La plenitud de Vargas Llosa

La guerra del fin del mundo

Mario Vargas Llosa

Alfaguara*. Madrid, 2005

720 páginas. 22,5 euros

Un escritor no puede ser otra cosa que un creador de mundos. Da igual que se trate de un novelista, de un dramaturgo o del más tímido de los poetas; da igual que sus herramientas sean finos versos o densos océanos de prosa, o que por el contrario su ambición se atreva con mezclas imposibles de todas las escrituras, de todos los estilos y de todos los géneros. Todo el que se enfrenta a una página en blanco con la ambición de arrancarle literatura se convierte al instante en un forjador de mundos, y eso conlleva un deber. El deber es que al instante el autor se convierte en dios absoluto de su texto, en responsable único no sólo de su calidad, sino también de su credibilidad, de su belleza, de su naturaleza misma como artefacto literario.

La responsabilidad es enorme, y por eso la mayoría de los autores optan por centrarse en una parcela de la realidad bien conocida o presentida; se limitan a unos pocos personajes y a unos pocos lugares y circunstancias, lo que les pone a salvo de inmensidades desconocidas. Pero estos autores son sólo semidioses creadores, porque a pesar de que pueden encerrar el mundo entero entre las cuatro paredes literarias que propongan, no se atreven a empuñar todos los resortes de su divinidad creadora. Esto último sólo corresponde a un puñado de autores locos, absolutamente endiosados, casi siempre novelistas, que no se contentan con pintar sólo un par de esquinas de un lienzo ya establecido; ellos pretenden tallar y pintar la totalidad de un mosaico gigantesco, hacerse cargo de la sensibilidad de cada uno de los fragmentos, pero sin perder jamás de vista el sentido de conjunto, de mundo levantado sobre el cero absoluto, piedra a piedra. Estos escritores no se contentan con la ambición inherente a la escritura literaria; lo suyo, simplemente, es megalomanía.

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) pertenece a esta raza de elegidos. O al menos perteneció un tiempo, a principios de los ochenta, cuando alumbró la prodigiosa novela La guerra del fin del mundo. Se trata una obra plena, total, catálogo de literaturas, de sabidurías narrativas y de prodigios formales, que, sin embargo, por alguna extraña razón que se sospecha ideológica, casi nunca aparece incluida entre las obras mayores del autor.

La guerra del fin del mundo, que se apoya en un episodio real, está ambientada en el Brasil de finales del XIX, en el sertón bahiano, una zona semidesértica y miserable del norte del país. Allí, en la remota localidad de Canudos, un profeta itinerante al que la gente denomina El Consejero ha fundado una comuna fanática regida por los preceptos del Buen Jesús que se levanta contra la República recién constituida, a la que considera el Anticristo. Con este punto de partida, Vargas Llosa empieza a tejer un tapiz por cuyas hebras pasa todo el Brasil de aquellos últimos estertores decimonónicos. A través de decenas de personajes y puntos de vista, el lector se pone en la piel del campesino sertanero orgulloso en su miseria; del salteador redimido que ahora roba y mata en nombre del Buen Jesús; del latifundista nostálgico del Imperio que no comprende el fanatismo que alimenta a los que hasta hace apenas unos años eran sus esclavos, o en la piel del coronel jacobino que tampoco entiende nada de lo que ocurre en Canudos, pero que guiado por su propio credo fanático, el del militarismo y el Progreso, cruza el país para ahogar en sangre una revuelta que cree monárquica y respaldada por potencias extranjeras.

De este modo, con pericia de orfebre pero con una prosa torrencial, camaleónica y en absoluto estado de gracia, que captura el alma de todo y de todos, Vargas Llosa presenta al lector una deslumbrante constelación de historias que se entrecruzan y alimentan entre sí, sostenidas en todo momento por su ambición de crear un universo autosuficiente forjado de palabras sobre el papel. Vargas Llosa no sólo retrata, sino que con su poderoso trazo universaliza aquel Brasil contradictorio asomado al precipicio del siglo XX. Esto es así hasta el punto de que la novela bien podría interpretarse como el relato de una descarnada batalla entre fanáticos de varios tipos que, en el marco de un país en ciernes, se despedazan ante la mirada perpleja de una segunda tipología de personajes, la de los pragmáticos, que no comprenden que pueda valer la pena luchar por  ideales que indefectiblemente llevan aparejado el precio de la muerte.

Todo lo anterior evoca de alguna manera a la novela decimonónica, enciclopédica y totalizadora, pendiente siempre de reflejar todos los resortes de la realidad. La guerra del fin del mundo tiene mucho de esto, y tal vez sea su inspiración principal, pero va más allá. Es deudora del novelón del XIX por su ambición de verlo y contarlo todo, por su extensión, y tal vez por su multiperspectivismo, pero la obra no se pierde en densidades innecesarias, ni abruma con demasiada información, ni trata de tiranizar la perspectiva del lector bajo el yugo de un narrador omnisciente y despótico del que sí se valieron gigantes como Galdós o Víctor Hugo. En vez de ello la lectura de la obra es muy fluida, restallante casi a cada línea, y el narrador, fiel al proverbial rechazo de Vargas Llosa a cualquier tipo de adoctrinamiento ideológico y siguiendo la estela de autores como Flaubert o Dostoievski, es una voz en tercera persona que se amolda a la sensibilidad individual de las decenas de personajes que, a lo largo de los distintos capítulos, van focalizando la narración.

Esta armoniosa polifonía se complementa con esa especie de proto realismo mágico que nunca deja de latir en los adjetivos de Vargas Llosa, y mucho menos en una historia como esta, hecha de santones, coroneles fanáticos, bandidos redimidos y anarquistas escoceses. Esto, unido a su capacidad de enlazar sin tregua, pero también sin confusión, el pasado, el presente y el futuro en un mismo párrafo, terminan por consolidar el estatus de Vargas Llosa como fulgurante forjador de un mundo; de un mundo que, ya en guerra, ya próximo a su fin, sin lugar a dudas se despliega en toda su resplandeciente existencia  cada vez que el lector se interna en las páginas de la novela.

* Este libro también ha sido publicado en España por Plaza & Janés y Seix Barral

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