y no es necesario hurgar mucho en las intrigas palaciegas que tienen lugar en Desembarco del Rey para embriagarse del mismo pútrido olor que se respiraba en aquella Dinamarca. Y no solo por la lucha que suscita la sucesión por el trono, sino también por la corrupción moral de sus personajes, la importancia del incesto en la trama y la negrura del humor que caracteriza la serie. “Hamlet es la más divertida de todas sus tragedias”, me dijo Benioff. “Es necesario dosificar el humor dentro de una tragedia, es como una fotografía, si no hay contraste es imposible que se perciba igual de bien el drama, mientras que si dosificas el humor, la gama de grises, el contraste, se intensifica, y se perciben mejor las dos cosas: el humor y la tragedia”.

Su tercera novela, Ciudad de ladrones, aquella que promocionaba en Madrid en 2008, era otra tragedia divertidísma en torno al asedio de Leningrado, uno de los episodios más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, poco dado a la chufla. Benioff, sin embargo, combinaba con genialidad la desasosegante descripción del drama que se vivió durante 872 días en la actual San Petersburgo con las increíbles aventuras de un pícaro ruso -al que presentaba como su abuelo- que debía cumplir una misión suicida ordenada por un alto mando del Ejército Rojo o, por el contrario, enfrentarse a un pelotón de fusilamiento.

La novela me gustó tanto y me lo pasé tan bien que le pedí algo que no he pedido nunca -¡jamás!- a nadie al que haya entrevistado: que me firmara el libro. Poco antes de despedirnos, me dijo que se marchaba de Madrid esa misma tarde. Nos dimos la mano, me dio una palmada en la espalda y, justo cuando me giraba para irme, me preguntó: “Oye, una última cosa: ¿hay mucha fiesta en Barcelona?”

Un crack, el tío.

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4 respuestas a Juego de tronos

  1. Madi dijo:

    Nene, qué gusto da leerte. Gracias por la sugerencia, me apunto la serie…para los libros no hay mucho tiempo;P

  2. Guillermo Romero dijo:

    Increible post!!!!

  3. Adolfo dijo:

    Un placer leer todos los post. Éste y el último de Srebenica son especialmente brillantes.

  4. Jose dijo:

    Me sumo a la lista de colegas que te recomiendan la saga de “Canción de hielo y fuego”. Y no hagas caso de las etiquetas, George R.R. Martin y Tolkien no tienen nada que ver. En cualquier caso, los dos son unos maestros…

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